Estas semanas han sido particularmente complicadas para quienes vivimos en Puebla, por la actividad continua del volcán Popocatépetl, con tantas explosiones seguidas de fumarolas enormes que causan temor en la población, así como las molestias que ocasiona la caída de ceniza. Aunque las autoridades han dispuesto ciertas medidas para paliar la emergencia, como la suspensión de clases, la información que proporcionan para explicar estas acciones, no ha sido muy clara la mayoría de las veces.
Uno esperaría que esa información sirviera para educar a la población y que esté mejor preparada ante una emergencia mayor. Esto es de vital importancia, en parte porque la misma gente tiende a creer fácilmente en noticias fake, ayudando a esparcir rumores con una mínima credibilidad, o incluso absurdos.
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Es verdad que a pesar de los avances científicos en muchas áreas de la ciencia, hay fenómenos que no logramos entender al nivel de poder predecir su comportamiento en el tiempo. Eso es algo que la física ha logrado hacer muy bien, pero sólo en ciertos dominios de la naturaleza, como es el caso de los átomos. Los físicos sabemos que eso se debe en parte a que estudiamos fenómenos que se pueden modelar con matemáticas conocidas, cuyas ecuaciones se pueden resolver bajo ciertas aproximaciones, e interpretar los resultados. Podemos decir que un genio en la ciencia es aquel que logra simplificar los problemas, tanto como para poder resolverlos, pero no tanto como para volverlos triviales.
Hay muchos otros fenómenos que sólo podemos describir de forma cualitativa, como son: el origen de la vida, el funcionamiento de la mente, la actividad interna de los planetas, el amor, la vida económica o la política de la sociedad, etc., etc. En esos casos la cantidad de variables es tan grande que no sabemos si existe alguna ecuación que contenga la información relevante de esos sistemas y que se pueda resolver.
Sabemos que los volcanes han estado presentes en la evolución de la tierra, y están repartidos en ciertas regiones, como el eje volcánico en el caso de México. Según datos que tomé de Wikipedia, el Popocatépetl es el segundo volcán más alto de México, con una altitud de 5452 metros sobre el nivel del mar, sólo abajo del Citlaltépetl, el famoso Pico de Orizaba. Se puede considerar que nuestro volcán es joven, con una edad aproximada de 730,000 años y de hecho ha estado en actividad continua, como lo indica la traducción de su nombre del Náhuatl (Cerro Humeante), aunque estuvo en reposo durante buena parte del siglo XX.
Se cree que ha habido ocupación humana en sus alrededores desde el 800 a. C, misma que fue interrumpida por una erupción que ocurrió en el primer siglo d.C., seguida de otra hacia el 700-850 d. C. Desde 1354 se han registrado 18 erupciones, algunas de ellas de consideración, como la de 1927, seguida luego de un periodo de reposo. Luego, ya en nuestros días, se registró otra explosión el 21 de diciembre de 1994, la cual produjo gas y cenizas que fueron transportados por los vientos dominantes a más de 25 km de distancia.
Nos dice la misma Wikipedia, que:
“Las erupciones volcánicas pueden ser precedidas por cambios en la actividad sísmica de los campos magnéticos, así como la composición química de los gases, del agua de manantiales, e incluso por deformación de su geometría. Para hacer un pronóstico volcánico adecuado es necesario reconocer estas señales indicativas de una erupción y su temporalidad. En caso de una erupción con lava, esta puede salir por cualquier fisura que se produzca en sus laderas y no solo por su cráter; es difícil conocer por adelantado cuáles serían las zonas afectadas en caso de erupción. Lo más que se puede decir es que si la lava saliera del lado norte o noreste, o este y sureste, el estado de Puebla se vería afectado. Si saliera del lado sur se vería afectado el estado de México y posiblemente el estado de Morelos, y si saliera del lado oeste y suroeste se vería afectada la región en donde se encuentra la población de Amecameca."
Aunque las erupciones mismas podrían dañar la zona inmediatamente vecina, las grandes erupciones pueden afectar todo el planeta. Así pues, para aprovechar de experiencias pasadas, conviene repasar las peores erupciones volcánicas. Según la revista Expansión, los seis eventos más violentos incluyen:
1. Volcán de Tambora, Indonesia (1815), cuyos efectos se sintieron todavía en 1816, causando que en Europa y América del Norte no hubiera verano, que se perdieran cosechas y el ganado, provocando la peor hambruna del siglo XIX. La erupción provocó al menos 71,000 muertes, causadas en su mayoría por el hambre y las enfermedades provocadas tras la explosión.
