El sistema educativo de la era industrial fue eficaz durante un tiempo, pero hoy en día se está consumiendo junto con muchas de las personas que hay en él. El precio que estamos pagando por ello es una dañina erosión de la cultura del aprendizaje.
Podremos mejorar el modelo de enseñanza cuando comprendamos que también se trata de un sistema biológico y que las personas se desarrollan en determinadas condiciones y no en otras,,,
Ken Robinson (en colaboración con Lou Aronica). Escuelas creativas. La revolución que está transformando la educación.
Hace un par de semanas escribí en este espacio acerca de la propuesta de volver a lo básico para transformar realmente las escuelas, aprovechando la coyuntura de cambio que se está generando a partir de la aún bastante indefinida y poco clara para los docentes Nueva Escuela Mexicana (NEM).
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Esta propuesta consistía en lograr que los niños asistan a la escuela, se sientan seguros en ella y encuentren allí un espacio donde se les acepte y valore como son, a partir del primer capítulo del libro Escuelas Creativas, de Ken Robinson con Lou Aronica.
El artículo -que se encuentra disponible en esta liga: https://www.e-consulta.com/opinion/2023-10-02/escuelas-creativas-volver-lo-basico, plantea como tesis central que antes que pretender que todo el profesorado y las instituciones escolares comprendan el complicado discurso de las llamadas Epistemologías del sur y el Pensamiento decolonial que sustentan ideológicamente a la NEM, podría empezarse por fomentar que cada escuela volviera a ocuparse de lo básico, a partir de la escucha atenta de las necesidades de los estudiantes en sus contextos comunitarios para lograr construir esos tres elementos mencionados por Robinson, a partir de la experiencia de una directora escolar que transformó una secundaria para llevarla de la idea normalizada de que era una mala institución al sueño cumplido de ser un excelente centro educativo.
Hoy quiero seguir compartiendo con mis cinco lectores las ideas de Robinson en un nivel más sistémico. Se trata de la crítica al concepto en el que está basado la escuela moderna, que se construyó a partir de la revolución industrial en el siglo XVIII: la metáfora de la escuela como fábrica y del proceso de aprendizaje como una línea de producción.
Esta conceptualización o metáfora, nació en el momento en el que floreció el mundo industrializado y se requirió formar personas para un mercado laboral diferenciado: por una parte, mano de obra calificada para los trabajos técnicos, por otra, profesionales para los trabajos administrativos que requería la organización fabril y finalmente, algunos profesionistas de otras áreas que brindaran servicios de construcción, salud, alimentación, etc. a las industrias y los centros urbanos que nacían en torno al proceso de industrialización.
El modelo hizo por una parte, que la misma estructura física y de funcionamiento de las escuelas se asemejara a una fábrica y se dividiera a los estudiantes por edades y que pasaran por un proceso lineal y estandarizado en el que hubiera una calidad homogénea en la formación sin tomar en cuenta la diversidad y la creatividad de cada niño o niña; mientras que por otro lado, en algún momento de esta línea se separaba a los alumnos según el nivel de cumplimiento de esos estándares para definir, desde la educación secundaria, caminos distintos para quienes se suponía que iban a ser los dirigentes o administradores y quienes por sus “defectos de fábrica” -su menor cumplimiento de los estándares- tendrían como futuro el trabajo manual.
Todo proceso industrial de fabricación en serie produce deshechos que en el caso de los productos generan contaminación ambiental, de la que los dueños de las empresas generalmente no se hacen responsables y del mismo modo, las escuelas iban generando lo que Robinson plantea que se llamaban “daños colaterales”, que eran todos los niños que no se ajustaban a las estrictas normas del proceso y que iban abandonando o siendo expulsados por las escuelas en distintos momentos del proceso, lo que producía también daños sociales expresados en personas desempleadas y sectores pobres de la población, de la que el sistema tampoco se hace responsable.
Esta metáfora debe cambiar, según el autor de Escuelas creativas, para que en lugar de pensar en productos o artefactos fabricados en serie se compare a la escuela como un proceso agrícola -no industrializado- en el que se siembran diferentes semillas, se les da un cuidado especial de acuerdo a sus propias características y necesidades, se les cuida de las plagas u obstáculos para su crecimiento sano y se van obteniendo frutos diversos.
Para sustentar su propuesta de “cambio de metáfora”, Robinson plantea algunos ejemplos de escuelas eficaces y programas extracurriculares de “educación alternativa” que transformaron radicalmente la educación, partiendo la confianza en los talentos de cada educando, el impulso a la diversidad y la fe en las capacidades de cada niño o niña.
Construir una nueva cultura escolar a partir de la metáfora orgánica que remplace la industrial requiere de cuatro grandes cimientos: económico, social, cultural y personal.
El elemento económico de la nueva cultura escolar debe partir del abandono de la idea ingenua de una educación que no tenga detrás un sistema económico y asumir que hay que responder a la necesidad de producción y distribución de bienes y servicios, pero sin dejar que esta dimensión sea la única que rija a la educación como en la educación para la renta planteada por Martha Nussbaum.
La meta de este elemento es responder a las expectativas de los padres de familia y de los gobiernos que invierten recursos en la educación pensando en formar personas que lleguen a tener un trabajo digno y sean autónomos económicamente. Pero esta meta tiene que plantearse desde una mirada integral, que según el autor contemple temas interdisciplinarios, competencias para el aprendizaje y competencias para la vida y el trabajo.
En la dimensión cultural, se trata de construir escuelas con procesos que fomenten en los educandos “la comprensión y valoración de su propia cultura y el respeto a todas las demás”. Este elemento tendría que partir de la visión de que la diversidad lingüística y cultural no son obstáculos que dificultan los procesos educativos sino una riqueza que abona al crecimiento de la humanidad toda.
En el campo social se propone que la “educación debe capacitar a los jóvenes para convertirse en ciudadanos activos y compasivos”… con lo que las escuelas deberían convertirse en realidad en impulsoras de la movilidad social para que la clase social de origen no sea la que determine el futuro de la vida de los niños y niñas que transitan por las aulas.
Finalmente, en el terreno personal se propone que la educación capacite a los educandos para saber relacionarse constructivamente con su mundo interior, además de lograr relacionarse con la realidad externa que les rodea. Robinson sostiene que “…Ninguno de los otros fines…” de la educación “…puede cumplirse si olvidamos que la educación consiste en enriquecer las mentes y corazones de seres humanos…”
Aquí tenemos una enorme tarea por delante: construir escuelas creativas que cubran integralmente con esas cuatro dimensiones y se conviertan en ambientes impulsores de una educación orgánica.