La curiosa coincidencia del centenario del Ulysses con el reciente triunfo electoral del Sinn Féin en el Usher nos concita a la reflexión.
El personaje central de la trama de El Tercer Hombre caracterizado por Joseph Cotten en la cinta de Orson Wells, es un oportunista escritor de historietas de vaqueros que en medio de la burocracia cultural y la protección de alguna dama culta encumbrada, que se presenta en público a hacer exposiciones literarias y finge demencia, precisamente al ser inquirido sobre Joyce -claro al personaje caracterizado por Cotten- no se le ocurriría salir con el mal gusto de invocar el festivo “desmadre” de la vida.
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El reciente resultado electoral nos remite a la célebre masacre del denominado “Domingo Sangriento” de 1972, episodio a raíz del cual resucitó la vetusta formación política hoy victoriosa; en tanto que la referencia cavernosa, oscura y cuasi onírica que en la novela de Joyce se hace a la denominada “Rebelión de Pascua de 1917” puede ser detectada sólo a partir de un mínimo conocimiento de historia política, que en lo personal recomendaría la previa lectura del Tratado de Derecho Internacional de Charles Rousseau , ya que, de carecer de referencias mínimas al respecto , nos encontraremos tan sólo ante imágenes y referencias que poco podrían significarnos.
El periplo que a lo largo del día llevan a cabo a lo largo de las vialidades de Dublín Stephen Dedalus y su acompañante, cuyo nombre ni siquiera registra la memoria de un lector medianamente acostumbrado a lidiar con historias intrincadas, culmina al anochecer en la casa de este último, en la que su esposa Molly, una auténtica anti Penélope comienza a alucinar las más obscenas fantasías eróticas que el acompañante de su esposo le despierta.
El Retrato del Artista Adolescente, claro antecedente del Ulysses, nos muestra la formación educativa del propio Stephen Dedalus en el colegio de la Compañía de Jesús de Dublín con la correspondiente celebración del 3 de diciembre en honor de San Francisco Xavier ,“santo patrono de los colegios”, claro que Dedalus no conviviría con pandillas juveniles públicamente protegidas por directivos que hubiesen estado involucrados ni en la fusilata que siguió a la “Rebelión de Pascua de 1917”, ni tampoco en la vergonzosa actuación de las tropas británicas en “Londonterry”.
El Retrato del Artista Adolescente termina con la decisión de Dedalus de dejar la isla para convertirse en “la conciencia increada de su raza”. Recuerdo en lo personal una puesta en escena de hace ya muchos años en el Auditorio Siqueiros de la versión teatral de Exiliados con la participación de Julieta Egurrola y Ricardo Blume:
“La isla entera está llena de fantasmas, hice la señal de la santa cruz al revés y se marcharon, recuerdo la noche que murió mi padre, había ido a ver “Carmen”.
Toda colectividad humana, no cabe duda, requiere crear su propia conciencia, a efecto de no terminar resucitando los fantasmas del “padre Figueroa” en 1952.
La “conciencia increada de su raza” desde su mundo de Exiliados, pasaría irremisiblemente por la íntima remembranza de los Dublineses, relato de la que hay una emotiva y amena versión cinematográfica; por su parte, se antoja difícil filmar el Ulysses.
Acaso el marido de Molly hubiera podido representar Charlez Bronzon vestido de “mariachi” y lanzando improperios carentes de la más elemental sindéresis; pero su lectura, difícil y cavernosa, pareciera obligada por razones que van más allá de la efeméride que celebramos este año, motivo por el cual, quisiera finalizar la presente entrega rememorando Las tardes de amatista, dibujadas en la sutil y poco conocida poesía de Finnegans Wake.