“Pienso que es necesario educar a las nuevas generaciones en el valor de la derrota. En manejarse en ella. En la humanidad que de ella emerge. En construir una identidad capaz de advertir una comunidad de destino, en la que se pueda fracasar y volver a empezar sin que el valor y la dignidad se vean afectados. En no ser un trepador social, en no pasar sobre los otros para llegar primero. (…) Ante esta antropología del ganador de lejos prefiero al que pierde. (…) Soy un hombre que prefiere perder más que ganar de mala manera. Grave culpa mía, lo sé. Lo mejor es que tengo la insolencia de defender esta culpa, y considerarla casi una virtud”
Pier Paolo Pasolini. Tomado de Pedagogía de la derrota. José Luis Martínez. El Santo oficio, Milenio, sábado 3 de junio de 2023.
Así como se señala que el gran Albert Camus afirmó que la modernidad mató a Dios y puso a la razón en el lugar de Dios, con lo cual vivimos unos siglos marcados por el culto a la ciencia, al conocimiento y a la tecnología derivada de la aplicación de las aportaciones científicas, podríamos decir hoy que la civilización del espectáculo mató al Dios-Razón y puso en su lugar al triunfo, al éxito.
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En efecto, nos ha tocado vivir en un mundo en el que todas las personas, manipuladas por la publicidad, los medios de comunicación y las redes sociales, busca afanosamente triunfar, volverse exitosa, entendiendo ambas cosas con ser popular, ganar dinero, acumular posesiones materiales y reconocimiento o cuando menos tener lo que coloquialmente llamamos “sus quince minutos de fama”.
De manera que en los medios de comunicación y en las redes sociales vemos videos, récords Guinness, frases o narrativas que se vuelven virales o retos absurdos en los que muchos quieren participar, aunque en muchos de ellos se ponga en riesgo la salud y hasta la vida. Todo con tal de “triunfar”, de ser “famoso”.
Muchos pelean por ser quienes comen el mayor número de hot dogs o toman la mayor cantidad de cerveza u otra bebida en determinado tiempo, quienes cocinan la pizza o el panino más grande del mundo o resisten más tiempo sin respirar a grandes profundidades en el mar, etc.
Nuestros tiempos son los que han creado esa figura incomprensible para mí, pero reconocida y “triunfadora”, que además suele acumular cantidades enormes de dinero por decir cualquier tontería o recorrer el mundo simplemente describiendo lo que ve o dar consejos de sentido común que no tienen ninguna base científica ni filosófica: la figura del influencer, algo a lo que muchos aspiran.
En esta carrera sin sentido persiguiendo la fama y el triunfo, vemos hoy que ya casi nadie lee libros porque todos se dedican a escribir libros, casi nadie escucha música porque casi todos pretenden ser compositores e intérpretes, casi nadie aspira a ver o escuchar algo en los medios o en internet porque todos están obsesionados con crear su propio contenido, podcast o programa.
El tema, la pertinencia, la calidad y el sustento de los contenidos es prácticamente lo de menos. Lo importante es triunfar, tener éxito en cualquier campo. He puesto como ejemplo el mundo literario, musical o mediático, pero también puede aplicarse el fenómeno a la empresa -hoy todo el mundo quiere ser un emprendedor exitoso y el mercado nos vende la idea de que todos podemos serlo si queremos- o incluso de la academia.
La educación no puede estar exenta de las tendencias sociales de cada época y lugar. Como afirmo en la quinta sección de mi libro Educación humanista: toda educación produce a la sociedad que la produce.
Esta influencia podemos constatarla en el discurso mercadológico y aún pedagógico de la gran mayoría de las instituciones educativas de todos los niveles. Hoy las escuelas y universidades se presentan a la sociedad como opciones de excelente calidad porque forman a sus estudiantes para ser exitosos, para triunfar en la sociedad, para ser los mejores del mundo en el campo que decidan emprender.
El discurso del triunfo o el éxito tiene que ver con hacer todo bien, tender al perfeccionamiento como seres humanos, tratar de evitar cometer errores, huir a toda costa de la derrota. Se educa para ser triunfadores, sin importar lo que haya que hacer para triunfar en la vida, así sea pasar por encima de los demás y contribuir a la reproducción del sistema injusto y excluyente en el que vivimos en todo el mundo.
Creo que es tiempo de reflexionar en este llamado del gran cineasta italiano, Pier Paolo Pasolini y buscar educar a las nuevas generaciones en el valor de la derrota y en la capacidad para lidiar con ella y convertirla en una oportunidad de aprendizaje y crecimiento.
Como decía el muy recordado psicólogo Ricardo Peter, poner como meta la perfección en la vida es plantear un objetivo deshumanizante, porque si algo podemos constatar de manera directa y muy evidente es que los seres humanos somos imperfectos por naturaleza y a lo que podemos aspirar es a irnos desarrollando y mejorando dentro de los límites que nos impone esta imperfección.
Educar para asumir y valorar la derrota implica como dice Pasolini, construir una identidad que sea capaz de caer en la cuenta de nuestra comunidad de destino y reconocer que de la derrota emerge humanidad, que a partir de un fracaso se puede volver a empezar sin que nuestro valor y dignidad se vean afectados.
Esto implica un cambio radical en la manera de formar a las futuras generaciones, que inicia desde luego con un cambio de visión, con una transformación intelectual y moral de los docentes para incluir el error en el aula como un factor de aprendizaje y formación integral y no como un enemigo a vencer o un elemento que hay que evitar o si ocurre, negar u ocultar.
De esta incorporación del error y de la erradicación de la cultura de winers y losers -ganadores y perdedores- que nos ha vendido la cinematografía hollywoodense y el sistema de mercado y competencia feroz en que vivimos, los alumnos podrán aprender a no convertirse en trepadores sociales que no tienen reparos en pasar sobre los otros para llegar primero y convertirse en triunfadores según los criterios sociales establecidos.
Creo que quienes somos adultos y vemos el desarrollo de nuestros egresados, deberíamos sentirnos más orgullosos de los que pierden y aprenden de sus derrotas, más que de aquellos que ganan de mala manera y pisoteando a los demás, perpetuando la injusticia social y esta división de la humanidad en ganadores y perdedores.
Ojalá todos los que tenemos la responsabilidad de educar seamos capaces de ir contracorriente y afirmar como el gran director de cine, que preferimos perder más que ganar de mala manera y atrevernos a tener la insolencia de defender esa culpa y considerarla como una virtud del buen profesional de la esperanza.