Por primera vez en más de 25 años, la rectora de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla emana de las aulas docentes. Se ha ensuciado las manos de gis y tinta de plumón.
Los rectores anteriores se hicieron en los pasillos del Carolino, medraron en la intriga palaciega y los corredores del choteo, conspiraban en las catacumbas carolinas los pensamientos más putrefactos, y sus manos se ensuciaban, no de tinta de plumón sino de papel moneda. Nunca columbraron el significado edificante de compartir el saber y de contagiar la curiosidad; siempre vieron con un mirar simiesco, desde sus torres y balcones.
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A profesores y alumnos en el maravilloso acto de transmitir y asimilar conocimientos, veían con la mirada torva, incomprensible para sus entendederas, una de las más nobles prácticas del espíritu humano: enseñar y aprender.
En la universidad había dos tipos de personas: los de las manos sucias de tinta de plumón y los de las manos sucias de billetes. Nunca se supo cómo es que durante varios años llegaron al timón aquellos que solo se dedicaban a contar las fajas, aquellos que llevaban por libro una calculadora bajo el brazo y cuya mayor satisfacción no era haber logrado el asombro juvenil ante la ecuación resuelta, o la visión de una molécula a través del diafragma —¿los de las manos sucias de billetes saben qué es un diafragma? ¿quizás ni siquiera saben lo que significa significarse? — o el encantador tañido de un violín a la Strauss, ejecutando “Así hablaba Zaratustra”.
No, no les causa ninguna satisfacción el azoro de los cuerpos, el enaltecimiento de las mentes, la manera en que la música de cámara pone la mente a tono, ellos sólo se sentían felices si se dedicaban a contar. Para ellos, no había mayor felicidad que la de los bolsillos llenos —dicen que esa pequeña “Comunidad de los Bolsillos Llenos” llegó al absurdo de agujerearlos para no terminar de llenarlos, se volvieron adictos a los costales sin fondo y a todas las cosas que no tienen llenadera—.
Pero Lilia Cedillo pertenece a otra estirpe, sí, a aquélla que se maravilla de ver a una joven tomar el matraz —porque ella sí sabe lo que es un matraz— y deslumbrarse ante la reacción de una sustancia, ella sí se fascina de saber que un estudiante ha creado una máquina prototipo que contamina menos, ella sí se siente orgullosa porque un profesor ha podido entusiasmar a los alumnos a que juntos editen una revista, y claro, se endulzan sus oídos por un aria, un bolero o una ranchera que resuena en la garganta de la Escuela de Música.
Por ello, porque Lilia es de la propia comunidad, porque ella viene de la vida estudiantil, de la docencia, de la investigación, de ensuciarse las manos a tinta de plumón, es que saldrá aún más fortalecida, porque la comunidad universitaria es su espacio natural, de allí es y allá va, y esa mutua comprensión nos hará crecer a todos.