“Nuestro instituto tenía mala fama. Pero eso se aceptaba sin más. Nadie se sentía frustrado por nuestro bajo rendimiento. El mensaje era: “oye, nos las apañamos con lo que tenemos”. No pasaba nada por ser lo que éramos. Durante el segundo año empezamos a plantearnos en serio lo que queríamos ser. Teníamos que conseguir que los alumnos desearan estar aquí. Nos pasamos todo el año en pos de ese objetivo y con ese enfoque en mente. Entonces comprendimos que necesitábamos conocer a nuestros alumnos. Fue un proceso muy largo en el que participaron tanto ellos como profesores, socios y miembros de la comunidad…”
Ken Robinson con Lou Aronica. Escuelas creativas. La revolución que está transformando a la educación, pp. 30-31.
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Independientemente de nuestra valoración u opiniones acerca de la llamada Nueva Escuela Mexicana (NEM), nuestro país se encuentra -una vez más- en el inicio de la instrumentación de una reforma del sistema educativo nacional que -una vez más- se hizo con las prisas que marcan los tiempos sexenales y no con el ritmo que debería marcar una renovación sistémica del proceso de formación de las nuevas generaciones.
En el contexto internacional estamos también ante la necesidad de una transformación de lo que hasta ahora se ha entendido y vivido como escuela. Ya hemos mencionado en este espacio los planteamientos iniciales y el reporte de la Comisión para los Futuros de la Educación creada por la UNESCO y las propuestas de algunos intelectuales y pensadores que se han ocupado del tema desde hace mucho tiempo. La escuela necesita renovarse.
Recientemente me encontré con un libro muy provocador e interesante que apenas estoy iniciando. Se trata del trabajo del muy prestigiado Sir Ken Robinson, conocido por sus aportaciones en términos de una renovación educativa orientada desde y hacia la creatividad, escrito en colaboración con Lou Aronica, escritor estadounidense, autor de tres novelas, colaborador en varias obras de no ficción y ganador de varios premios literarios.
Este libro consta de diez capítulos, que abordan, como una especie de decálogo básico, los elementos que deberían trabajarse si realmente se desea transformar los centros escolares en escuelas creativas que respondan a las necesidades, realidades y desafíos tanto de los niños de esta tercera década del siglo veintiuno como del mundo complejo y en crisis civilizatoria que estamos viviendo en la actualidad.
Hoy quiero plantear la propuesta del capítulo uno, que propone algo que puede considerarse la cimentación de una escuela creativa. El capítulo empieza narrando la experiencia de una nueva directora escolar que duró nueve años al frente de una escuela pública de enseñanza media (middle school, que equivaldría a nuestro nivel de secundaria) en la comunidad de Newnan, Georgia. Tomo como epígrafe del artículo de hoy, un fragmento del testimonio de esta maestra y del punto de partida que instrumentó como base para su gestión en la escuela.
El contexto general que se plantea respecto de esta escuela, es que había tenido una altísima rotación de directores. Como dice ella, no necesariamente malos directores pues varios de ellos fueron ascendidos a directores de distritos escolares y todos tenían muy buena reputación. El problema básicamente era que ninguno había durado el tiempo suficiente para dar continuidad a los procesos de la institución, de manera que la situación que encontró la nueva directora era bastante caótica.
Notarán que en el epígrafe habla de lo que se dedicaron a hacer “en el segundo año” de su gestión como directora. Esta situación responde a que en el primer año, según cuenta ella, se la pasó “saltando de mesa en mesa en las aulas” deteniendo peleas entre los estudiantes y tratando de imponer ciertas reglas de disciplina básicas, que eran necesarias, incluyendo la baja de varios estudiantes.
Pero en el segundo año, la directora comprendió que esta primera etapa, digamos de paz negativa -en términos de Galtung, como ausencia o disminución de conflictos- si bien era condición necesaria, no era suficiente para lograr una transformación real de la escuela. De manera que se puso a pensar en qué debería hacerse para lograr mejorar tanto el clima como los resultados de aprendizaje de la institución y decidió, como dice Robinson: volver a lo básico.
Esta vuelta a lo básico tenía como objetivo central la generación de un proceso en el que los malos resultados y la pésima reputación de la escuela dejara de verse como normal, para pensar junto con la comunidad escolar qué tipo de escuela querían ser. Un elemento central era que los estudiantes desearan estar en la escuela, tal como lo dice la cita inicial.
Cuatro fueron las fases que esta directora instrumentó de manera participativa a partir de la convicción de que necesitaban conocer a sus alumnos e involucrándolos a ellos, a los profesores, a los padres de familia y a la comunidad en la generación de los cambios.
La primera consistió en “asegurarse de que los estudiantes fueran a clases” -cosa que habría que reflexionar seriamente ahora que se han publicado versiones de que en la NEM ya no serán importantes las asistencias o faltas a la escuela- pues la escuela tenía una tasa de asistencia muy baja, en parte por el desinterés de los estudiantes o su inseguridad y en parte por responsabilidad de la misma directora que dice: “…los mandaba continuamente a clase por pelearse…Y, desde luego, no era la mejor manera de demostrarles que los quería aquí” (p. 31).
La segunda fue que la directora y los maestros se aseguraran de que los alumnos se sintieran seguros en la escuela. Según dice Robinson, no es que hubiera efectos de heridos graves como resultado de las peleas, pero para que los alumnos se sintieran seguros y se enfocaran en su aprendizaje era necesario que las peleas cesaran.
Como tercera etapa, se trató de lograr el objetivo de que cada uno de los alumnos se sintiera valorado como individuo. “El verdadero giro radical ocurrió cuando Laurie y sus compañeros se dieron cuenta de que tenían que centrarse en cada alumno partiendo de sus necesidades e intereses personales” (p. 31).
Por último, se realizó la elaboración colaborativa del plan de estudios que era necesario para que los estudiantes tuvieran éxito en el futuro, que pudieran tener un lugar digno en la sociedad en la que vivían y las herramientas necesarias para construir una buena vida en ella. Robinson destaca que el plan de estudios y la evaluación de los profesores no hubieran sido los primeros elementos a buscar, a pesar de que se les dio la importancia que tienen en el proceso de transformación escolar.
Tal vez más que entender complicadas propuestas sociológicas sobre la decolonialidad y documentos sobre las epistemologías del sur, nuestras escuelas podrían empezar a transformarse en instituciones creativas volviendo a lo básico. Pudiera ser que estos cuatro pasos obtenidos de la experiencia de cambio de una escuela sean útiles.
Como se dice en redes sociales hoy: dejo estas ideas aquí y me retiro lentamente… Hasta el próximo lunes.