El día de ayer, 23 de marzo de 2022, se publicó el anuncio que la Secretaría de Educación Pública, daba a conocer a través de una “nota informativa” -misma que al momento no he localizado- que: “La Secretaría de Educación Pública informa que, por instrucción del presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, los beneficios que incluían las Escuelas de Tiempo Completo se mantendrán en el programa de La Escuela es Nuestra (LEEN).”
Más artículos del autor
Desde la mirada sociológica, se puede decir, que sociedad en su permanente desarrollo, genera nuevas necesidades sociales, mismas que exigen ser satisfechas; para atender esas necesidades emergentes hay de dos: o aparecen nuevas instituciones sociales, o bien, algunas de las ya existentes se ajustan para tomarlas bajo su responsabilidad.
Lo anterior plantea una relación de interdependencia entre el sistema social y en el caso que nos ocupa, el sistema educativo. Es bien sabida la exigencia de la sociedad para con los profesores, en el sentido de asumir el rol de padres ante la ausencia en casa de los biológicamente reales. Al profesor se le exige, saber de psicología, nutrición, ¿y la parte pedagógico-didáctica que es su función esencial?
Una muestra de realidad de esta mirada es lo que hoy sucede con el Programa Escuelas de Tiempo Completo (PETC); ante la modificación profunda de la “familia” como institución social, cuya función original asociada a la crianza de los hijos y su preparación para interactuar socialmente, ya no lo es más; alguien más la debe asumir, en este caso, la escuela.
Aun cuando hay antecedentes desde mucho antes, de la exigencia de que la escuela asuma responsabilidades de educar a los niños, en aspectos extraescolares, hoy ante la desaparición formal del PETC, tanto sus “defensores” como autoridades educativas parecen centrarse en tres aspectos: infraestructura, alimentación y cuidado de los hijos mientras las madres trabajan, ¿y la vocación pedagógico-didáctica en dónde quedó?
Se requiere ser un ignorante total para desconocer la realidad de limitaciones que vive la población de nuestro país, y para rechazar la defensa de ese “único alimento” o de que guarden a los niños, mientras las madres trabajan; sin embargo, no es suficiente, e incluso resulta impertinente y atentatorio contra la esencia formativa de la escuela.
Para el caso de Puebla, según las cifras más recientes de CONEVAL, el 58.9 por ciento de la población de la entidad vivía en situación de pobreza, es decir, 3,763,700 personas; así como el 29.3 por ciento en situación de vulnerabilidad, ya sea por alguna carencia social o por ingresos. En suma, el 88.2 por ciento de la población poblana se encuentra en situación de pobreza o es vulnerable.
El anuncio del gobierno local con el visto bueno de la Cámara de Diputados, de disponer de 200 millones de pesos (poco más de lo que el programa recibió al final por parte de la Federación) da esperanza; sin embargo, si como dice la SEP, “los apoyos de alimentación y horario ampliado se entregarán de manera directa a las madres, padres de familia, alumnas y alumnos de centros de educación básica para evitar la participación de intermediarios y/o prácticas irregulares”, ¿en dónde queda el pensar lo que se hará en ese tiempo extendido, para convertirlo en oportunidad de mejora educativa estatal? ¿Y la educación?
Siendo el PETC un programa originalmente orientado a la disminución de brechas educativas, provocadas por factores socioeconómicos, ¿qué pasará con esas brechas? Si sólo defendemos el programa, por la disposición de recursos económicos para paliar la pobreza de la gente, estamos orientados más a otras preocupaciones, que a las propias de índole educativo. ¿Por qué ir a la escuela? ¿Por qué mandar a los hijos a la escuela? ¿En qué se ha convertido la escuela?