En espacios anteriores hemos echado un vistazo por diferentes contextos internacionales que delinean el surgimiento de tan importante aportación para la historia del arte universal. Ahora abordaremos lo que está sucediendo en México que alimenta a los artistas para el surgimiento de esta nueva plástica mexicana.
Las artes en México se vieron fuertemente influenciadas por un marcado afrancesamiento durante la época porfiriana, debido al intercambio constante de artistas europeos y a las becas otorgadas a artistas mexicanos para continuar su preparación profesional en Europa. Todo ello ligado al gusto del gobernante, por supuesto, dando lugar a una “Nueva Academia”.
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Con el surgimiento de la Revolución Mexicana –como era de esperarse- los nuevos movimientos artísticos embebidos de la revuelta social y de los orígenes de la misma, forjaron y plantearon una plástica muy diferente a la oficial; así, mientras la plástica oficial porfiriana imitaba formas afrancesadas, los artistas revolucionarios -a la pauta del nuevo oficialismo- pintaron las raíces más nacionalistas jamás encontradas. Mientras la idea de Díaz era embellecer la ciudad con una nueva arquitectura y sus monumentos, la idea de los artistas plásticos de la Revolución era señalar las injusticias sociales cometidas, recalcar la historia de nuestra tierra, era develar el abuso y enaltecer a la raza de bronce.
Otro aspecto relevante a principios de siglo fue el descubrimiento de Teotihuacán con toda su magnificencia, con la regular y simétrica traza de sus calles, con sus enormes edificios, con sus esculturales ataviadas de simbolismos prehispánicos, sitio e historia que enorgullece. Material suficiente para hablar de nuestro pasado prehispánico, pero sobre todo para indagar en él. Fue Leopoldo Batres el encargado de las exploraciones arqueológicas entre 1905 y 1910 con el subsidio de Porfirio Díaz. Así Teotihuacán se posicionó como un sitio arqueológico de gran envergadura, un centro cívico ceremonial prehispánico que habla de una extraordinaria civilización.
Otro ejemplo de nacionalismo se escucha en la música: Danzas Indígenas Mexicanas de José Rolón; Cantos y danzas de los antiguos mexicanos de Manuel M. Ponce; Sinfonía No. 2 de Candelario Huízar; y otros músicos como Carlos Chávez, José Pablo Moncayo -conocido como el último nacionalista- y Silvestre Revueltas.
No ha de escapar la creación del Himno Nacional Mexicano, que a decir de Theo Hernández y Bruno Bartra:
“Tenemos el Himno Nacional Mexicano que es una canción patriótica, pero los elementos musicales que tiene son totalmente europeos. El himno es un símbolo de identidad, sin embargo, la música tiene más patrones europeos.”
Una consecuencia de esta vorágine nacionalista fue el nacimiento del Museo Nacional de Antropología e Historia, cuya arquitectura no reparó en gastos; construido entre 1963 y 1964 por el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, quien contó con la asistencia de los arquitectos Rafael Mijares y Jorge Campuzano. Cabe mencionar que este museo tuvo varios antecesores: desde el Museo Nacional Mexicano decretado por Guadalupe Victoria en 1825, así como el Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía reabierto el 9 de septiembre de 1910 por Porfirio Díaz.
La proyección que este emblemático museo ha tenido a nivel internacional no tiene parangón, pues fue ejemplo del más puro nacionalismo mexicano, en el que hubo un evidente esfuerzo por resarcir nuestro pasado indígena, glorioso, de guerras, de arte, de color y de simbolismos. Por lo que la idea detrás fue el refuerzo de la identidad nacional.
Es una pena que hoy en día esté en tal abandono, sin renovación de colecciones (como si las bodegas del INAH estuvieran vacías), sin actualización de cédulas, sin intervenciones paralelas contemporáneas, sin hojas de sala, sin, sin, sin…