Estas semanas hemos sido testigos del ruido mediático provocado por la aprobación de la nueva Ley General en materia de Humanidades, Ciencia, Tecnología e Innovación, mediante la cual, entre otras medidas, el CONACYT pasa a llamarse Consejo Nacional de Humanidades, Ciencia y Tecnologías o CONAHCYT. De entrada, me da curiosidad saber cuál sería la justificación para poner la palabra Humanidades primero, quizás respetar un orden alfabético hubiera sido más neutral. Sin embargo, me parece que desde el mismo nombre hay una intención política, tal vez un intento de hacer algo nuevo, diferente al pasado.
Hay sectores en la comunidad científica que consideran un verdadero adefesio a la nueva ley, hay otros académicos que la que ven con simpatía, mientras otro sector considera que ni en el pasado ni en el presente, se están haciendo las propuestas adecuadas para lograr un verdadero desarrollo de la ciencia y la tecnología en México. Es un error pensar que la comunidad científica en nuestro país es homogénea.
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Desde el lado oficial se anuncia con bombo y platillo que México cuenta ya con una ley que permitirá entrar a una nueva época para la ciencia; una ley que nos permitirá alejamos del “neoliberalismo”, con sus perniciosas políticas e ideología, mismas que hicieron que muchos fuéramos víctimas de ese nuevo becerro de oro que incluye la competencia, el individualismo y la meritocracia. Muchos no podrán evitar reírse al leer lo anterior, fruto de mi dudosa habilidad para la ironía, pero más llega a preocuparnos cuando descubrimos que hay quienes las creen tal cual.
Como un paréntesis, pienso que hay muchas afirmaciones por parte de la llamada 4T, que pueden ser verdades o incluso medias verdades, pero decir que se ha terminado con el neoliberalismo es algo que no se sostiene en la realidad. Para empezar, seguimos siendo un país capitalista, con una alta concentración del ingreso, la Bolsa de Valores sigue funcionando con las mismas empresas, las mineras extranjeras siguen arrasando con el medio ambiente, los bancos nos siguen exprimiendo nuestros ahorros mediante leoninas cuotas y comisiones, etc. Es verdad que el programa de ayuda a los adultos mayores, por mencionar algo que me parece acertado de la 4T, resulta un apoyo que hace menos difícil la vida de un gran sector de la población, quienes no cuenta con recursos propios o una pensión digna, pero eso no basta como para dar por cerrado el capítulo del llamado Neoliberalismo.
Tristemente, el único campo de actividad donde se ha tratado de llevar a cabo una destrucción sistemática de las “políticas neoliberales”, o al menos de aquello que las autoridades entienden como tales, es en el terreno de la ciencia. Por una parte, se habla de que en el pasado dominaba la corrupción, que hubo transferencias a las empresas para hacer investigación, y que sólo se aprovecharon de los fondos para su beneficio.
Cuando el público lee que hay una intención en la nueva ley para erradicar la corrupción, seguramente encuentra atractivo ese discurso y simpatiza con dicha ley. Sin embargo, cuando se asume o se deja la impresión de que todo el sistema científico participaba o toleraba la corrupción, se está siendo muy injusto. Desde que me incorporé al sistema como investigador en 1992, he sido testigo de las protestas del medio científico por los limitados apoyos para los proyectos de investigación. Ese mismo medio académico denunció el uso poco claro de los recursos para apoyar a las empresas en innovación tecnológica, con casos de graves abusos inclusive.
Por ejemplo, me contaba un colega que fue invitado a pre-evaluar un proyecto de una importante empresa automotriz, que en esa revisión descubrieron que la innovación propuesta ya había sido desarrollada en el país de origen. Sin embargo, a pesar de esa irregularidad, dicho proyecto obtuvo los millonarios recursos solicitados, para sorpresa e indignación de esos colegas. Recuerdo también otro caso en el que un investigador identificó los apoyos a una empresa de piñatas, que trataban de pasar como apoyo a la innovación tecnológica. Claramente eso es algo que debería evitarse, y si la nueva ley lo hace, bienvenida.
