Al Gran J Canales, en su muy sentida partida
Un par de semanas atrás el titular del poder Ejecutivo de la entidad rindió su último informe de gobierno. Una comunidad de hombres y mujeres con cierta tradición republicana habría esperado y tal vez exigido, un ejercicio democrático de rendición de cuentas.
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Que se informara sobre lo ingresado en la hacienda pública de la entidad, la Secretaría de Finanzas, y en qué y cómo se gastó, el detalle pormenorizado de los resultados alcanzados. Porque de eso trata el presupuesto público: de resolver los problemas más sensibles de la comunidad, conforme a derechos ciudadanos y obligaciones de gobernantes.
Son preguntas ordinarias que cualquier tendero de pueblo tiene en cuenta tratándose de administración de dinero. Los gobernantes, apenas hace falta recordarlo, administran el dinero de todos. Quiero decir, que no es dinero suyo. El patrimonialismo que confunde lo público y lo privado quedó refundido en la Colonia, por lo menos eso se cree.
El examen puede incluso ir más allá e interrogar sobre los problemas que fueron privilegiados en despecho de los demás; toda vez que en lo público hay prioridades. Definidas en función de la llamada “planeación democrática”: las demandas sociales y el deber de los ejecutores gobernantes (artículo 26, CPEUM). Son cosas muy etéreas y fastidiosas para los “soberanos”, pero allí están plasmadas en lineamientos de ley.
La rendición de cuentas, de acuerdo con el gobierno federal, se entiende como aquellos procesos y actividades de control, seguimiento y vigilancia que permiten a los ciudadanos monitorear, evaluar y exigir cuentas a autoridades y funcionarios gubernamentales. Esto es, y tratándose de un informe-conclusión de funciones de la máxima titularidad en la entidad, qué problemas se resolvieron y cómo redundan en mayor bienestar y felicidad de las personas.
La pregunta no es ociosa, toda vez que el presupuesto asignado a la entidad entre el 2023 y el 2024 supera los 240 mil millones de pesos. Una cantidad ingente de la que pocos mortales alcanzan a dimensionar en su justo tamaño. Esa chequera inconmensurable cruzó por las manos del todavía gobernador. Aunque sea ocioso y hasta de mal gusto invocar los preceptos de la Constitución, el 134 decreta que:
Los recursos económicos de que dispongan (gasten) la Federación, las entidades federativas, los Municipios y las demarcaciones territoriales de la Ciudad de México, se administrarán con eficiencia, eficacia, economía, transparencia y honradez para satisfacer los objetivos a los que estén destinados.
Pero más que un ejercicio de rendición de cuentas, lo que se relató el pasado 22 de noviembre, más que un acto de deliberación pública, fue un acto de aclamación popular del C. Gobernador, para lo cual se precisó de la organización de una gran fiesta con ribetes populares. La masa en su estado de “pueblo” y el elitismo de la burocracia política lucieron a raudales. Por momentos ambas entidades de suyo irreconciliables llegaron a confundirse y fusionarse.
Ponderar la fastuosidad del nuevo palacete legislativo es un eufemismo, porque hasta los periodistas saben que en materia de representación popular no son locales, así se trate de los más fastuosos. Lo que falta es un Poder legislativo medianamente honorable en sus tareas de representación política. Si en Puebla hay un déficit democrático es el de una efectiva representación política.
La población se encuentra desamparada frente a la regia estructura gubernamental. En democracia se empodera a los ciudadanos. En Puebla, se otorga un poder excesivo a los diputados, otorgándoles un fuero que no se han ganado en la promulgación de leyes de avanzada, en el debate público ni en la defensa de las grandes causas.
A manera de hipótesis de trabajo, postulo que una legislatura funcional en sus facultades y deberes, puede reducir hasta en un 80 por ciento los grandes males que aquejan a la entidad, que la tienen hundida en los últimos cinco lugares, disputando rezagos e inequidades con Oaxaca y Chiapas.
La hipótesis postulada arriba es un dato que debería ser anotado por el nuevo gobierno que se dispone a tomar el timón, si es que los problemas estructurales están en su horizonte técnico. Lo otro es conformarse con sólo administrarlos. Como han hecho todos.
Chayo News
El gran Tocqueville advertía que para combatir el despotismo había que recurrir a la cultura de los ciudadanos, porque la mediocridad es el alimento básico de las tiranías. La masificación de la igualdad democrática destruye la excelencia y crea la entelequia de la igualdad intelectual.
Savater, el gran Savater, en una entrevista reciente advierte que los enemigos fundamentales de la democracia son la miseria y la ignorancia.
***Corre la voz que un grupo de célebres periodistas entregaron a la imprenta un monumental libro que trata sobre el interinato del gobernador que esta por llegar a su término. Como dice el gran Carlos Castelán, el patriarca de la Sierra: “Veremos y diremos”.