Recuerdo que hace más de dos décadas era frecuente escuchar de personas y familias que se organizaban para acudir a las orillas del río Atoyac a pasar un rato agradable, ya fuera en un día de campo o para nadar en sus aguas.
Hoy, aquellas reuniones solo han quedado en buenos recuerdos y en algo que sería imposible realizar para las nuevas generaciones. Ha desaparecido lo cristalino de sus aguas y la posibilidad de sumergirse en ellas, ya que se encuentran envueltas en componentes tóxicos. Incluso, emiten fétidos olores que lastiman las vías respiratorias y los ojos.
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Y es que por muchos años el río Atoyac y Xochiac o Hueyapan, así como sus afluentes -los cuales se extienden por una franja geográfica que recorre 200 kilómetros en los estados de Puebla y Tlaxcala-, han sido alterados por las descargas residuales provenientes de procesos industriales y asentamientos humanos.
Esta contaminación ha convertido a este afluente en un río envenenado que acarrea graves consecuencias sanitarias y toxicológicas para el medio ambiente y la salud de las personas que viven en las comunidades cercanas al río.
Incluso investigadores universitarios han detectado que estas condiciones han sido el marco para que muchos de los habitantes de las poblaciones aledañas al río sufran enfermedades como anemia hemolítica e insuficiencia renal, entre otras.
Este problema no es nada nuevo. Por el contrario, son muchas las organizaciones públicas y privadas las que han levantado la voz para visibilizar las consecuencias de la grave contaminación de esta importante fuente hídrica.
Una de ellas es la realizada en 2017 por la propia Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) que emitió la recomendación 2017/10, en la que advierte que ante la gravedad de esta problemática las autoridades de los tres niveles de gobiernos han sido omisas y negligentes o no han tomado las medidas suficientes para la protección de los recursos hídricos en la zona de impacto, por lo que desplegó cien puntos de recomendaciones.
Desafortunadamente, tantos esos señalamientos como los que han hecho universidades, organismos internacionales, y organizaciones no gubernamentales, entre otros, han quedado más como un llamado a misa, ya que las acciones que se despliegan son temporales y, sobre todo, no han resuelto el problema, el cual, por el contrario, sigue creciendo, así como sus desafortunados estragos.
No podemos seguir siendo omisos y continuar cerrando los ojos ante una realidad que tarde o temprano también nos impactará, ya que al tener una única casa compartida como es el planeta tierra, es ineludible que este foco de contaminación no dañe nuestra calidad de vida.
Pero más allá de ello debemos de tener presentes a las miles de personas, muchas de ellas infantes, que todos los días respiran los gases tóxicos emitidos por el río o incluso comen algún alimento que ha sido cultivado con sus aguas contaminadas. Ellos están pagando con su propia salud el precio de que las acciones para solucionar el problema no sean tajantes.
Por supuesto que a estas alturas no será fácil revertir el problema, sin embargo, es urgente ponerle un alto a todas aquellas prácticas que siguen envenenando este importante afluente.
Hago un llamado a todos los sectores públicos y privados a no olvidar al río Atoyac y a todas estas familias que están siendo afectadas por este foco de contaminación. Necesitamos que las medidas emprendidas para mermar la problemática sean decididas y con visión de futuro. María Luisa Albores González (SEMARNAT) y Beatriz Manrique Guevara (SMADSOT), de ustedes es la oportunidad de incidir al cambio.
Hoy está en nuestras manos abonar a un mejor futuro para todos. No hacerlo sería un grave error que tarde que temprano nos cobrará con la propia vida.