Es deseo es el sanctasanctórum que entrelaza economía y psicología. Tendemos a pensar que la economía trata exclusivamente de cosas reales o materiales, mientras que la mente trata de cosas ideales. Pero las fórmulas más importantes de la economía dependen de actos subjetivos, como la percepción (del riesgo, por ejemplo) y la expectativa (de ganancia) y, después, de percepciones de percepciones y expectativas de expectativas. Si en nuestra vida subjetiva vivimos descifrando y suponiéndole a los otros ideas, creencias o juicios sobre nosotros, el mundo y ellos mismos, los actores económicos viven y se desviven leyendo y anticipándose a las acciones de los otros con miras a la ganancia. Y así como el engaño y el autoengaño son partes constitutivas de nuestra subjetividad, también lo son en la economía. No omitamos tampoco que, si somos sujetos encarnados y a propósito de un cuerpo, la economía es un sistema intersubjetivo de intercambio de y a propósito de mercancías y la materia en general.
En diversas escalas la economía es el escenario del despliegue del deseo de ganancia y expansión. Pero la ganancia es siempre relativa: se gana más que otro o más que uno en un tiempo pasado. Expandirse es ocupar más, vender más, aumentar la cartera de clientes. Por tanto, existe sólo de manera diferencial y expansiva. Veamos el paralelismo con el alma. En el siglo XIX los románticos y luego, en el siglo XX los existencialistas, se quejarían de la bancarrota del deseo. El estancamiento económico iba de la mano con el estancamiento del deseo, que llamamos aburrimiento. Para crecer en el mercado había que abrir nuevos mercados, lo mismo que el deseo necesitaba innovar y conquistar nuevos territorios. El mercado debía producir desenfrenadamente como signo de vitalidad, así como el sujeto debía producirse. Productividad, productividad, productividad. Pero, así como el capitalista sólo existe por generar más valor a partir de cierta cantidad de dinero (ganancia), el sujeto debía desear siempre algo más, algo nuevo, algo otro que excediera su condición anterior. Valorización del valor ↔ deseo de deseo. El capitalista no busca simplemente obtener una ganancia, sino ganar más que sus competidores. Es una competencia, lucha por el poder. Subjetivamente no es distinto: luchamos por el reconocimiento. Es decir, por el aseguramiento de una posición de superioridad por sobre los demás. Superioridad moral, superioridad física, superioridad económica, superioridad en inteligencia, recursos, bienes, títulos, trofeos. Hoy todo se deja ordenar en listas de “rankings”: los hombres más guapos, las personas más ricas, las mejores universidades, las comidas más saludables, los negocios más rentables.
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Nosotros vivimos con miras al futuro. Somos proyecto. De la misma manera, toda inversión se realiza con miras a una ganancia futura. Es una actividad en principio riesgosa, porque se calcula sobre algo que puede ocurrir o no, y dicho cálculo se realiza sobre la base de evaluaciones subjetivas (creencias, expectativas, percepciones). Por ello el capitalista busca por todos los medios la supresión del riesgo (información privilegiada, lobby en el Congreso, sabotaje de la competencia, creación de monopolios, corrupción, etc.). Las empresas odian el riesgo y la competencia todavía más que los impuestos. Pero no pueden evitar competir, cosa que no se parece en nada a la competencia idealizada de los modelos oferta-demanda.
Comienza a verse que el mercado es un sitio de ejercicio del deseo (individual de ganancia personal) y del poder (ganar más que los otros, ganarse el prestigio). Nosotros somos sujetos en tanto y en cuanto respondemos a otros. El deseo es social de cabo a rabo. Aprendemos a desear. Lo que deseamos, cómo deseamos, frente a quién lo deseamos. Y también, simétricamente, lo que nos produce animadversión o aversión. Deseo y aversión se forjan en relación con los otros: cómo nos miramos, lo que nos decimos. Vivimos una orgía de miradas en la que nunca encontramos satisfacción plena. Así funciona también la economía. Uno abre un negocio de tornillos. Otros lo miran. Pronto, hay dos más, luego cinco, luego cien. Así con las mercancías que aseguran prestigio, identidad, imagen. Todo el asunto está en la relación que hay entre nuestra constitución como individuos y su actuación en el mercado.
Psicológicamente nos consideramos individuos. Un yo con su pasión propia, sus tendencias, deseos y aversiones singulares. Es decir, con una interioridad, un territorio privado. En el mercado somos tratados también como individuos que tienen gustos (para la adquisición de mercancías) y habilidades (que venden en el mercado) pero, por encima de todo, que tienen posesiones, propiedad privada, desde sus ideas, hasta su cuerpo, desde los derechos hasta la tierra. ¿Qué pesa más en el proceso de individuación?: ¿la familia?, ¿la escuela?, ¿el mercado?
Meditemos: en política, en el mercado de alimentos, en la búsqueda de trabajo, en los momentos de ocio: ¿qué voz resuena silenciosamente en nosotros? Esos mandatos y juicios, esas miradas burlonas, ese aplauso sordo que nos adviene, ¿de dónde procede? De todos lados: la familia nos pide éxito en la sociedad (de mercado), la escuela nos educa para la vida (económica) en la cual, desde el primer momento, competimos sin tregua. Con todo, la familia puede todavía operar como seguro de desempleo y casa refugio cuando el mundo nos ha hecho pedazos.
La economía se funda básicamente en dos incertidumbres: el futuro y el comportamiento de los otros. Todo cálculo económico decisivo se realiza no solamente con miras a la ganancia futura (y sobre la base de un saber del comportamiento pasado de la economía), sino sobre sobre la percepción de sí y de otros. Wall Street es la máxima expresión de ello. Las acciones, que supuestamente representan el valor de una empresa, se basan menos en el tamaño de su producción, sus ventas o sus mercados, que en las expectativas de crecimiento y su relación con otras empresas. Los “capitales”, entonces, operan como sujetos: se espantan, se emocionan, se confían, se engañan. Se comprende entonces por qué la economía es tan “científica” como la psicología.
Ha surgido entonces la famosa economía del comportamiento (behavioral economics). Ella investiga los “sesgos” en los que incurrimos al tomar decisiones económicas. Pero la palabra “sesgo” todavía hace pensar que nuestro comportamiento podría ser “verdaderamente racional”. Ahora, frente al futuro y los otros se puede ser prudente, pero no racional como si dispusiéramos de datos y reglas aplicables.
Aprendemos a desear en el entrecruce del mercado, la familia y el Estado (al menos). En ese aprendizaje llegamos a ser individuos, sujetos, ciudadanos-ciudadanas, hombres, mujeres. Pero, ¿cómo se realizan todas estas individuaciones? ¿Cómo se relacionan entre sí? ¿Dónde -y cuándo- se suman, se multiplican o se restan? Rita Segato ha mostrado convincentemente cómo patriarcado, guerra y capitalismo se retroalimentan positivamente hoy. Pero aquí vale la pena no perder las escalas. Omar Acha ha subrayado con gran agudeza que cada ámbito posee su temporalidad: patriarcado y capitalismo poseen una relación complicada, pero en absoluto de acuerdo y desarrollo paralelos. Habría que agregar que los grandes nombres que han articulado las luchas por la liberación deben atenderse en sus espacios y tiempos: metafísica, patriarcado, colonialismo, capitalismo…