Es muy difícil hablar de los múltiples temas que atañen a la vida de las mujeres, sin caer en apuntes autobiográficos. Sin embargo, las experiencias vividas, incluidos logros y desencuentros, constituyen un buen sustento de las opiniones de una servidora que se considera perteneciente a un colectivo identificado por su género y sus circunstancias.
Creo pertenecer a una generación privilegiada. Toda mi educación básica la cursé en un colegio mixto y, a diferencia de la mayoría de mujeres de las generaciones anteriores a la mía, estudié una carrera universitaria. Ya graduada formé una familia e iniciamos nuestra carrera magisterial en la universidad al tiempo que nos fuimos a El Colegio de México y a la UNAM a estudiar la maestría.
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Cuando nació nuestra primera hija, nos repartíamos su cuidado y conforme iba creciendo la familia mi mamá, una abuela consentidora y amorosa, se convirtió en la persona que le prodigaba sus cuidados al más pequeño de los niños. ¡Tuvimos 5! Cinco maravillosos hijos: dos niñas y tres niños.
¿Cómo le hacíamos las mujeres de mi generación? Pues así: encargando a los hijos a las abuelas, guisando los fines de semana y congelando la comida para irla sacando a lo largo de los días para que nos diera tiempo de cumplir con nuestro trabajo y con nuestros estudios, revisando las tareas que les dejaban a los niños(as), estudiando con ellos(as) y ayudándolos(as) en todo lo que podíamos.
¿A qué hora podíamos estudiar lo nuestro? Pues en la noche o en la madrugada. A robarle horas al sueño.
Hoy que se discuten las políticas públicas relativas a los derechos de las mujeres pienso que la situación no ha cambiado gran cosa. Las mujeres siguen desempeñando todas estas labores, además de los cuidados que también les dispensan a sus padres, a esos abuelos que en su momento les dieron la mano y que ahora necesitan de esa atención tan merecida.
Es un hecho que el desarrollo e independencia de las mujeres está en estrecha relación con la instauración de un Sistema Nacional de Cuidados, tanto para hacer uso de ellos como para prodigarlos. Una mujer necesita tener un lugar donde pueda dejar con toda tranquilidad a sus hijos y padres mientras ella trabaja. Esto lo puede lograr acudiendo a las guarderías o a cuidadoras personales. A su vez, un real e integral Sistema Nacional de Cuidados le permite proveer esas atenciones y ser tanto capacitada para ello como remunerada por ello. Este sistema redundaría en un círculo virtuoso incluso para el cuidado de los adultos mayores. ¿Cuánto tiempo dedica una mujer a estos cuidados sin que se le reconozca como trabajo y sin que tenga la opción de recibir la capacitación necesaria para desempeñar esta labor tradicionalmente asignada a ella?
No cabe duda de que es ésta una forma de ejercer la violencia en contra de las mujeres que a muchos les parecería que no lo es. Como a las mujeres “les toca” cuidar a los niños(as) y a los viejitos (as), pues no tienen tiempo ni de estudiar ni de trabajar. Y si lo hacen, pues lo harán en las condiciones más desfavorables.
Ojalá fuera broma esta frase de “las labores propias de mi sexo”, cuando en realidad y a pesar de los programas gubernamentales en pro de las mujeres, éstas siguen padeciendo el llevar a cuestas una triple jornada: la familiar, la escolar y la laboral.
Cualquier persona que socialmente es percibida como desigual, estará siempre sujeta al abuso y a la discriminación. No es suficiente con decir que todos somos iguales, hay que tratar a las personas como tales en la escuela, en el trabajo y sobre todo en la familia, que es donde recibimos la primera educación.
¿No les parece a ustedes de la mayor importancia exigir a las autoridades que se instauren las políticas públicas necesarias para garantizar a las mujeres las mejores condiciones de desarrollo personal absolutamente pleno?