2. Volcán Krakatoa (27 de agosto de 1883). La erupción fue uno de los eventos más destructivos que se han registrado en la historia reciente, con explosiones tan violentas que llegaron a escucharse a 3 110 kilómetros, en Australia; se cree también que la onda de choque le dio varias vueltas al planeta y se crearon tsunamis debido a la erupción; hubo 36 417 muertes. Incluso recuerdo en mi infancia haber visto una película dedicada a este caso (“Krakatoa al este de Java”).
3. Monte Pelée, Isla Martinica (8 de mayo de 1902). Se cree que ha sido la erupción más mortífera del siglo XX, incluso comparable con la de Pompeya, ocurrida en el primer siglo de nuestra era. Murieron casi 30,000 personas, algunas en el acto, otras asfixiadas por los humos tóxicos, otras incineradas.
4. Monte Santa Helena, Estados Unidos (1980). Este volcán tenía más de un siglo de inactividad, pero unas semanas antes, los geólogos advirtieron del comportamiento inusual del volcán, aunque para mediados de mayo de ese año, la gente le restó importancia. El 27 de marzo de 1980, merced a un sismo de 5.1 grados richter, se desplomó un lado del volcán, provocando una explosión que se alcanzó a escuchar a 250 kilómetros de distancia, lanzando una nube de ceniza a 15 mil metros de altura, con un saldo de 57 personas fallecidas. Se piensa que la energía liberada por el volcán fue el equivalente a 27 mil bombas de Hiroshima.
5. Nevado del Ruiz, Colombia (1985). El 13 de noviembre de 1985 se registró una de las erupciones más mortíferas del siglo XX. Luego de casi 69 años de inactividad, este volcán entró en erupción, tomando por sorpresa a las poblaciones cercanas. El desastre provocó la muerte de 20,000 de los 29,000 habitantes que tenía el pueblo de Armero.
6. Monte Pinatubo, Filipinas (1991). La erupción fue también una de las más grandes y más violentas del siglo XX. Aunque en este caso se logró evacuar a miles de personas que vivían en las áreas circundantes, hubo muchos daños materiales debido al flujo de gases y material sólido, cenizas, así como los deslizamientos de tierra y lava producidos durante las lluvias subsiguientes. Miles de casas fueron destruidas.
Visto lo anterior, debemos estar conscientes de que la tierra sigue con una actividad volcánica, y que la misma puede dar lugar a eventos inesperados. Aunque nos puede dar cierta tranquilidad el hecho de que los pueblos antiguos hayan permanecido en estas tierras del altiplano mexicano, sin que se haya presentado alguna catástrofe de una magnitud como las antes referidas. Sin embargo, dado que puede haber eventos inesperados, conviene actuar con precaución, tratando al mismo tiempo de seguir adelante con nuestras vidas.
Por otra parte, sabemos también que los pueblos cercanos al volcán han creído desde hace mucho tiempo, que este coloso se personifica como don Goyo, una figura que debe ser venerada por los habitantes para asegurar buenas lluvias y cosechas. Fruto quizás de ocurrencias, desinformación o tal vez genuina fe, circula en redes la noticia de que la actividad extraordinaria que estamos padeciendo se debe a que en días pasados no se le celebró la fiesta en honor de don Goyo. Juzgue usted de acuerdo a su idiosincrasia, aunque cabe mencionar que uno de los mismos personajes encargados de tales rituales (tiemperos), ha dicho que eso no puede ser cierto. Pero ciertamente una de las desventajas de las benditas redes sociales, es que lo mismo circulan noticias verídicas, que otras sin mayor filtro.
En lo personal pienso que a los humanos nos gusta proyectar nuestras pasiones y caprichos hacia esas formas de divinidad, mismas que se supone deberían ser la suma de bondad y sabiduría. Pero aunque hayan pasado miles de años, en esto no somos muy diferentes de los griegos, con su Zeus rencoroso, caprichoso y cachondo, o el mismo Jehová de la tradición judeo-cristiana, que no se tentaba el corazón para desaparecer a su pueblo con un diluvio, o abandonar a su propio hijo.
Aquí hago un paréntesis para notar el terrible dilema en el que podrían estar las máximas autoridades de ciencia en el país, que hablan de un diálogo entre los saberes ancestrales y la ciencia moderna. ¿Cómo deberíamos reaccionar ante estos eventos y el acercamiento al conocimiento del Popocatépetl? ¿Se deben seguir las instrucciones de las autoridades de Protección Civil ante dicha actividad? ¿O se debe emprender una ceremonia colectiva en honor de don Goyo, para calmar su furia? Ser o no ser, he ahí el dilema.
Ahora bien, ¿qué haría si me encuentro con alguna de estas fiestas tradicionales? Lo más probable es que me haría a un lado, con una actitud de respeto ante una manifestación de la cultura popular, misma que da a la gente un sentido de pertenencia a su comunidad y una identidad propia, pero por otra parte tomaría mis decisiones basadas en el conocimiento científico.