Badiou, San Pablo y Carpentier haciendo topología (I)
Carpentier escribe en Tientos y diferencias que “América es el único continente donde coexisten edades diferentes, donde un hombre del siglo XX puede estrechar la mano a un hombre del cuaternario, que nada sabe de los periódicos y de las comunicaciones y lleva una vida medieval, o aun, de un hombre cuyas condiciones de vida están más cerca del romanticismo de 1850 que de nuestra época.” Semejante apreciación sólo era posible para una mirada que hiciera un viaje inverso al de Colón: de América a Europa y de vuelta. Pero en este caso América y Europa se descubrían de nuevo.
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En el siglo XVI, el imperio español había “olvidado” ya que la península había sido descubierta antes por el islam y que ambos, cristianos y musulmanes, adoraban dioses extranjeros, extraños dioses de oriente. El europeo en general trabajó históricamente para convencerse, antes que a sus conquistados, de que él no vivía en y de varias épocas, que se había hecho una casa del pillaje económico e intelectual del mundo recientemente, muy recientemente conquistado. Como todos los grandes imperios convenció y se convenció de que hacia dentro existía una única guerra de carácter temporal y que confrontaría dos y solo dos eras: el antiguo y el nuevo régimen, los antiguos y los modernos. En este modelo del tiempo se gestarían tanto la ideología del progreso, como el conservadurismo. Aunque siempre fue fácil identificar en Europa la cohabitación del más craso tribalismo provinciano y los flamantes y cosmopolitas ideales ilustrados, incluso su constante contaminación, especialmente cuando se saltaba rápidamente del localismo a la medida del universal.
La hermosa apreciación de Carpentier es todo menos un localismo. Solamente perteneció a América ese momento histórico en el que la secuencia temporal mostraba sus encabalgamientos, sus avances y retrocesos y sus meandros históricos. Fue un momento privilegiado, donde el fervor independentista y revolucionario permitió ver y verse frente a una Europa gloriosa e infame a la vez. La ilustración, la revolución, la ciencia, la democracia, etc. habían sido inseparables del capitalismo, el patriarcado, la conquista, el colonialismo, la barbarie, la superstición, la bestia estatal. La tarea no consistía en oponerlos, tarea que consumió a liberales y conservadores, quienes rápidamente se imitaban entre sí, sino en saber discernir lo que había de justo, por encima de lo nuevo o lo viejo. La Europa revolucionara no era la modernidad contra la oscuridad del pasado, sino el ajuste de cuentas entre dos tendencias que, por cierto, ni siquiera ellos habían inventado. El oscurecimiento de la estrella de Al-Andaluz ante oscuras fuerzas religiosas debía haber servido de lección. Quienes hoy defienden a Europa como la cuna del pensamiento libertario cometen dos errores: primero, que la historia de la revuelta, la liberación y el universalismo está regada en episodios por todo el planeta; segundo, que las aportaciones europeas a esta historia son humildes frente a las invenciones estatales, capitalistas y guerreras. A la postre, Europa aportó los mejores medios, refinados o violentos, para contrarrestar sus impulsos emancipatorios. Supieron hacerlos, exportarlos y convertirlos en usos y costumbres en todo el globo.
Cuando Europa comenzó a sentir náusea por ella misma en la conciencia vanguardista, miró a la otra orilla. El tribalismo en las artes, el “rescate” desesperado de la infancia perdida y “reencontrada” (ficticiamente) en los pueblos salvajes, podía atemperarse gracias a América, que parecía tener un pie en la magia y otro en la modernidad. Con todo, la novela de Carpentier, el Reino de este mundo, no presentaba una revolución imaginaria en Haití, sino una sangrienta revuelta entrelazada con el Vudú y la memoria de una historia africana. Tras los movimientos independentistas en el siglo XIX y las revoluciones logradas y fallidas del XX, el cielo de América estaba todavía rojo de cañones, la sangre hervía de ideales y los decididos pasos en la vida independiente permitían toda clase de osadías. Había que hacerse un Estado a partir de retazos, guiados siempre, como todavía es el caso, con una necesaria ambivalencia respecto a Europa. Retazos de cuerpos, de historias, de lenguas, de vencedores y vencidos. Aquí viven hombres y mujeres del cuaternario y del siglo XX. Todo era demasiado reciente como para olvidarlo.
La vanguardia europea alojó a revolucionarios de toda clase, pero muchos de ellos, sobre todo los más pícaros y soñadores, sospecharon del materialismo marxista y apostaron por la revolución artística. Soñar. Soñar del mundo de nuevo desde el fuego de alucinaciones infantiles. Y, maravilla de las maravillas, ahí estaba América: revolucionaria y encantada a la vez. ¡Fusiles y peyote!
Cuenta la historia que dos surrealistas, Breton y Caillois, tuvieron una fuerte disputa a propósito de unos frijoles saltarines que encontraron en México. En los mercados de ese país “mágico” podían encontrarse sobre un trozo de tela, un puñado de frijoles moviéndose frenéticamente, como si estuvieran poseídos. Los turistas, maravillados, tuvieron una ácida discusión sobre si debían abrir o no las semillas. Ambos sabían muy bien que los frijoles se agitaban gracias al movimiento de un insecto que había tomado la semilla como hogar transitorio. No era preciso abrirlos. Se trataba de un gesto. Breton creía en el arte, en la poesía pura, en los sueños ligeros que flotaban sin el peso de la materia. Así que se negó a hacerlo. Después de todo ¿para qué arruinar la magia? Caillois, en cambio, militaba en una fe poético-científica, de modo que cogió un frijol, lo detuvo entre sus dedos, y lo atravesó con una navaja. A partir de ahí sus caminos se abrieron. “Poesía” contra “poeciencia”, el maravilloso mundo del lenguaje contra la filosofía de la naturaleza.
Carpentier también tuvo sus quereres con el surrealismo y con papá Bretón. A fin de cuentas, él mismo era quizá tan francés como cubano, un centauro alado. En Tientos y diferencias, texto que recoge el primer prólogo a El reino de este mundo, Carpentier dirige saetas a los surrealistas y quizá sobre todo al surrealista que le bombeaba tanta sangre a la cabeza: “Pero, a fuerza de querer suscitar lo maravillosos a todo trance, los taumaturgos se hacen burócratas.” Sí, burócratas del inconsciente, funcionarios de los sueños, administradores de la locura, como terminan siéndolo innumerables psicoanalistas. Parecería que hoy estamos lejos de estos tiempos salvajes. Pero no. Todavía abunda el turismo revolucionario que cambió a Diego y Frida por Marcos y el realismo mágico por el “brutalismo mágico”, donde narcotráfico y santa muerte aportan todavía un platillo delicatessen a los paladares occidentales.
Y nosotros, dígase no los “americanos”, mero regionalismo carente de interés, hemos sido tocados, arrasados o incluso solamente acariciados por las corrientes de viento que han surcado el continente, ¿qué hacemos con las aguas saturadas de sales surreales? Me explico: todos aquellos autores a quienes hemos dado asilo intelectual de su ruinosa Europa por reconocerles cualidades emancipatorias: españoles, alemanes, rumanos, húngaros, italianos y, quizá, sobre todo, franceses, ¿cuánto de su sangre no transporta el oxígeno de los sueños de Bretón? ¿Cuánto hay en el psicoanálisis, en la deconstrucción, los rizomas o las genealogías que consumimos este deseo de no querer abrir el frijol? ¿Nos resistimos a entrar en la naturaleza y la ciencia, por miedo a que nos sorprenda un aburrido gusano? ¡Pero cómo! ¿Los pensadores de la diferencia resistiéndose a algo?