La guerra de las encuestas ha comenzado. Y estas mediciones que debieran ser un reflejo creíble de la realidad electoral, terminan siendo más que nada un elemento propagandístico para tratar de inclinar la balanza a favor de uno u otro aspirante (con sus honrosas excepciones, claro). Si la gente ve que un aspirante va arriba en las encuestas, termina por sumarse a quien se considera que será el ganador. Este método fue usado hasta el hartazgo en la época más moderna del PRIAN y hoy Morena utiliza el mismo recurso. Si pensábamos que Morena tenía ideas nuevas, supimos que eso no era cierto desde que comenzó el sexenio obradorista.
Y una de las liturgias del priato y después del panato, no era otra más que la del tapado o favorito del Presidente en turno, que venía siendo el dirigente no oficial del partido en el poder y el cual palomeaba las candidaturas desde su sucesor para abajo. El ingenuo que pensó que el obradorismo, feroz crítico de dichas prácticas, al llegar al poder terminaría las mismas, quedó reducido de ingenuo a pendejo, pues lejos de erradicarlas las potenció hasta el límite del cinismo.
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Si antes el Presidente daba señales veladas en eventos públicos que eran interpretadas por columnistas y amantes de la intriga política para aumentar el suspenso y favorecer a tal o cual aspirante, hoy el Presidente sin pudor alguno habla de su partido y fustiga a sus opositores, no importando que con ello sea peor que lo antes criticó. Si lo hacen ellos, todo se vale, si lo hacen los opositores es oprobioso.
¿Quiere documentarse más? Lea Palabras mayores de Luis Spota, una novela sobre el tapado de los años setentas, pero tan actual, aunque corregido y aumentado.
Y es precisamente en este tono que hoy a través de las redes sociales se suben encuestas que señalan a los aspirantes oficialistas como los punteros. ¿Cómo no lo podrían ser si llevan años en campaña cuasi abierta? -de lo que también se quejaban los antes opositores- y también, se dice que los aspirantes del Frente Amplio, en este caso Eduardo Rivera en Puebla y Xóchitl Gálvez en el país, van en picada, porque sus eventos son tan raquíticos que no animan ni a sus propios seguidores.
Algo no se señala. Que hoy los protegidos del sistema electoral no son los prianistas, sino los oficialistas de Morena. Así, Claudia Sheinbaum puede hacer y deshacer a su antojo, sabedora que el INE no la tocará ni con el pétalo de una sanción. Y si llegara a hacerlo, ahí está su mayor protector, López Obrador, quien sin importarle su casaca de Presidente de todos los mexicanos (imaginemos que esto lo hubiera hecho Calderón o Peña Nieto, los berridos que se hubieran escuchado hasta Siberia de los Morenos) saldrá en su púlpito mañanero a defenderla de quiénes “intentan frenar el avance de la Cuarta Transformación” o cualquier cosa parecida, para defender a la “Doctora Sheinbaum”.
Lo contrario sucede con Xóchitl Gálvez, quien, si cometiera el error de acarrear gente, la autoridad electoral la sancionaría severamente y entonces, desde el mismo púlpito, el Presidente convertido en dirigente partidista, la exhibiría como “autora de las viejas prácticas antidemocráticas para engañar a la gente y seguir lucrando con el poder a favor suyo” o algo parecido. Y todavía tendría el cinismo de autollamarse demócrata, porque si para algo sirve el poder, es para hacer o decir lo que uno quiera, haciendo bueno el dicho aquel de que “poder sin abuso no es poder”.
En el caso de Puebla, no es raro ver primeras planas de periódicos “independientes” que día con día denuestan al aspirante del Frente y colocan como un Dios al candidato oficialista. Igualito a lo que se hacía antes, pero a la inversa.
Y también, destacan la raquítica asistencia a los eventos de Rivera. Si hubiera una multitud acusarían acarreo, algo que en el candidato oficial hacen como que no ven. Igualito que antes, pero sí, a la inversa.
No hay que olvidar que en el pasado reciente los candidatos oficiales siempre salían arriba en las encuestas. Al final cuando perdieron, se comprobó lo que se sospechó desde un inicio que, dixit AMLO, las encuestas estaban maiceadas. Como hoy sucede, solamente que a la inversa.