A lo largo del año gozamos en nuestro planeta tierra de cuatro eventos que marcan las estaciones y cambios de temporal: dos equinoccios y dos solsticios.
El equinoccio proviene de los vocablos griegos euqus: igual, nox: noche, haciendo referencia a la igualdad en tiempo tanto del día como de la noche en una fecha específica, misma que va cambiando año con año, ya que depende de la ubicación de la tierra en su órbita alrededor del sol. Es así que suceden las estaciones: en el hemisferio norte da inicio la primavera y ese mismo día da inicio el otoño en el hemisferio sur.
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En el Castillo de Chichén Itzá, durante este equinoccio que tendrá lugar el lunes 20 de marzo a las 15:24 hrs., llama la atención el efecto creado cuando la luz del astro mayor se filtra por entre la arquitectura prehispánica, produciendo sombras en movimiento reflejadas en la balaustrada. Lo cual no quiere decir que nuestras culturas prehispánicas concibieran el equinoccio como se concibe en la cultura occidental, europea. Ya que, a decir de la Arqlga. Rosalba Delgadillo (Centro INAH-Puebla y Tlaxcala), las culturas prehispánicas enfocaban su interés en los ciclos de lluvia y de sequía, en los tiempos en que era pertinente empezar a sembrar y los respectivos tiempos de cosecha. Agrega la investigadora que, además, las costumbres de las poblaciones prehispánicas no eran subir a “carga energía” a ninguna pirámide, sino más bien eran rituales ofrecidos al Xipe-Totec, el dios descarnado, por lo que sus tradiciones eran:
“Los festejos a esta deidad duraban veinte días… se sacrificaban guerreros tomados prisioneros en las batallas. Se les sacaba el corazón en la piedra de sacrificios, situada en la parte alta de las escalinatas que daban acceso al tempo y posteriormente, se desollaban. Los sacerdotes portaban, como una especie de capa, la piel de los sacrificados durante los días que duraban las festividades. Lo que quedaba de los guerreros inmolados se arrojaba a la muchedumbre que, aglomerada en la plaza, se abalanzaban desaforadamente sobre los despojos para poder arrancar una porción de carne, la cual cocían con granos de maíz y chile (potzolli).”
Rosalba Delgadillo
De hecho, hasta la fecha, no se ven a los pueblos originarios acudir en procesión a ningún sitio arqueológico para “cargar energía”. Esto es una nueva actividad que procede de movimientos extranjeros, tales como los hippies de los setentas (estadounidenses), en combinación con el New Age (Estados Unidos y Escocia, principalmente) caracterizado por un pensamiento ecléctico, donde se acomodan a gusto y conveniencia aspectos de diferentes religiones, sobresaliendo religiones y cultos como las asiáticas, el ocultismo, esoterismo y lo que vengan a gusto. Por tanto, la religión prehispánica se puede “acomodar” perfectamente para esta nueva práctica. Pero como se ha descrito, no hay fundamento ni histórico ni científico para tal. La Arqlga. Delgadillo menciona que fue Raúl Velazco quien invita a la gente a visitar los sitios arqueológicos y con ello inicia una nueva tradición de ir a “cargar energía”, cuando nuestras pirámides ni siquiera tienen una forma regular de este cuerpo geométrico.
Aquí tenemos varios problemas, puesto que no solamente se trata de desconocimiento sobre nuestro pasado prehispánico, se trata también de la desidia y el desinterés con el que se visitan estos sitios. Se trata de la destrucción a los edificios por uso excesivo, destrucción intencionada y contaminación del lugar. Es por esto que el Instituto Nacional de Antropología e Historia, en un intento por salvaguardar nuestro patrimonio, ha tratado de regular esta nociva presencia humana, impidiendo subir a las estructuras arquitectónicas y colocando letreros que pretende crear conciencia a los visitantes.
Otro evento que también ha significado una amenaza para nuestro patrimonio prehispánico es la tan sonada Cumbre Tajín (vocablo totonaco que significa trueno), en la que tienen lugar, en este sitio del Clásico Mesoamericano, gran cantidad de eventos musicales y de danza. Este año celebra la vigésimo cuarta edición con música electrónica que pone en riesgo la estabilidad de las estructuras arquitectónicas, pero con talleres de yoga, para equilibrar... Ojalá que parte del boletaje se destine a la conservación y mantenimiento del sitio arqueológico.
La gestión cultural aquí, tendría que ser más coherente y buscar otro escenario para llevar a cabo estas actividades tan disonantes con este entorno.
Así, durante estas fechas, arqueólogos y encargados de las zonas arqueológicas sucumben ante la masiva visita de blanco, ante las bocinas, cohetes y demás estridencias, pues los daños son incontables, además de la contaminación que tales visitas descontroladas conllevan.
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