Opinión

La forma y el fondo

Miércoles, Diciembre 14, 2022
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La propuesta de reforma electoral de 2022 fue aprobada en la Cámara de Diputados sin consenso
El profesor universitario en la Universidad de las Américas - Puebla. Es licenciado en sociología por la UNAM y doctor en Ciencia Social con especialidad en Sociología por El Colegio de México.
La forma y el fondo

Recuerdo el proceso previo a la aprobación de la reforma electoral de 1996: semanas, meses, de reuniones públicas en las que participaron partidos políticos, académicos, ciudadanos. Cualquiera podía presentar sus argumentos. Había presiones y cierta prisa por aprobar la reforma electoral “definitiva”, pero las prisas fueron vencidas por el objetivo de tener una ley legítima para todas las partes.

En contraste, la propuesta de reforma electoral de 2022 fue aprobada en la Cámara de Diputados sin la menor discusión ni consenso. Rápido y en lo oscurito.

¿Qué nos dice este contraste entre los dos procesos? México en 1996 estaba lejos de ser una democracia de calidad. No se había dado la alternancia en la Presidencia de la República. El PRI conservaba la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados y la calificada en la de Senadores. Pero el contexto internacional, las presiones internas y, hay que subrayarlos la madurez de políticos de todos los partidos permitió hacer una reforma que cambiaría el rumbo político del país.

La de hoy también puede cambiar al país, pero hacia rumbos muy distintos. Y la forma en que se quiere aprobar es elocuente: de espaldas a la oposición y al país (y a la opinión pública internacional, que también cuenta).

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Al menos tres rasgos contrastan entre la reforma actual y la de 1996: la de ahora está centrada en una sola persona, se trató de aprobar sin discusión pública y se hizo al margen de los “expertos”.

Aunque el presidente Zedillo anunció y promovió la reforma del 96, el contenido específico de la misma no fue propuesta suya. Abrió la discusión a partidos, académicos y a cualquier que quisiera decir algo al respecto. El proceso fue relativamente largo y complejo, autónomo del grupo en el poder, y el resultado fue una ley consensada y legítima.

La propuesta actual proviene, en contraste con la anterior, de una sola persona.

La segunda diferencia entre ambas leyes es que aquella tuvo lo que ahora se llama “máxima publicidad”. Propuestas, argumentos, contra argumentos fueron públicos y debatidos. La de ahora se aprobó rápido y en la madrugada. Se intentó que tuviera cero publicidad.

Y consecuencia de lo anterior, es muy probable que la propuesta actual tenga deficiencias más o menos serias, como ya se han hecho notar.

Los mismos autores de la propuesta tuvieron que corregir a las pocas horas de aprobada: algunos cambios significaban darles “vida eterna” a partidos minoritarios, que más que eso son partidos sin electores, de espaldas a la nación, pero muy hábiles para negociar alianzas con quienes ocupan el poder.

Muy vinculado a lo anterior, pocas personas que sepan del complejo entramado de la legislación electoral participaron en la propuesta actual. Diez por ciento de experiencia (y de conocimiento), noventa por ciento de lealtad.

Queda claro el contraste entre un proceso democrático y uno autoritario.

 

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