Si todavía hay uno que abriga duda sobre el talante antidemocrático que ha caracterizado al presidente López Obrador, en todo lo largo de su vida pública, nada más vea la “decencia” en el comunicado emitido por la Secretaría de Hacienda, acerca de la derrota de Gerardo Esquivel, el repentino candidato de México a la presidencia del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).
Esquivel, apenas hace falta recordarlo, es uno de los escasos funcionarios de este gobierno que goza de plena reputación técnica y moral. Incluso es de los pocos, tal vez el único, que se han negado a los caprichos presidenciales en el Banco de México, en el que fue miembro de la Junta de Gobierno y estaba por ser electo vicegobernador.
Más artículos del autor
En este gobierno, “felizmente”, se ha repuesto la máxima del viejo régimen autoritario de que al presidente “nadie le dice que no”. Quien la contraviene es arrastrado por las turbulentas aguas de la desgracia. Es el caso del candidato fallido.
No hace falta mucha ciencia para caer en la cuenta que la frasecita “más de lo mismo” en el BID, metida en el comunicado de dos líneas, fue dictada en Palacio Nacional al calor del enojo y la frustración, para descalificar a los países que (en una elección democrática) votaron por la propuesta de Brasil, Ilan Goldfajn.
Es el sino del presidente López Obrador con todo aquello que osa salirse del foco de su muy personal parecer. Pero, ¿no es Esquivel, un hombre honorable como académico, la cruel revelación de que el presidente mexicano está muy lejos de ser el gran líder de la izquierda latinoamericana? También Luis Echeverría solía proclamarse guía de los países del Tercer Mundo.
La imagen es dolorosa. En la elección del BID, el presidente Obrador fue abandonado por quienes suponía sus más cercanos (“hermanos”), como el argentino Alberto Fernández y Lula da Silva.
En las elecciones presidenciales de Brasil, de octubre pasado, el presidente Obrador puso un eufórico mensaje en Twitter haciendo ganador a Lula, cuando aún tenía que ir a una segunda vuelta.
“Felicidades, hermano y compañero Lula. El pueblo de Brasil demostró una vez más su vocación democrática y, en especial, su inclinación por la igualdad y la justicia”, escribió a las 9:02 de la mañana del 2 de octubre, en su cuenta personal, el presidente mexicano.
Ese “hermano”, en su condición de presidente electo de aquel país, no movió un ápice para favorecer la candidatura de López Obrador, y devolverle el gesto de la precipitada e inopinada euforia.
Hasta la señora Mariana Gómez del Campo le replicó que se hiciera informar, salvo que tuviera “otros datos”.
Hay un párrafo de una persona que sabe del tema (Jorge G. Castañeda, Nexos, 21 del corriente) que no tiene desperdicio. “Todo esto para decir que los de Hacienda, Salud y Relaciones Exteriores —es decir, el gobierno de López Obrador—llevan tres al hilo: la Organización Panamericana de Salud (OPS), Alicia Bárcena y Gerardo Esquivel. El problema no son los candidatos sino el gobierno que los postula”.
“Ni siquiera se trata de la inclinación ideológica, antiamericana, antineoliberal, anti institucional de este gobierno; simplemente son incompetentes: no hacen la tarea. Cada vez más hay que entender que la gran debilidad del gobierno actual no es ser de izquierda o nacionalista o estatista o autoritario o antiinstitucional o conservador en muchos aspectos. El gran problema es que son una bola de ineptos, y lo van a seguir siendo”.
Chayo News
Lo primero que hay que decir es que la marcha del domingo es una impostura. Una desnaturalización de la protesta y la movilización sociales, una cuartada vil del gobierno para estigmatizar el derecho constitucional a protestar en las calles. Un acto contranatura. ¡El gobierno sale a marchar contra… el gobierno!, o ¿contra quién puede hacerlo con una pizca de legitimidad? ¿Contra los millones de ciudadanos que, engañados o turbados, en mala hora lo votó? ¿Contra los que se rehúsan al papel de súbditos de Su Majestad? Porque las marchas son eso, protestas de ciudadanos contra los malos gobernantes. Así nacieron y así se institucionalizaron. Para millones de mexicanos, el del presidente Obrador es un mal gobierno. Allí están los indicadores oficiales y de organismos internacionales, y la opinión de los expertos. Incluso muchos que fueron figuras destacadas que le dieron lustre al movimiento, ahora fuera por decisión propia como Porfirio Muñoz Ledo y Jaime Cárdenas Gracia.
Véase lo que dice la Constitución. “Artículo 9o. No se podrá coartar el derecho de asociarse o reunirse pacíficamente con cualquier objeto lícito; pero solamente los ciudadanos de la República podrán hacerlo para tomar parte en los asuntos políticos del país. Ninguna reunión armada, tiene derecho de deliberar”. Y tan poco:
“No se considerará ilegal, y no podrá ser disuelta una asamblea o reunión que tenga por objeto hacer una petición o presentar una protesta por algún acto, a una autoridad, si no se profieren injurias contra ésta, ni se hiciere uso de violencias o amenazas para intimidarla u obligarla a resolver en el sentido que se desee”.
Las marchas canónicas, la de octubre de 1968 y junio de 1971, no fueron de apoyo a Díaz Ordaz y Luis Echeverría, fueron contra ambos mandatarios. Las grandes manifestaciones contra la inseguridad en el último cuarto de siglo, seis de acurdo con el recuento de El Universal (1997, 2004, 2008, 2011, 2014 y 2020), fueron un reproche contra el mal gobierno, por no procurar justicia, seguridad y por corrupto, todos en complicidad. Pues la inseguridad no se entendie sin la corrupción impune; esta incentiva la inseguridad. Conjurar el derecho a la calle, desde el gobierno, también es corrupción.