Desde inicios de los cincuenta hasta finales de los setenta, tiene lugar en México un movimiento artístico sin precedentes, movimiento que Teresa del Conde denominó La Ruptura, que surge en nuestro país como un tardío eco de las Vanguardias europeas, dando continuidad a los códigos y pautas estéticas que distinguieron al expresionismo, al cubismo, surrealismo, abstracción, entre otros.
Y es que posterior a la Revolución Mexicana, el arte se delineó pajo la tesitura del nacionalismo, de los reconocimientos en el pasado prehispánico y en el indigenismo; lo que, después de décadas se convirtió en el lenguaje oficial y, lejos de cuestionar o defender, el arte hacía la función de interventor al servicio del estado. Como es de esperarse, esta ráfaga nacionalista no tiene continuidad, y muchos artistas plásticos -entonces emergentes- empezaron a plantear nuevas opciones, sin nacionalismos sin regionalismos, sin ismos; pero sobretodo sin sometimientos gubernamentales.
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Los artistas emergentes buscaban más independencia y libertad, tanto de pensamiento como de acción, entre los que figuraba Manuel Felguérez, además de Alberto Gironella, Vicente Rojo, Lilia Carrillo, José Luis Cuevas, quienes no gozaron de los encargos oficiales, pero sí de la simpatía de artistas que habían inmigrado a este país -siempre hospitalario con las víctimas de guerras- artistas como Leonora Carrington, Paalen, Remedios Varo, Carlos Mérida, Germán Cueto, Francisco Zúñiga, Günter Gerzo; y serán muchos los artistas que se irán uniendo a esta ruptura en los siguientes años: escultores, arquitectos, grabadores, que van a enriquecer y conformar no uno, sino varios lenguajes plásticos.
Felguérez rompió con todo lo establecido, o casi todo. A un semestre de haber iniciado la carrera de Medicina, la dejó, de la misma manera que las clases en la Academia de San Carlos. Era un hombre que no se conformaba con lo preestablecido, o con medias tintas, o con lo que no le satisfacía.
El oriundo de Valparaíso, Zacatecas, fue a París para trabajar en el taller de Zadkine a quien siempre admiró como maestro. En la capital francesa también frecuenta el taller de Brancusi, y ambos influyeron en su lenguaje plástico.
Conoció el arte antiguo de catedrales y museos europeos, y decidió ser artista, pero siempre tuvo un lado racional, su arte estuvo demarcado por las Matemáticas, por las Ciencias Exactas. A partir de 1967 es que en su obra se pueden apreciar características geométricas.
Su actividad artística y sus propuestas le llevaron a exponer y participar en Tokio, la India, Brasil y Colombia, principalmente.
En México, fue miembro del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM a partir de 1977. Entre 1979 y 1980 participa en el Espacio Escultórico de la UNAM. A inicios de la década de los ochenta es miembro del Laboratorio de Experimentación en Arte Urbano en la UNAM. En 1980 San Luis Potosí le rinde un homenaje, y Zacatecas, su tierra natal, lo hace en 1987, cuando lo nombra “Ciudadano Ilustre” por decreto del Congreso del Estado de Zacatecas. En 1988 el Gobierno de la República le otorga el Premio Nacional de Arte, y en 1993 el FONCA lo nombra Creador Emérito dentro del Sistema Nacional de Creadores.
En Puebla, durante la primera administración del Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla, bajo la dirección de Dalia Monroy, Manuel Felguérez y José Luis Cuevas realizaron un importante legado al Museo-Taller Erasto Cortés, que ahora parece estar resurgiendo de entre las cenizas.
Este 8 de junio, a dos años de su fallecimiento, en Zacatecas se inauguró el Museo de Arte Abstracto donde se concentran 425 objetos que fueron legados por el artista que incluyen -entre otros- pinturas y esculturas de su autoría. Descanse en Paz.
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