María Luisa entró a la cocina sin que nadie lo notara, tomó dos puños de maíz triturado de la batea usada con el molino de mano. Salió de la misma forma que entró, sin que nadie se diera cuenta.
Fuera de la casa llegó al solar donde las aves domésticas se recrean picoteando hierba y cazando lombrices. Se hizo paso entre los gansos y las gallinas levantando las manos para detener las aspiraciones de quienes se habían percatado de su carga.
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Por fin llegó con las guajolotas y los pipilitos para quienes era el maíz quebrado, le encantaba ver como esas indefensas criaturas se revolvían sin decidir qué pedazo de grano tomar, aunque la intención era que comieran a sus anchas, ya que, quienes les daban alimento por las mañanas, los relegaban por considerarlos “feos” y preferían a los pollos y las crías de pato.
Con divertida concentración, no se dio cuenta que las aves dieron pasos hacia atrás en señal de sumisión. El changorgo, el emperador del gallinero, había llegado a paso real con sus enormes plumas negras y la carúncula roja encendida. María Luisa se percató de su presencia hasta que escuchó el característico sonido de esos animales al momento en que erizan las plumas. Para una niña pequeña como ella, esto era sinónimo de peligro. Volteó y estaba justo detrás de ella avanzando con la mirada penetrante y artera.
Mientras retrocedía gritó a su madre, pero la voz le salía apagada. No tuvo opción y corrió con el animal detrás de ella. Buscaba con ojos desorbitados la ayuda de alguien. Corrió hacia los chiqueros de los puercos con el aliento entrecortado y se escondió a un lado de ellos. Se puso en cuclillas esperando a que su perseguidor no hubiera visto dónde estaba. Todo era un angustiante silencio hasta que ese tétrico sonido del momento de erizar las plumas se sintió muy cerca y al levantar la vista notó que el animal estaba detrás de ella. La sorpresa le hizo intentar gritar, pero fue nuevamente en vano. Aunque sentía que las piernas se le derretían, logró correr.
La distancia hasta la casa se hacía eterna y no había nadie más a la vista como no fueran otras aves que se concretaban en mirar pasivamente y hasta abrieron el paso ante la imponente presencia del changorgo. María Luisa llegó hasta la milpa que le daba una esperanza de escondite y al paso de unos minutos, agazapada, se cubrió la cara y lloró. Todo indicaba que el animal había desistido de perseguirla por alguna razón. Sus lágrimas y la tierra en las manos le habían dejado las mejillas sucias y surcadas mientras se preguntaba porqué el animal hacía eso si ella alimentaba a sus hijos.
Se puso de pie para regresar a casa y caminó hacia el final del surco retirando las hojas de maíz de las cuales no había reparado al entrar y al quitar una que le quedaba a la altura de los ojos, en lugar de ver la puerta de su casa, el terror volvió a ella con la infame imagen del gran monstruo. Un frío intenso le heló el cuerpo, sus manos temblaban y la garganta le volvió a fallar. Corrió milpa adentro sin voltear hacia atrás; el sonido del changorgo al erizar las plumas parecía escucharse en la nuca cada vez más fuerte y con mayor frecuencia. Las cañas del maíz inclinadas le abofeteaban mientras que las piedras lastimaban sus pies insensibles en ese momento por la adrenalina.
El terror le hacía sentir que las matas de calabaza y verdolagas parecían burlarse de su miedo. Al cambiar de surco, o las enredaderas enmarañadas de frijol, no solo le impidieron el pasar, sino tropezar.
Apenas si pudo poner las manos para no pegar de lleno su cara contra la tierra y una rodilla le sangraba. Nada cerca que le pudiera ayudar, la orilla de la milpa estaba lejos, perdida más allá de las plantas. Jaló ante el angustiante esfuerzo las piernas para desenredarse, pero parecía que las matas de frijol le apresaban más. Por fin liberó el pie derecho con el que trató de hacer presión para liberar el otro. Cerró los ojos para ejercer toda la presión que pudiera y repentinamente sintió un aliento en su espalda. El corazón le golpeteó con fuerza, una helada sensación le recorrió muñecas y manos al tiempo de que el cuerpo y la respiración se le paralizaban. Sintió que el estómago se le vaciaba y al mismo tiempo una sensación quemante en el pecho parecía abrirse paso con desesperación para finalmente salir por su garganta. El grito aprisionado que tomó libertad fue un involuntario, sorpresivo y sonoro glugluteo.
Empapada en sudor y con respiración jadeante, María Luisa despertó a lado de su madre quien al notar que por enésima ocasión tenía pesadillas, fue a su lado para tranquilizarla. “Calma mi cielo, mamá está contigo”; María Luisa al ver quien estaba con ella lloró de alivio, se acurrucó junto a ella y luego de un rato, con los ojos aun húmedos, se volvió a quedar dormida. Su madre la arropó y sin dejar de mirarla, con tristeza dijo: “No me explico por qué ella sigue soñando que es una niña. ¿Será porque fue el único huevo que pude empollar? Ahora me arrepiento de haberlo escondido”.