Una de vaqueros
Rafael Moreno Valle apenas había tomado posesión del cargo y meses antes, alguien de su entorno me pidió que le elaborara un texto sobre las condiciones en las que recibiría el estado de Puebla, un diagnóstico multidimensional.
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Como suelen ser estas cosas, me avisaron con muy poco tiempo de anticipación que habría una reunión para que le explicara los hallazgos.
El documento que le hice llegar previamente, era voluminoso. Cientos de páginas llenas de gráficos con toda clase de pronósticos. El intermediario me dijo que Moreno Valle había leído el documento y quería respuestas a un mar de preguntas.
Llegué fiel a mi estilo, con pantalón vaquero y chamarra de piel. Alguien prestó un lugar por las inmediaciones de Atlixcáyotl. Llamó mi atención que había una enorme cantidad de hombres armados con rifles de asalto. Pasé los filtros y llegué a una sala donde estaban sentados, muy serios, como si supieran de qué hablaban, algunos personajes de su entorno.
Los vi y detuve mi mirada en dos de ellos, claramente conocidos por su propensión a los acuerdos con la delincuencia organizada.
A excepción de aquellos dos, los demás tenían cara de no entender absolutamente nada del tema. Otro de los participantes, que después sería alcalde, estaba a un paso de soltar un hilillo de baba, claramente rebasado por la complejidad de lo atendido. Afortunadamente, no derramó sus líquidos, habida cuenta de que no había un trapeador cercano y nos habría ahogado por inmersión, a todos, ahí mismo.
Expuse lo mío. Moreno Valle apuntó y escuchó. Se levantó y me dijo: “ven conmigo”. Entramos a una sala igualmente amplia y cerró la puerta. Me preguntó por los cárteles en Puebla. Le expliqué a toda velocidad el asunto.
Por segundos, mis respuestas lo turbaban y por momentos, lo hacían atar cabos. Me preguntó por dos o tres personajes más. Alguien de su staff quiso abrir y Moreno Valle casi le aplasta la mano de un portazo. Me miró y dijo que continuara.
Terminamos. Me dijo que me retirara y que luego me buscaría. Estaba completamente convencido de que no sería así, dado que aquellos dos individuos sobre los que fijé mi vista, no solamente tapiarían cualquier intento para hablar de nuevo con Moreno Valle, sino que estaban a un paso de hacerse archimillonarios con el huachicol.
Así fue. Pasó el tiempo y seguí en mi tormenta. Una llamada por la tarde del 24 de diciembre de 2018 me desconcertó. El helicóptero Augusta A109 con matrícula XABON en el que Moreno Valle se desplazaba hasta para ir al baño, se había desplomado en el Cerro de la Chimenea del Chacuaco, municipio de Coronango.
Pregunté a los amigos quién iba a tomar el control de las investigaciones, las verdaderas, no las de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes. No me quedó duda que aquel gabinete estatal andaba dando vueltas como gallina decapitada.
Pasó el tiempo e inició un carnaval de detenidos, meros personajes operativos sin capacidad de decisión para dar gato por liebre en el mantenimiento de la aeronave.
Pues, hace unos días, un convidado inesperado soltó otra vez la cantinela de que aún no se había esclarecido la muerte de la pareja que se quedó a un paso del maximato.
El señor Marko Cortés agitó de nuevo la bandera de sus mártires, algo así como cuando los adictos a la izquierda escupen a la menor provocación a los muchachos de Ayotzinapa o los del priato, a Luis Donaldo Colosio.
Pues, va una respuesta para el dirigente del bloque opositor que no bloquea nada ni es opositor de nadie, salvo de su escasa brillantez.
El elefante en la habitación
Permítame poner el tema en retrospectiva: el 4 de noviembre de 2008, un avión Learjet 45 se desplomó en plena lateral de Reforma y Ferrocarril de Cuernavaca, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, matando a siete viandantes que no tenían nada que ver en el asunto.
Entre los muertos aparecieron Juan Camilo Mouriño, efímero secretario de Gobernación federal y el reconocido fiscal antidrogas José Luis Vasconcelos.
Las investigaciones de la National Transportation Safety Board (NTSB) señalaron que los pilotos conducían a exceso de velocidad y que se habían acercado demasiado a un Boeing 767, proveniente de Buenos Aires, que iba delante de ellos en el corredor de tráfico aéreo.
La estela de la turbulencia del Boeing 767 contra el avión particular fue como si un mosquito quisiera jugarle las contras a un ventilador de pedestal.
El 11 de noviembre de 2011, otro secretario de Gobernación federal cayó desde las alturas. Francisco Blake Mora murió tras un desplome del helicóptero en el que viajaba a Cuernavaca, Morelos, y se vino abajo en Temamatla, Estado de México, entre Xochimilco y Amecameca, a pocos kilómetros de la Ciudad de México.
