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Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Los sonidos que puedo ver

Al abrir la ventana de mi cuarto, de cierta forma dejé al mundo entrar nuevamente a mi vida

Ignacio Esquivel Valdez

Ingeniero en computación UNAM. Aficionado a la naturaleza, el campo, la observación del cielo nocturno y la música. Escribe relatos cortos de ciencia ficción, insólitos, infantiles y tradicionalistas

Sábado, Enero 22, 2022

Ocurrió una tarde de octubre. Primero no lo podía creer. ¿Cómo me podía haber pasado eso a mí? Luego quise venganza contra el responsable; era inconcebible que a ese tipejo no le hubiera pasado nada. Después le pedí al cielo que, si la situación era irremediable, se me compensara de alguna manera, ¿cuál? La que fuera. Luego, de tanto llorar de rabia, súbitamente las lágrimas cesaron al pensar: “¿quién soy yo para pedir nada?  Oh Dios, no merezco nada”, y me sumergí en el letargo de la oscura atmósfera que me rodeaba estando dentro de mi cuarto, del cual no quería salir.

Finalmente, una tarde cualquiera, cuando mi madre me llevaba la comida, me di por vencida. Con algo de pesadumbre, pero resignada, le pedí que abriera la ventana y de cierta forma dejar al mundo comenzara a entrar nuevamente a mi vida.

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Fue entonces cuando sucedió. Al inicio, de la calle provenían toda clase de ruidos, mezclados y confusos, lo que escuchamos de forma rutinaria como un rumor no específico. Luego de unos días, de manera inexplicable, cada sonido se fue clarificando y tomando un lugar por separado. Pude definir los pasos de la gente que pasaba por la acera, el motor de un auto al arrancar o los frenos de un camión al llegar a la parada, los ladridos de un perro al intentar ahuyentar un posible intruso o el maullar de un gato al pedir comida. Me sorprendió tanto que se pudiera escuchar así, como el que nunca hubiera sido capaz de notarlo antes.

Con el pasar del tiempo, cada sonido me podía ubicar el día de la semana, la hora o la época del año. A las siete se escuchaban los pájaros de la vecina Julia que parecían contestar a los que libres cantaban en los árboles. El estregar de la escoba en la banqueta de Doña Lulú al barrer, como ella acostumbraba desde niña. Las mañanas de los lunes eran del afilador con su inconfundible chiflo. Miércoles y sábados temprano el ambiente se inundaba con el pregonar de los “tamales oaxaqueños, hay tamales oaxaqueños…”. Cada quince días la grabación de esa voz infantil pidiendo que se le vendieran “colchones, tambores, refrigeradores…”.  El inconfundible silbido del carrito de camotes los fines de mes por la tarde una vez que había recorrido otras colonias y las notas del entrañable organillo, cuyo orgulloso ejecutante acciona la manivela los domingos al medio día.

Cuando se oyeron Las Mañanitas en una marimba supe que era 23 de abril, cumpleaños de Doña Georgina, nacida en Chiapas. Con ello me di cuenta que podía asociar los sonidos a imágenes e información escondida en mi memoria y que nunca me importó. Los pasitos apresurados de un par de tacones eran de la señora Roxana, quien al haberse divorciado tuvo que trabajar de nuevo. El motor de una vieja lavadora que se rehusaba a ser sustituida por haber sido un regalo de Día de Madres para la señora Toña. Las canciones de El Fonógrafo que doña Amanda no dejaba de sintonizar desde hacía más de treinta años y la hacía aferrarse a un pasado feliz con su esposo e hijos. Qué decir del chiquillerío que a diario salía de la escuela al asalto del carro de los chicharrones de harina con salsa y en donde pude identificar la voz del hijo de Mary.

Ese era mi mundo, el que siempre tuve a mi alrededor y nunca me di cuenta que ahí estaba por traer la mente enfocada en perseguir mis aspiraciones y gustos sin mirar a los lados, solo hacia el frente.

Ahora que me doy cuenta de todo esto, producto de esta nueva capacidad de ver con los oídos, he comprendido que finalmente el cielo me concedió la compensación que pedí. Lo que me da las razones y el valor para cambiar mi ropa, peinar mi pelo y tomar el tiento para salir nuevamente a vivir la vida como la invidente que soy desde esa tarde de octubre.

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