Creo que la vemos (la promesa) [1] como una retórica publicitaria porque estamos saturados de promesas vacías en el espacio político, social y mediático, se nos presentan continuamente estrategias de seducción muy poco creíbles. Para mí hay dos problemas: la banalización de la palabra y su mercantilización en el capitalismo actual, y la fragmentación del tiempo. Por un lado, la palabra se ha vuelto una de las grandes mercancías, en la forma de crear una experiencia colectiva que no genera ningún vínculo personal pero sí muchos deseos de consumo. Por otro lado, vivimos en un presente que no anuncia nada que no sea su propia destrucción. La promesa está en crisis porque nos da miedo comprometernos a algo que no sabemos si va a estar en nuestra mano poder cumplir.
Vivimos tiempos descreídos, pero somos muy crédulos.
Entrevista de Sofía Tolosa a la filósofa Marina Garcés. Ethic. 22 de enero de 2024
Vivimos tiempos en los que queremos controlar todo en la vida y nos da miedo la incertidumbre, a pesar de que como dice el padre del pensamiento complejo, Edgar Morin, el futuro se llama incertidumbre. Por ello, dice en esta muy interesante entrevista de donde tomo el epígrafe de hoy la filósofa española Marina Garcés, el avance tecnológico nos ha llevado a querer predicciones y a no creer en las promesas.
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Las tres grandes promesas que sostenían al mundo occidental están hoy en crisis: Dios, el Estado y el capitalismo como el trípode sobre el que se apoyaban nuestras seguridades colectivas. Dios como promesa de salvación, el Estado como la organización o sistema que nos garantizaría el bienestar y la seguridad como ciudadanos y el capitalismo como la gran ilusión de que a cambio de vivir trabajando y consumiendo, nos dirigiríamos al crecimiento sostenido, al éxito seguro y a la prosperidad sin retorno.
Si analizamos el mundo de hoy, podemos ver que esas tres grandes columnas sobre las que se sostenía la confianza y la esperanza en un futuro mejor se han ido derrumbando para mucha gente y ya no son el sostén de esta sociedad que se tambalea porque le han movido esos pilares que lo mantenían firme en la tierra.
Por ello hoy, la sociedad se aferra a que las máquinas van a llevarnos a predicciones certeras y a reducir el margen del temor que produce lo desconocido, curándonos de la gran desilusión que produjo la caída de estos pilares y la ruptura de estas promesas.
Sin embargo, afirma la influyente pensadora, la tecnología e incluso la inteligencia artificial que no puede ser realmente generativa por ser sólo un algoritmo, no pueden predecir el futuro ni llevarnos a una situación mundial en la que tengamos el control sobre la vida y el futuro y disminuyamos casi a cero la impredecibilidad de los acontecimientos y de los eventos -que por naturaleza son impredecibles y no planificables- naturales y sociales.
Por ello, aunque hoy nos aferremos a esa salida falsa de la búsqueda de predicciones que nos brinden seguridad ante el incierto futuro, resulta más que nunca necesario reforzar y regenerar el valor de la promesa, un término que hoy se encuentra devaluado y desacreditado.
Para la filósofa: “…Prometer es un acto que se hace en presente, pero que tiene en cuenta un futuro en común…” y el prometer para construir estos proyectos comunes es algo que ella considera muy propio de la juventud que está llena de ilusiones, sueños y aspiraciones, viviendo al mismo tiempo los primeros amores.
Nuestras sociedades hoy parecen separar radicalmente el presente del futuro, dice esta pensadora y necesitamos cambiar nuestra concepción y volver a ver la continuidad entre lo que soñamos y trabajamos hoy y lo que puede surgir mañana, por más improbable que parezca.
Pero hay que renovar nuestra idea de promesa y ligarla al compromiso con construir un proyecto común de humanidad. En la entrevista se plantea que la gran pregunta que debemos hacernos hoy es la de “qué promesa podemos hacernos entre iguales”, en contra de lo que llama la promesa soberana que es la que tenemos cuando creemos que los políticos, la tecnología o los coaches o expertos en autoayuda nos van a salvar de este miedo al futuro y de esta desmoralización del presente que estamos sintiendo.
Trascendiendo esa promesa hay otra que es la promesa igualitaria que “no implica una relación de poder y servidumbre sino una relación de igual a igual”. Garcés menciona que en su libro más reciente explica que solamente en un contexto en el que todos tengamos el derecho a participar en la construcción del proyecto común y ser acogidos en este gran equipo de la sociedad y la humanidad comprometida en esta labor, podremos hablar de una promesa igualitaria.
Esta promesa igualitaria implica una democracia auténtica -desde mi personal interpretación- porque no nos hace pasar por la jerarquía del poder y no reduce todo al “sálvese quien pueda” que caracteriza a la sociedad individualista y desigual que tenemos hoy en la mayor parte del planeta.
Esta entrevista me hizo pensar en la educación como promesa y en los espacios educativos -familiar, escolar, mediático y social- como posibles lugares en los que se renueven las relaciones y se superen las visiones jerárquicas y las imposiciones del poder y el autoritarismo del tener o la soberbia del saber cerrado y se construyan comunidades donde todos estén incluidos y sean acogidos, generando un compromiso conjunto, una promesa igualitaria por el bien común.
En la educación escolarizada, por ejemplo, se puede renovar la promesa si se restaura la continuidad entre presente y futuro rompiendo la separación entre esa torre de marfil alejada del mundo real que es muchas veces la escuela y la universidad para dejar entrar la realidad y salir a la realidad a aprender en el aquí y el ahora la manera en que podemos comprometernos juntos, cada uno desde su propia trinchera y desde sus talentos, a la construcción de una humanidad más humana.
Los espacios aúlicos deberían también renovar la promesa igualitaria y dejar atrás de una vez por todas la visión del docente como alguien superior que desde su conocimiento o su “vocación altruista” va a salvar al educando de la ignorancia y a moldearlo como persona y ciudadano en una relación vertical, para convertirse en lugares de encuentro e inclusión donde se sueñe en conjunto, se asuma el miedo y la incertidumbre y se haga una apuesta por construir un proyecto común, es decir, se crea en la promesa de que juntos y en red, podemos cambiar las cosas, independientemente de quiénes nos gobiernen, quiénes tengan el dinero o posean el conocimiento de vanguardia y no quieran compartir el poder, el tener o el saber.
Esta es la gran promesa que tiene que romper el obstáculo que señala Garcés: el de un mundo descreído -de las promesas de un mejor futuro- pero muy crédulo con las fake news, la publicidad y las falsas caras de la felicidad superficial que hoy nos venden por todas partes. Recuperar la creencia profunda y superar la credulidad ingenua. Esta labor puede y debe emprenderla la educación renovada y renovadora.
[1] Añadido propio para comprender la respuesta de la filósofa.