-Es bueno después de años disfrutar de la vida, de momentos, de espacios, de amigos, y hasta de reflexionar sobre la vida-, me dijo mi General, apenas había entrado a su casa; él estaba de espaldas.
-La pereza siempre será mala consejera.
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Nos sentamos en el sillón; después que él, siempre le seguía en sus acciones, no porque él me lo hubiera dicho, lo hice siempre así por respeto.
-Es increíble cómo movemos los brazos, caminamos, dormimos y volvemos a la vida.
-Muchos se quedaron en un espacio lejano a la realidad. Era un joven cadete y frente a mi iba reconociendo el campo, Samuel, impecable estudiante, solidario, fuerte, de costa, buen tipo; ese día le tocó ir delante de mí, pecho tierra, removió una mina, que alguien quizá se quiso robar y la escondió… un estallido, su brazo voló; te alejas y te pones en un lugar seguro, hasta que el instructor de otras órdenes, la mejilla me daba comezón, al rascarme era un pedazo de piel….
Nunca pudo regresar a nuestro espacio y tiempo; volvió a su casa, sin ser el mismo, soñábamos con ser generales, de ser militares ejemplares, fui padrino de uno de sus hijos; yo iba por lo menos una vez al año a saludarle, era leyenda en su pueblo, por la forma en que perdió el brazo y más porque varios colegas le visitábamos; no es común ver militares por esas zonas.
Enmarcó su uniforme, algunos le llevamos por amistad las insignias que te otorgan en las graduaciones y en las ceremonias, esas que no se dan, porque son un gran recuerdo; le lleve la mía de general, la vio, sonrió, brindó esa noche, estaba eufórico, “siento y vivo tu alegría”, me dijo muchas veces. El fantasma de la pandemia se lo llevó...