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OPINIÓN

Educación lenta

Ojalá el sistema educativo propusiera una educación lenta como nuevo estilo de vida más humano

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Febrero 21, 2022

“La educación lenta es un movimiento pedagógico surgido en 2002 que propone desacelerar los ritmos educativos para adaptarlos a los ritmos de aprendizaje del alumnado. La educación lenta tiene en cuenta los resultados, pero también el proceso y se enmarca dentro de una forma de entender la vida. En este sentido, los ritmos de aprendizaje pueden tener vinculación con los siguientes factores: edad, madurez psicológica, motivación, preparación previa, dominio cognitivo de estrategias, uso de inteligencias múltiples, etc.
Educación lenta. Un cambio en los ritmos de aprendizaje.”
En. Educaweb.

Vivimos en un mundo marcado por la prisa. El tiempo se acelera cada vez más y solemos afirmar cotidianamente que ya no nos alcanza el tiempo para nada o que este día, mes o año se ha ido muy rápido, casi sin darnos cuenta.

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Y así, casi sin darnos cuenta se nos va la vida, como un suspiro, como un instante, como un torrente de agua que cae de una gran altura, se van nuestros días, nuestros años, nuestras etapas de niñez y juventud, nuestra vida adulta, en un camino cada vez más vertiginoso hacia la muerte.

El desarrollo de las tecnologías de información y comunicación, la mecanización y ahora la robotización de los procesos productivos, el enorme potencial de procesamiento de información en unos cuantos segundos o minutos, han contribuido a que esta aceleración se incremente de forma exponencial, de manera que el sistema productivo nos exige cada vez mayor velocidad de reacción y en muchos de los lugares de trabajo se pide de manera tácita o explícita estar “conectados” las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, como si la institución o empresa fuera a colapsar si alguien de sus empleados o directivos hace una pausa.

Esta aceleración del tiempo en el sistema económico, social, político y cultural en que vivimos ha ido produciendo que todos los campos de la vida humana se tengan que adaptar y por ello cada vez tenemos que trabajar más rápido, convivir más rápido, comer más rápido, dormir menos para despertar más temprano y tratar de exprimir un poco más las horas del día.

Todo ello lo hacemos muchas veces como si viviéramos en “piloto automático” y sin saber bien a bien para qué corremos tanto o cuál es el valor agregado que tiene pasar la vida cotidiana de prisa, cada vez más de prisa. En algún artículo hace ya varias décadas -por eso no recuerdo ni encuentro la referencia precisa- citaba a un poeta que decía: “para llegar a tiempo a ningún lado, aprieto el paso”, dicho que en la sabiduría popular laboral se traduce en: quienes dicen que no importa si no haces nada en tu horario de trabajo, lo importante es que lo hagas rápidamente.

En el ámbito de la comida, por ejemplo, se fue generando desde hace décadas la llamada “fast food” o comida rápida, que sacrifica el sabor y el disfrute sensorial y aún estético de la alimentación humana en aras de la velocidad de preparación para poder consumir productos que no “nos quiten el tiempo” que debemos dedicar a seguir trabajando. Este tipo de comida está pensada incluso para consumirse en el mismo lugar de trabajo, sentado frente al escritorio y la computadora mientras se sigue avanzando en los pendientes urgentes que no siempre -casi nunca- son los realmente importantes.

En la educación contemporánea no hemos estado exentos de este fenómeno de aceleración del tiempo y los planes y programas de estudio tienen dos grandes problemas que han señalado reiteradamente los expertos en el tema curricular: la cantidad de contenidos que se pretende hacer caber en un ciclo escolar o académico y la rapidez con la que este exceso de temas y conceptos tiene que ser abordada para poder “cubrir” todo el programa.

Vivimos también entonces en un proceso de “fast learning” o aprendizaje acelerado que tiene a los profesores bajo la presión de una planeación de avances programáticos que es prácticamente imposible de seguir, si se busca que el estudiante realmente entienda, aprehenda y sepa aplicar lo que se le enseña.

