Todo comenzó con la foto de pedida de mano que posteó en su perfil de Facebook una buena y muy querida amiga de la infancia. Ella era una bebé de 16 años en esa Puebla de hace 40. Se veía feliz y lucía tan hermosa y fresca como siempre ha sido; igual sus encantadores y orgullosos padres. El novio, uno de los galanes mejor presentados de ese tiempo, le lleva como veinte años.
Llamó mucho mi atención la foto porque me hizo regresar a esa época donde, a pesar de yo haber sido criada en el extranjero con otra educación, cultura, ideología, prioridades, presiones y aún otra familia, me vi reflejada, al ser obligada a regresar a Puebla -sin mi voluntad ni mí consentimiento-, y encontré a todas mis amigas casadas y sin tener ya nada en común. Recordé los sentimientos de soledad y aislamiento que me invadieron por la presión silenciosa de que a los 20, ya eras una quedada, y entre más pasaba el tiempo -21, 22 o 23-, ¡era peor!
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Me sentía fuera de lugar, extraña, rara, excluida y abandonada del círculo social al que, en algún momento de mi niñez, pertenecí. Me sentí presionada para casarme, a tener una pareja porque era lo que seguía, forzándome a mí misma a tomar decisiones profundamente falsas con alguna persona, que la que fuera, era la equivocada porque era por las razones erróneas y nada tenían que ver conmigo. En ese entonces me aletargué al adaptarme, la confusión me puse al borde del abismo, y fingí y adormecí mis auténticos impulsos, sentimientos y deseos, pero acepté ser protagonista de acontecimientos sociales ilegítimos que me cambiaron y me inmiscuyeron en una vida que no quería, con quien no quería y que me desgarraba por dentro.
Esa foto de mi amiga fue el detonante para escudriñar mi interior, mi historia personal y mis circunstancias; en esos días descubrí, señalé y aprendí de las malas decisiones que tomé desde esos tiempos, que ahora puedo corregir para mi presente y futuro.
Mi primer error fue haberme regresado del país donde me crié, al que sentía -y siento- que pertenezco; fueron sentimientos de desconcierto, confusión y profundo dolor al llegar a una sociedad -la Puebla levítica y artificial de ese entonces-, y a una familia a la que ya no pertenecía ni me identificaba en nada; el segundo error fue sentirme sometida a la insondable presión silenciosa, en lo familiar y social, sin darme la oportunidad de considerar la posibilidad de hallar otra salida, que por mi edad debía contar con el apoyo de mis padres; con mi padre sí conté pero no fue suficiente porque mi madre se opuso, y no tuve el arrojo para asumir las consecuencias de tomar mis propias decisiones e independizarme.
Lo que me dio claridad y certeza en referencia a lo que me había llevado a una vorágine turbulenta de malas decisiones, una tras otra, fue la respuesta de mi amiga cuando le comenté que ella, era una bebé cuando se casó y que yo me arrepentía de las decisiones que había tomado en ese entonces casándome también, aunque paradójicamente encontré lo más hermoso de mi vida, que es mi hijo’. Ella respondió: “¡Éramos unas bobas! Yo como tú, me arrepiento de decisiones que tomé, pero igual que tú, me dieron lo más hermoso que tengo que son mis hijas.”
Consuela saber que no soy la única en arrepentirme al haberme casado por presiones silenciosas porque era lo que seguía, como ella; y me felicito de que al haberlo hecho, igual que ella, encontramos lo más valioso y lo mejor de nuestras vidas: nuestros hijos.