Si la nueva ley antitabaco contribuyera a la disminución del consumo de tabaco, y con ello reducir los riesgos y costos sociales que conlleva, hubiera sido el primero en aplaudirla pero, como en el caso de la prohibición del alcohol en EU, sabemos que no va a ocurrir.
Cierto, el número de muertes y enfermedades ligadas al tabaco son altísimas a nivel mundial; sin embargo, no parece que los estados actúen con la misma decisión frente a otras formas de contaminación, y cuyos efectos en la salud son peores, por ejemplo, la polución generada por fábricas y automotores, o la contaminación auditiva y visual. No hablemos ya de otras amenazas, como la desaparición forzada o la de los feminicidios o de todas las formas de violencia que atraviesan nuestra sociedad. ¿Y qué decir de la sistemática condena que sufre nuestro sistema de salud y de la carencia de medicamentos?
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A mi modo de ver, se trata de una medida eminentemente punitiva dentro del marco de la sociedad biopolítica que, en nombre de la defensa de la vida, estigmatiza y excluye a un grupo determinado, convirtiéndolo en el chivo expiatorio de la sociedad. No hay que olvidar, tampoco, que a lo largo de la historia y, particularmente durante el siglo XX, los regímenes autoritarios de toda índole recurrieron a la hipostación de la salud como la principal coartada para condenar a miles de hombres por su condición “contaminante”. El ejemplo más próximo es el de los judíos y gitanos en el nazismo, pero también, el destino de los republicanos en el franquismo o el de los musulmanes en la ex Yugoslavia. A este respecto, recomiendo a los lectores los trabajos de M. Foucault y, muy especialmente, los de R. Esposito.
Hoy, que la ideología de la salud, -desdoblada en el culto a la eficiencia y la eficacia de los cuerpos, entendidos como máquinas de rendimiento, y este a su vez, en la fantasía de la eterna juventud y su insaciable sostén en la sustancialización farmacológica, y en lo que Byung Chul Han ha llamado “la sociedad paliativa”- la medida contra el tabaquismo se convierte en un engranaje más de una peligrosa práctica política: el biopoder.
Al mismo tiempo, no puedo sino establecer un paralelismo entre dicha medida y el despliegue de la Guardia Nacional en el Metro de la Ciudad de México: un puro espectáculo y una pura demostración de fuerza que, ni mejorará la seguridad del país o del propio Metro, ni tampoco ayudará en nada a la salud de los mexicanos. Sí, en cambio, afectará, como me lo señala una amiga, dueña de una pequeña cafetería, los niveles de consumo de restaurantes y cafeterías y, con ello, la generación de riqueza y de fuentes laborales. Añado una pregunta más: ¿no se tratará, también, de la desarticulación del espacio público?
J. Canales