- ¿A poco sí conoces a Zavala?
- Claro, estamos haciendo equipo con el licenciado. En estos días nos vamos a reunir con él.
- Con el gobernador desde luego que también están trabajando
- Claro, estamos trabajando con el señor gobernador. También ya nos mandó a llamar.
- Ok, ok.
Era 2009. En las bocas de todos los poblanos, el nombre de Zavala sonaba alto y fuerte. Fuerte y poderoso. Poderoso y seductor. Todos querían conocer a Zavala. Todos decían conocer a Zavala.
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No era raro. Era el poderosísimo secretario de Desarrollo Social que todos también sabían que sería el candidato a la gubernatura estatal y en consecuencia –no podría ser de otra manera- el próximo gobernador.
Así había sido desde el inicio del priato en el Estado. Y aunque otro nombre comenzaba a sonar también fuerte, muy fuerte, la mayoría se inclinaba por el oficialismo.
Zavala, sobra decirlo, caminaba ya no como secretario de Gobernación, tampoco vestía como tal ni hablaba como tal. Caminaba, vestía, hablaba y saludaba como gobernador. Más aún, firmaba compromisos como si ya fuera gobernador. Tampoco era raro, tenía el cobijo del todavía poderoso, Mario Marín Torres, gobernador del Estado, por más que el Lidyagate lo hubiera disminuido.
Llegó el 2010. Zavala fue nombrado candidato y la bufalada pareció correr a sus brazos. Solo pareció, porque en realidad, muchos en el transcurso de la campaña, comenzaron a correr hacia los brazos de Rafael Moreno Valle, senador ex priista quien venía apadrinado por la mismísima Elba Esther Gordillo.
Llegó el día de la elección y entonces se confirmó lo que se sospechaba. El PRI perdía por primera vez la gubernatura. Lo perdía de manera oficial, porque Moreno Valle operó tanto su campaña como su gobierno con las mismas viejas mañas priistas, corregidas y aumentadas. Y entonces Zavala comenzó a caer en desgracia.
Y sí. Aquellos que decían conocerlo, ahora lo comenzaron a desconocer. Ahora a quien conocían era -of course- a Rafael Moreno Valle. ¿Marín? Nunca lo habían saludado. “Nunca nos recibió, pinche enano”, decían en voz alta para que los escucharan. Zavala, por lo demás dejó de ser el licenciado, para ser un “pinche chiapaneco”.
Luego vino el gobierno de Moreno Valle, donde Zavala fue empequeñeciendo. Todavía le alcanzó para ser diputado federal, donde navegó con un perfil propio de su estigma: el candidato que le entregó el estado al PAN.
Luego vino la ola de Morena. Y Zavala –of couse again- como muchos priistas e incluso panistas, decidieron subirse al barco, pero una notaría en su natal Chiapas lo detuvo.
Martha Erika, la esposa de Moreno Valle era la candidata a la gubernatura contra un Luis Miguel Barbosa, quien por el poder que ostentaba todavía el morenovallismo, se veía difícil su arribo al cargo. Para entonces, todos eran morenovalllistas. Los que fueron marinistas, los que fueron zavalistas y los que antes habían sido melquiadistas. Todos.
Y sí, también. Los pronósticos otra vez se cumplieron. A golpe de billetes y amenazas, Martha Erika logró ser la primera mujer gobernadora durante unos meses. Luego un accidente que tuvo rostro de atentado, terminó con su vida y con su trayectoria.
Barbosa jugó de nuevo. Esta vez Zavala de plano se sumó. El PRI amenazó con expulsarlo, algo a lo que a Zavala pareció importarle un rábano. Vinieron las fotos con Barbosa. Aquí y allá se les pudo ver, con las manos alzadas. Para ese entonces -¡oh la política!-, todos habían dejado de ser morenovallistas, para pasar a ser barbosistas. Hasta muchos de los que lloraron y juraron amor eterno a los difuntos. Pero también los que fueron marinistas, los que fueron zavalistas y los que antes habían sido melquiadistas.
Barbosa ganó de forma aplastante contra un gris candidato del PAN. Zavala, apareció en la recepción de la constancia de mayoría en las entrañas de la junta local del INE. Y el PRI seguía sin expulsarlo.
Luego llegó el 6 de junio de 2022. Zavala fue detenido por una demanda de su expareja, Cecilia Monzón Pérez. Y luego resultó que la había mandado a asesinar. Entonces, el zavalismo –si es que algún día existió- acabó de desaparecer por completo.
Hoy, en los corrillos políticos y en los cafés se escucha decir:
- ¿A poco sí conoces a Zavala?
- Como muchos, pero nunca trabajamos con él. Fue un culero. Yo nunca pacté con él.
- ¿Y a Marín?
- Menos. Yo con pederastas no me junto.
- Ok ok.
¿Quiénes de los que hoy son venerados por las masas, pasarán a ser los apestados del mañana? Nada más de pensarlo, dan escalofríos.