Frente al fenómeno de la “fast food” o comida rápida se inició en 1980, por Carlo Petrini y un grupo de activistas el movimiento llamado slow food o comida lenta, que según la fuente de donde obtengo esta información, tuvo como objetivo la defensa de las tradiciones regionales, de una buena alimentación, del disfrute del placer gastronómico y en general de la promoción de un ritmo de vida lento que permitiera vivir de una manera más feliz.

Como mencioné la semana pasada en mi colaboración, tuve la oportunidad de escuchar un valioso espacio dentro del programa Diálogos por la esperanza que dirige y conduce el P. Eduardo Corral Merino, en el que intervinieron dos grandes personalidades de la educación nacional. De esta charla tomé la semana anterior la mención de la Comisión para los futuros de la educación constituida por la UNESCO, de la que hablé en el artículo que puede consultarse en:  https://www.e-consulta.com/opinion/2022-02-14/los-futuros-de-la-educacion.

Hoy quiero referirme brevemente a la defensa que hizo el Mtro. Héctor Jimenez, quien fue secretario de Educación de Baja California y ahora es profesor de tercer grado en una escuela rural, de la ralentización de la educación como una estrategia fundamental para enfrentar los retos de la calidad y la equidad educativa en estos tiempos críticos por las pérdidas de aprendizaje producidas por el cierre de las escuelas durante la fase crítica inicial de la pandemia.

Se trata de un movimiento pedagógico equivalente al de “slow food” en el ámbito educativo, que propone un aprendizaje lento que se centre más en los ritmos de aprendizaje real de los educandos y no tanto en los ritmos acelerados que ha tenido que imprimir la escuela a sus planes, programas y actividades por la presión de este mundo acelerado en el que nos ha tocado vivir.

Como dice Joan Domènech, quien escribió el libro Elogio de la educación lenta -información tomada de la misma liga del epígrafe de hoy. Se trata de una “propuesta para adecuar el tiempo escolar y el tiempo educativo no escolar a estos principios de calidad, de educación para la comprensión, etc. Se opone a una concepción cuantitativa y mercantilista de la educación en la que mucho y rápido son sinónimos de mejor, cuando lo que nos ofrece es superficialidad y aprendizajes efímeros”.

Como puede verse en esta definición, se trata de combatir el concepto que Philip Meirieu llama Escuela eficaz, que tiene como premisas principales que mayor cantidad y mayor velocidad dan como resultado una mejor educación porque se entiende la educación como un proceso de mera capacitación técnica para el empleo, de una formación de cuadros de remplazo para el mercado laboral que, por supuesto responde al paradigma de la velocidad que permea, como hemos dicho, toda la vida moderna.

Como dice Domènech, se busca una educación para la comprensión, que es un proceso que implica tiempo porque el acto de entender, según plantea Lonergan, requiere de un proceso de experiencia empírica que reúna suficientes datos, haga buenas preguntas, genere imágenes adecuadas y logre que cada estudiante en su propio momento viva la experiencia del insight o acto de intelección para después concebir y formular ideas inteligentes, que sean resultado de este proceso genuino y profundo de aprendizaje.

Un elemento fundamental de la educación lenta o ralentización del aprendizaje es, como dice la misma página de donde tomo las citas de hoy “perder el miedo a los resultados de los informes y valorar nuevos aspectos que también son indicadores de la calidad educativa, como el desarrollo personal del alumnado…” Se trata pues de reconstruir nuestra noción de calidad educativa para adecuarla al concepto de Meirieu de Escuela solidaria, opuesto al de la escuela eficaz que responde a los dos grandes problemas de cantidad y velocidad dominantes hoy, pero contraproducentes en términos de una educación verdaderamente integral y significativa.

Ojalá que en estas semanas de “consultas” sobre el nuevo modelo, planes y programas educativos a las que ha convocado la autoridad educativa nacional, se pueda plantear esta ralentización y promover como nuevo fundamento de la excelencia educativa -el término más neoliberal que nuestros legisladores decidieron usar en lugar del de calidad que consideran neoliberal-, la educación lenta que forma para un nuevo estilo de vida más humano y fraterno.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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