El sismo del pasado lunes nos transporta al intenso sismo del 19 de septiembre de 2017, cuando nuestra emotiva solidaridad afloró durante los días y horas que le siguieron. Hoy existe suficiente distancia histórica y emocional para reflexionar críticamente sobre los actos de ese entonces y prepararnos mejor para futuros desastres. Para hacerlo, la teoría de la música puede ayudarnos.
Según los estudiosos, la música es logogénica cuando se privilegia la palabra sobre la melodía (como en el canto gregoriano); melogénica, cuando se privilegia la melodía sobre la palabra (como el reguetón, donde la letra se elige porque cuadra con el ritmo), y patogénica, cuando lo que prima es la improvisación fruto de las emociones momentáneas (como algunas piezas de jazz). Pienso que hace cinco años, para bien y para mal, mucha de nuestra solidaridad fue excesivamente patogénica.
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Para bien, porqué fueron las fuertes emociones de solidaridad compartida las que vencieron al miedo y avivaron los pechos de los que se volvieron rescatistas improvisados o ayudaron de maneras creativas. Para mal, porque en no pocos casos, llevamos a cabo iniciativas bien intencionadas, pero no siempre oportunas. Pongo algunos ejemplos.
Días después del sismo “ser solidarios” era sinónimo de impulsar el acopio de víveres. Prácticamente no había institución o grupo que no montara su centro, en parte por la desconfianza que hay hacia las instituciones públicas en el correcto manejo de los recursos, ni tienda ni supermercado que no fomentara las “compras solidarias”. No sorprende, entonces, que en octubre de ese año la Asociación Nacional de Tiendas Departamentales y de Autoservicios reportara un alza del 9% en las ventas del mes de septiembre, el monto más alto para dicho mes desde 2012. Claro, la forma más simple de sumarse a la melodía de la solidaridad era ir al súper, comprar despensa y llevarla a un centro de acopio para que la distribuyeran a los damnificados. Pero esta masiva ayuda generó sus propios problemas.
Algunas comunidades que se auxiliaron en el interior del estado de Puebla tuvieron un superávit de abarrotes, afectando la economía local por la falta de venta en las tiendas del lugar. Además, muchos de los productos que se donaron resultaban ajenos a los hábitos alimenticios de las comunidades, afectando la dieta local.
No conozco anécdota más ilustrativa de los hierros que puede acarrear la solidaridad patogénica que esta: un estudiante universitario consiguió ladrillos a un excelente precio, con el fin de ayudar en la reconstrucción de Tepapayeca. Sin embargo, la comunidad le hizo saber al grupo de voluntarios que llegó cargando con los ladrillos, que ellos construyen sus casas con adobe, no con ladrillo. Terminaron regresando a Puebla con el cargamento intacto.
A todo esto, alguien podría decir que lo importante era ayudar, hacer algo, que no era tiempo para la reflexión, sino para la acción. Puede que tenga razón. Pero ahora es el tiempo de la reflexión. Y lo debería haber sido en los últimos años, que han sido una tregua entre temblor y temblor. O mejor aún, tiempo de una acción reflexionada. Desde entonces, ¿qué estudios, movimientos o iniciativas hemos suscitado como sociedad?, ¿qué podemos hacer para improvisar menos y ser más logogénicos ante el próximo desastre? Encontrar estas respuestas, pronto, es crítico. Bien lo saben nuestros vecinos de República Dominicana y Puerto Rico, que viven su segundo y desolador huracán en menos de cinco años. Esto, amable lector, lo abordaré en mi próxima columna.