El cambio climático es uno de los temas más preocupantes hoy en día. En este contexto, abundan los esfuerzos por buscar soluciones desde diferentes ámbitos y mucho se ha hablado del gran potencial que las Tecnologías de Información y Comunicación (TIC) pueden tener para contribuir a la reducción de la huella de carbono mediante acciones como:
-La creación de ciudades sostenibles
-La implementación de redes de transporte inteligente para disminuir la congestión vehicular
-La medición de la calidad del aire y agua
-El ahorro energético y la mejora de los sistemas de energías renovables
-El teletrabajo y las reuniones virtuales (para reemplazar o reducir viajes), el comercio electrónico y la educación en línea que reducen las emisiones de los gases de efecto invernadero
-El monitoreo ambiental y climático
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Sin embargo, paralelamente existe un debate complejo porque la otra cara de la moneda evidencia también el gran conflicto medioambiental que se está generando al aumentar desmedidamente los residuos tecnológicos. ¿A qué se debe esta tendencia?
Revisemos algunos datos:
- Las Naciones Unidas calcula que para 2040, las emisiones de carbono provenientes de la producción y el uso de aparatos electrónicos representarán el 14% de las emisiones totales. (Green Peace, México)
- En 2019, el mundo generó 53,6 toneladas métricas (Mt) de residuos electrónicos, esto es una media de 7,3 kg per cápita. Según las previsiones, se alcanzarán los 74,7 Mt de aquí a 2030, de acuerdo con el Observatorio Mundial de los Residuos Electrónicos 2020.
- El consumo global de dispositivos electrónicos se ha multiplicado por seis en los últimos cincuenta años (‘Impacto medioambiental de los dispositivos TIC’, 2018). Esto tiene lógica si se considera que, en la actualidad, existen más teléfonos móviles que humanos en el mundo, según el informe ‘Monitor global de basura electrónica 2017’.
No podemos negar que vivimos en la era de la novedad: nuevos modelos, mejores funcionalidades tecnológicas y nuevas versiones que adquirimos sin reparar en el daño que se genera. Además, la acelerada digitalización de la sociedad que hemos experimentado en los últimos años como consecuencia de la crisis sociosanitaria del COVID 19, contribuyó notablemente a este aumento.
Pero, ¿por qué es un problema el consumo excesivo de aparatos electrónicos si se han vuelto indispensables en nuestras vidas y han simplificado tareas y actividades que, como vimos, tienen un impacto positivo en el medio ambiente?
La respuesta es sencilla: la forma en la que se diseñan, producen, consumen y desechan.
Iniciemos por mencionar la obsolescencia programada de nuestros dispositivos, pues con fines puramente mercantiles, se acorta artificialmente su vida útil para incentivar su compra.
Pero más grave aún es el tema de la producción: los llamados minerales de sangre o en conflicto con los que se fabrican, son extraídos en condiciones inhumanas denunciadas por numerosas organizaciones que implican: trabajo infantil, enfermedades, nula seguridad laboral, así como una reiterada violencia ejercida por grupos armados que controlan las explotaciones en países como la República Democrática del Congo o Colombia.
Hablemos ahora del desecho. Se estima que entre el 50 y el 80 por ciento de la basura electrónica es exportada ilegalmente a países empobrecidos y arrojada a vertederos ilegales como Agbogblo-shie (Ghana) o Guiyu (China). Este comercio ilegal de e-basura evidencia la forma en que las naciones enriquecidas están intoxicando paulatinamente a las regiones más pobres del planeta con grandes repercusiones socioambientales.
Ante esta situación, es fundamental desarrollar políticas y legislaciones que generen una lógica distinta: a) dispositivos diseñados para una vida más larga; b) con una obtención de materias primas respetuosas con las personas y los entornos naturales; c) unos modos de producción que reduzcan la utilización de materiales peligrosos y respeten los derechos humanos; y d) una vez desechados, se generen programas y estrategias para el reciclaje y tratamiento de los residuos.
Pero también, es indispensable que seamos ciudadanos informados y sensibles hacia un uso más sostenible, responsable y consciente de las tecnologías, alejándonos de la cultura del comprar, usar y tirar que nos ha llevado a un sobreconsumo que explota los recursos naturales y acelera el cambio climático. Ya existen algunas alternativas tecnológicas más respetuosas con los seres humanos y el entorno. En nuestra mano está tomar decisiones distintas, pensando a largo plazo.