Cabe decir, sin embargo, que todo eso pasó lejos del grueso de la comunidad científica, que siempre ha sobrevivido con apoyos mínimos o nulos, haciendo ciencia a pesar del sistema neoliberal. Cuando las autoridades han tratado de ejemplificar otros abusos de esa época, se mencionó el caso de los químicos que han trabajado para las empresas mineras. Ahora bien, primero habría que identificar cuántos casos reales han ocurrido en el pasado, y de haber sido el caso que hubiera científicos que sean parte del SNI y que hubieran hecho algo indebido, debería denunciarse ante la justicia y hacer un seguimiento del mismo, no anunciarlo como una generalidad que acusa de manera injusta a toda una comunidad, pues como el mismo AMLO dice: “la mentira hasta cuando no mancha, tizna”.
Ahora bien, se habla también de una epistemología de la ciencia que imperaba en esa época y que se quiere cambiar, para dotarla de un nuevo humanismo, aunque en mi opinión tampoco se dice por completo la verdad.
Desde mi punto de vista, el científico promedio del país es muchas veces un especialista, un técnico, que tiene que hacer malabares para cumplir con su trabajo, que lleva una carga docente y burocrática muy pesada, excepto en los casos de unas pocas instituciones en los que sí pueden ser investigadores de tiempo completo, al menos en principio. Lo mismo pasa con la divulgación de la ciencia, que se hace fuera del horario de trabajo, muchas veces por amor al arte. Luego, para poder avanzar en proyectos de investigación se debe tomar tiempo extra, muchas veces dejar de lado a la familia, olvidarse del tiempo de recreación, etc. Un científico honesto, que es la mayoría que yo conozco en mi área, deja sangre, sudor y lágrimas, para poder completar los papers que el SNI nos exige, y que por cierto siguen siendo parte del proceso de evaluación.
Entonces, dedicar tiempo a la reflexión sobre el mismo quehacer científico, o sobre la ideología que hay detrás del mismo, así como las implicaciones más profundas sobre cuestiones filosóficas (en el caso de la física, por ejemplo sobre el tiempo, el origen del universo, la realidad cuántica, etc.), quedan para los que trabajan en instituciones con una carga docente mínima, o en el caso de la mayoría, cuando ya se dispone de tiempo libre, o sea casi al final de la vida.
Por otra parte, cuando se miran en detalle algunos aspectos de esa ley, aparecen declaraciones poco claras, por ejemplo se lee en el Artículo 5:
“El Estado debe fomentar que la formación, la investigación, la divulgación y el desarrollo de proyectos en materia de humanidades, ciencias, tecnologías e innovación se realice bajo los siguientes principios: rigor epistemológico, igualdad y no discriminación, libertad académica, inclusión, pluralidad y equidad epistémicas, interculturalidad, diálogo de saberes, producción horizontal y transversal del conocimiento, trabajo colaborativo, solidaridad, beneficio social y precaución”.
Aunque en el texto se usa la palabra “fomentar”, bien podría emplearse para determinar cuál será la ciencia más aceptable.
Aunque como científico debemos tener una actitud abierta, cabe preguntarse: ¿Cómo se podría fomentar ese diálogo de saberes en el tema de Mecánica Cuántica, por mencionar un área con importantes aplicaciones tecnológicas e implicaciones filosóficas? No queda claro este punto, incluso después de haber leído el resumen de la reunión que el CONACYT convocó para discutir ese tema (https://conacyt.mx/el-conacyt-aborda-la-pluralidad-y-la-equidad-epistemica-en-el-webinario-epistemologias-del-sur/). Me parece pues, que hay algunas ramas del conocimiento más especializado, en las que no parece posible que pueda darse ese diálogo. De hecho, es de llamar la atención que en esa reunión no aparece ningún físico o matemático, entre los panelistas.
Ahora bien, yo mismo puedo simpatizar con una reflexión profunda para cuestionar la ideología imperante y puedo ver qué hay un individualismo que conlleva una competencia feroz para “triunfar” en el mundo de la ciencia. Pero, aunque no esté claro cuál puede ser la alternativa, podemos ver que hay formas de trabajo que usan más la cooperación que la competencia, por ejemplo eso ocurre con el método de trabajo que emplean las colaboraciones en física experimental de altas energías. Aunque no queda claro si las autoridades, o la misma comunidad, consideran que esa rama de la ciencia forma parte del neoliberalismo.
Hay también en la propaganda gubernamental un intento por equiparar los distintos saberes de la sociedad, en particular se habla de los saberes tradicionales, como una forma alternativa para estudiar la realidad. Si bien existen áreas en las que puede haber puntos en común, por ejemplo en la Biología y la Herbolaria, hay otras áreas como la Física y las Matemáticas, que nos llegaron desde otra tradición cultural. Sin embargo, debería reconocerse que esa tradición contiene una síntesis de muchas culturas, desde los griegos, árabes, indios, que nos legaron las matemáticas y la hipótesis atómica, entre otras.
