Desde hace un tiempo estoy reivindicando -sin ningún complejo- un término esencial en la cultura occidental que es el concepto de alma. No lo utilizo en un sentido religioso sino filosófico tal y como se hizo hasta Boecio. El alma yo la defino de esta manera: es el ámbito en el cual lo mejor que puedes llegar a ser se dirige a lo que eres. ¿Y cómo sabes qué es lo mejor que puedes llegar a ser? Porque parcialmente ya lo hemos sido. Nosotros tenemos experiencias parciales fragmentarias de nosotros mismos, de las que nos sentimos orgullosos y tenemos experiencias fragmentarias de nosotros mismos de las que sentimos vergüenza.
Gregorio Luri. Lo que permanece en educación. Revista Teoría de la Educación. Vol. 34 Núm. 2 (2022), Artículos, p. 186.
Abordé la semana pasada el tema de la educación en el miedo al futuro y el cansancio de nosotros mismos como humanidad, planteado por el filósofo y pedagogo español Gregorio Luri en el artículo que aparece referido en el epígrafe de esa entrega, que puede consultarse en https://bit.ly/3ysUcFG y también en el de hoy.
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Como dije en ese texto, el artículo de Luri tiene un contenido muy rico e imposible de abordar en un espacio tan breve como el de un texto de opinión, por lo que anuncié que tal vez tomaría algunas otras ideas en entregas posteriores. Pues bien, como notarán mis cinco lectores he decidido, al menos por esta semana, seguir tejiendo mi propia reflexión a partir de ese valioso trabajo de Luri.
La idea central que da pie al título del artículo es explicada por el autor en términos de que “…Es muy urgente que reconozcamos si el ser humano es un ser de temporada o un ser de permanencias…” (p. 186). Como se podrá inferir, Luri se decanta claramente por la segunda opción y afirma con toda razón que no tendría ningún sentido educar si concibiéramos al ser humano como un ser de temporada, en el que nada permanece.
Porque educamos en el presente, pero mirando hacia el futuro; la educación es siempre una apuesta por la formación de los niños y adolescentes de hoy, pero con miras a convertirlos en las mejores personas y los mejores ciudadanos posibles en el futuro, para que construyan un mundo distinto y mejor al actual, para que sean los arquitectos de un mejor futuro para el mundo.
Educamos entonces desde la convicción profunda -explícita o implícita- de que los humanos somos seres de permanencias, de ahí que como escribo reiteradamente a partir de la definición que le aprendí a Xabier Gorostiaga S.J. (1937-2003), los educadores somos los profesionales de la esperanza, los especialistas en construir humanidad con los pies bien puestos en el hoy, pero la mirada claramente enfocada en el mañana.
Pero, ¿Cómo puede sustentarse que los humanos somos seres de permanencias? ¿Cuál es el elemento que podría darnos ese pequeño archipiélago de certezas en el mar de incertidumbre que vivimos (Morin dixit), respecto a que no somos seres de temporada?
En el epígrafe de hoy, Luri sostiene que este elemento es el alma, una noción que como afirma, ha defendido a pesar de no ser muy bien vista en el lenguaje actual, porque se trata de “un término esencial en la cultura occidental” y porque aunque a veces la gente se empeñe en negarlo, tenemos experiencia de ella.
El autor nos aclara que asume esta defensa entendiendo el alma no en su sentido religioso sino en un sentido filosófico, “como se hizo hasta Boecio…” El alma es definida por Luri como “el ámbito en el cual lo mejor que puedes llegar a ser se dirige a lo que eres…” Enseguida responde a la pregunta por el “cómo sabemos qué es lo mejor que podemos llegar a ser” diciéndonos que lo sabemos simple y profundamente porque “ya lo hemos sido”, es decir, porque tenemos experiencia de ello.
Todos nosotros dice Luri y si revisamos en nuestra propia historia estaremos de acuerdo con ello, hemos tenido experiencias de vida en las que por un instante, en un momento determinado, ante alguna situación crítica o en un momento aparentemente normal de nuestra vida hemos sido esa mejor versión de nosotros mismos de la que nos sentimos satisfechos, orgullosos, en paz, incluso felices.
De la misma forma, todos nosotros tenemos experiencias de situaciones vividas, momentos de nuestro pasado, etapas de nuestra existencia de las que nos sentimos avergonzados, que nos producen insatisfacción, tristeza profunda, desolación.
Como esas experiencias -tanto las positivas como las vergonzosas- son fragmentarias y nosotros “…no podemos ser morales fragmentariamente” (p.186), entonces tenemos siempre que enfrentar el desafío de integrar una “imagen uniforme de nosotros mismos” (ibid) y lo hacemos a partir no de conceptos o ideas abstractas sino de “lo mejor que hayamos sido…” (ibid), a partir de una reflexión personal sobre nuestra propia experiencia.
Esta visión del alma que plantea Luri, me remitió -tal vez por mi deformación lonerganeana- al planteamiento del Método trascendental o Método empírico generalizado que propone el filósofo canadiense que consiste precisamente en una serie de operaciones que son recurrentes y están relacionadas entre sí y que van produciendo resultados acumulativos y progresivos que finalmente van construyendo nuestro propio drama, nuestra propia historia como seres humanos.
En la concepción de Lonergan (1904-1984), el ejercicio de estas operaciones puede hacerse de una manera auténtica si responde a los que llama preceptos trascendentales: sé atento, sé inteligente, sé razonable, sé responsable, ama, pero pueden también hacerse de manera inauténtica cuando somos desatentos, tontos, no razonables, irresponsables y nos cerramos al amor -hacia nosotros mismos, hacia los demás, hacia la humanidad, hacia la naturaleza-.
Análogamente la explicación sobre el alma que plantea Luri en su artículo, todos nosotros tenemos experiencias de momentos, situaciones, etapas de nuestra vida en las que hemos sido auténticos y otras experiencias también fragmentarias en las que hemos sido inauténticos. Las experiencias de autenticidad nos hacen sentir satisfechos, alegres, en paz, porque muestran lo mejor que podemos llegar a ser -y nos demuestran que ya lo hemos sido, aunque sea momentáneamente- y las experiencias de inautenticidad nos producen insatisfacción, desazón, vergüenza.
Esta reflexión de Luri y la analogía con el planteamiento de Lonergan de la búsqueda permanente de autenticidad humana me hicieron sentir la necesidad que tenemos de construir una educación con alma, porque el desánimo educativo en que vivimos nos está haciendo mantener y ahondar la crisis de humanidad que parece irreversible.
Una educación con alma es una educación desde el alma de los educadores, es decir, desde la recuperación y potenciación de lo mejor de sí mismos y una educación que toca y desarrolla el alma de los educandos, haciéndolos conscientes de lo mejor que pueden llegar a ser que se dirige a lo que son.