En el accidente murieron otras siete personas y el experto en economía Luis Téllez, auténtico ignorante del tema y quien era el secretario de Comunicaciones y Transportes, señaló que la investigación apuntaba a “presuntas deficiencias en los procesos de capacitación y certificación de ambos pilotos para operar el Learjet”.
En español, los pilotos habían falsificado sus horas de vuelo y acreditación de conocimientos técnicos. Ajá. Los pilotos que transportaban al segundo en el poder federal no habían sido investigados por el CISEN ni por Inteligencia Militar: habían conseguido sus documentos en alguna imprenta informal por los rumbos de la Plaza de Santo Domingo.
Los amigos comentan un tema en común: que un cártel no se molestó en dispararle un misil a las dos aeronaves aludidas, sino que simplemente saboteó a las mismas, ya sea manipulando sus componentes antes de su último vuelo o inhibiendo su funcionamiento a distancia.
En ese sentido, solo habría dos organizaciones criminales con esa capacidad: Sinaloa y Los Zetas. Faltaban años para que el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) tuviera el tamaño para hacer algo así.
Con tales antecedentes, es posible mesurar elementos complementarios que expliquen el desplome del helicóptero que trasladaba a Moreno Valle a todos lados, incluyendo a la muerte.
Los Zetas y todos los demás
En los círculos concéntricos del poder poblano se maneja la especie de que Moreno Valle fue ejecutado por un cártel de la delincuencia organizada. El tema lo he atendido con docenas de personajes del mundillo poblano de eso que se malentiende como seguridad pública, porque en realidad tiene otros significantes más precisos.
La especie se divide en dos motivos que se señalan con la misma seriedad que una conversación en la peluquería: el primero es que Moreno Valle no cumplió con todos los acuerdos pactados; el segundo es que el politólogo malogrado fue ejecutado por un cártel rival de aquel que gozó de toda impunidad.
Muy bien. Pongámosle nombres a las cosas. En el primer motivo, la organización criminal de Los Zetas sería la que lo ajustició. No se quiebre usted la cabeza en el cómo, sino en el porqué de la ejecución. En el segundo motivo, los agresores serían el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG).
Haciendo memoria, cuando Moreno Valle llega al poder estatal, el estado de Puebla estaba dividido en franjas, en las que operaban Los Zetas, la organización Beltrán Leyva, algunos puntos específicos por el Cártel del Golfo, además de ciertos lugares con presencia de La Familia Michoacana y el Cártel de Sinaloa.
A la salida de Moreno Valle, Los Zetas eran los dueños de una aplastante mayoría de giros delictivos y tenían el control del triángulo rojo en sus zonas más importantes. No debe usted olvidar que la organización tamaulipeca inventó el concepto de franquicia, que permite darle a un delincuente local la explotación de un giro criminal a cambio de ciertos beneficios.
En el caso del segundo motivo, Moreno Valle dejó el poder en 2017 y para entonces, CJNG ya era una maquinaria que estaba arrasando con buena parte del país, peleándose metro a metro con Los Zetas y Sinaloa.
Bien. Los amigos comentan que Moreno Valle veía por encima del hombro a los cárteles y justamente por eso, delegaba a tres personas el tema, justamente a los que se hicieron archimillonarios apestando a bidón y a narcóticos, aunque también a indocumentados, cobro de piso y a trata de personas.
Un simple análisis permite establecer que si Moreno Valle no era muy afecto a permitir que los cárteles se le acercaran, podría suponerse que los personajes que sí podían hacerlo, pactaban en su nombre y luego inventaban cualquier cosa, haciendo de sus mentiras una auténtica mitología. En ese tenor, cárteles y Moreno Valle no se comunicaban en directo, por lo que podían ser engañados con entera facilidad.
Si Los Zetas o CJNG pactaron algo con Moreno Valle, pero no lo hicieron personalmente, se quedó un abismo en medio de ellos, con espacio suficiente para que los tamaulipecos o los jaliscienses se sintieran engañados por él.
Con ese motor encendido es evidente que el modo en el que muriera Moreno Valle es totalmente irrelevante. Ése no es el tema. Da igual si los pernos o los tornillos fallaron. Esa es la causa material, no la esencial.
Si los intermediarios entre Moreno Valle y los cárteles se enriquecieron, timándolos, es el núcleo del asunto. Y si los cárteles no los han ejecutado a ellos también, solo caben dos posibilidades: supieron negociar su vida o, ninguno de los cárteles los considera culpables.
Ésta es la verdadera línea que debe seguir una investigación a fondo. Continuar con la tontería de que los birlos y los tornillos estaban desgastados, es una bobada.
Marko: ahí está tu respuesta. A ver qué haces con ella. ¿Tienes el valor o te vale?