Aunque nos puede parecer un tanto arrogante la posición dominante en la ciencia, me parece que tiene a su favor que justamente nos acaba de salvar ante el reto más difícil que hemos enfrentado en nuestra generación: la epidemia del Covid. Sin las vacunas que nos trajo la ciencia canónica occidental, no estaríamos aquí para quejarnos de la ley. Sería mejor dejar cada forma de conocimiento en su contexto, en lugar de ponerlas a pelear en los territorios donde dejan de ser válidas.
Además, dentro de esta discusión, me parece una total hipocresía que los proponentes de una revalorización del conocimiento tradicional, vean muy bien que se aplique en los pueblos originarios y sus comunidades, mientras ellos disfrutan de un teléfono inteligente de lujo, viajes en avión, se atienden en un hospital de primera en lugar de buscar un curandero, usan servicios de entretenimiento de streaming, etc.
Hay pues algunos temas o intenciones en la mencionada ley que pueden ser positivos, pero también hay muchos aspectos criticables. Sin embargo, me parece que ni en el pasado ni en el presente se han discutido los temas centrales y necesarios para que la ciencia de México se desarrolle realmente. No se hacen propuestas concretas para lograr que los hijos de los obreros y los campesinos, puedan tener una educación que les permita formarse en esas ramas del conocimiento, para que entonces todas las comunidades de México participen en la creación de todas las ramas del conocimiento.
En la citada ley tampoco se dice cómo se deberían asignar recursos a la investigación de una manera más racional. Tal vez sería necesario evaluar y determinar el grado de desarrollo de las diferentes áreas, para asegurar que cada una cuente con los recursos adecuados a sus necesidades y así poder avanzar. Al igual que en el pasado, lo que se hace actualmente con los proyectos de investigación, es más cercano a una lotería, que a una planeación sistemática.
Es posible que con esa ley se busque trabajar para un modelo de sociedad, y que dentro de ese modelo se trate que la ciencia se dedique primordialmente a resolver los problemas urgentes de la misma, lo cual suena bien. Sin embargo, cuando vemos cómo funciona el mundo, sobre todo alrededor de la creatividad y la innovación, vemos que mucha de la tecnología de punta surge de investigación en ciencia pura, que no tenía una intención inicial para resolver problemas aplicados. Por ejemplo, había una vez un grupo de científicos que estaban tratando de monitorear a distancia la actividad de un acelerador de partículas. Trabajaron en ello y lograron avances en cómputo que les permitieron manejar y analizar datos a distancia. Quién se iba a imaginar que unos años después, ese invento se llamaría la WWW, y que vendría a cambiar por completo las relaciones en sociedad, tanto a nivel de entretenimiento, como en actividades económicas, e incluso en la educación.
Lo dice la misma sabiduría popular: “no conviene poner todos los huevos en una misma canasta”. Y así es como trabajan los países más desarrollados, que invierten tanto en ciencia aplicada como en ciencia básica, porque muchas veces de ahí vienen las revoluciones tecnológicas. Dos ejemplos muy recientes son la Computación Cuántica y la Inteligencia Artificial, que justo estos días ha irrumpido de forma espectacular en las actividades cotidianas del mundo.
Hay otros temas muy criticables en esa Ley, como el papel limitado que se asigna a esa misma comunidad científica, que puede opinar, pero no incidir en la toma de decisiones del sector. ¿Por qué lo hacen así? Es posible que haya otra intención política, esto es, quieren reformar la ideología que impera en el sistema científico, como si eso fuera posible. O tal vez como saben que no lo es, entonces la verdadera intención sea lograr que desaparezca esa comunidad científica que no comulga con las ideas oficiales, y dejar que se muera por inanición, sin recursos y con un ambiente enrarecido que haga poco atractivo para los jóvenes dedicarse a la actividad de científica pura.
Por otra parte, cabe decir que con esta ley no se va a eliminar la ideología en la ciencia, sino que se va a reemplazar por otra. Ahora bien, ¿cuál de ellas es la buena, la peor o la menos mala? Eso es algo que no se está debatiendo de manera racional en nuestro país, y más bien parece depender de quien esté en el poder.