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OPINIÓN

Neoliberalismo y fascismo en el mundo contemporáneo

Hoy la pugna mundial gira en torno al neoliberalismo frente a conductas fascistas de dominación

Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

Miércoles, Diciembre 8, 2021

Nunca fuimos modernos: la modernidad es un proyecto inacabado. El libre mercado no ha tenido lugar. El comunismo no pudo instaurarse. Así podemos seguir la lista. Nunca nada tuvo lugar realmente según su definición. Y es que ni siquiera las definiciones fueron alguna explícitas, no se diga unitarias. Los capitalistas dicen que el capitalismo nunca ha tenido oportunidad de realizarse de manera pura, es decir, como relación libre de individuos fuera de toda coacción de poder, especialmente la estatal. Los comunistas protestan por la rápida traición de sus principios en la Revolución Rusa, para quienes la promesa de desaparición del Estado quedó siempre postergada y finalmente imposibilitada con la creación de un hiperestado al mando del partido comunista. Los defensores del Estado, por su parte, argumentan que éste se encuentra tan debilitado, que no puede hacer frente a las potencias del mercado y que la historia de constitución se enturbió durante el fascismo. Pero la historia es siempre así: no hay principio que la sature. Ni la lucha de clases ni el patriarcado ni el colonialismo ni la metafísica. No hay principio trascendental ni siquiera “épocas” claras y distintas que hayan gobernado la historia.

Hoy la pugna mundial gira en torno al neoliberalismo. Algunos dicen que nunca tuvo lugar porque el mercado nunca fue “libre” ni el Estado desapareció (aspiración ésta compartida con el comunismo). Otros señalan que por “neoliberalismo” debe entenderse una doctrina o incluso una ideología heterogénea y pragmática, que hizo uso de ciertos conceptos de autores como Hayek o la Escuela Austriaca de Economía para avanzar intereses de clase o de grupo. Algunos acuden a explicaciones meramente económicas como la necesidad de hacer frente a la “stagflation” (inflación y estancamiento económico) de los años ochenta que, según la doctrina keynesiana no debía ocurrir. Es entonces explicable que, para algunos, el neoliberalismo no sea más que una construcción ideológica que encubre relaciones de dominación, mientras que otros vean en él el principio de ordenación efectivo de la economía mundial. Finalmente, otros verán aún la promesa siempre incumplida de un mercado verdaderamente libre.

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¿Es entonces el liberalismo (lo mismo que el capitalismo o el comunismo) un mero “significante vacío”, es decir, una palabra que se llena de contenido según la coyuntura, pero que no poseería nada intrínseco? ¿Es, pues, un “portmanteau”, maleta donde se mete todo lo que quepa? Diremos que el neoliberalismo es todo eso. No es meramente un sistema económico ni meramente una ideología ni meramente una teoría económica, sino el espacio que convoca la participación de todo ello. Se trata de las acciones, las ideas, las discusiones y el conflicto suscitados por relaciones entre el Estado, la sociedad y el mercado bajo el imperativo dominante (pero no exclusivo) de crecimiento económico como signo de éxito e instancia de reconocimiento internacional, así como instrumento efectivo de poder. Se trata no de algo que pueda apresarse con una definición, como algo claramente señalable, sino, repito, como un espacio de disputa que, precisamente por ello, no puede ser definido desde una única óptica.

Entender el “neoliberalismo” significa clarificarnos el espacio contencioso en el que se inscribe y lo que está en juego. Como en un tablero de cualquier juego, es preciso comprender las reglas que generan los actores y sus relaciones. Pero, como en un metatablero es preciso reconocer tanto la disputa por las reglas formales del juego, como las reglas informales e incluso las violaciones sistemáticas de las reglas aceptadas. El “orden mundial” no está constituido por un conjunto de leyes o reglas estrictas. Si fuera así, no habría guerra ni corrupción ni ilegalidad. Todo sería puesto desde arriba, desde el Estado. Todo sería ley. Se cumpliría la pesadilla foucaultiana donde cada rincón de la vida estaría normado. Pero hay tanta ley como corrupción, tanto poder como violencia. En un mundo de control absoluto, ¿no debería ser la corrupción inexistente?.

Pero todo orden político se caracteriza por formarse a partir de varios subórdenes. “Subsistemas” dirían algunos, mientras que otros hablarían de sistemas “regulativos”. Como sea, no hay “sistema” que se pare sobre sus propios pies. Es decir, o consta de otros subsistemas, o bien, se apoya en otras instituciones, prácticas, creencias, etc. Ni siquiera le bastan sus propias leyes. La legalidad tiene una temporalidad que no siempre empata con un capitalismo veloz y cambiante. Esta lentitud de la ley hace que, pese a todo, cualquiera pueda eventualmente refugiarse en ella o al menos invocarla. Los detractores de izquierda de los derechos humanos operan en este sentido con una torpeza inusitada. Ignoran que innumerables organizaciones sociales, como aquellas dedicadas a buscar desaparecidos, a la protección de migrantes o a combatir la violencia de género, no pueden legítimamente existir en democracias liberales con una bandera comunista o anarquista. Los derechos humanos son la lengua en la que se puede hablar en contra de un régimen sin ser desautorizado no solamente por éste, sino por toda una sociedad. Además, son estos derechos los que han permitido el financiamiento de innumerables movimientos sociales en todo el planeta, especialmente por parte del primer mundo.

No hay “afuera” que garantice pureza, ni “adentro” que impida toda acción política justa. Ello porque adentro y afuera hay organización y poder que circulan. De ahí que incluso la “resistencia”, en tanto política, sea susceptible de reproducir la dominación a cualquier escala. El poder no se distribuye simétricamente, ni según fronteras simples del adentro y el afuera, razón por la cual una “resistencia” no tiene mayor legitimidad, a priori, que una “normalidad”. Liberalismo y neoliberalismo han invocado siempre la bandera de la libertad.

Sus enemigos son los “totalitarios” de izquierda como de derecha. Ellos se colocan en el “virtuoso” punto medio, salvando a la humanidad del peligro de los extremos que, a la postre se tocan. Pero hoy es clara la mezcla de motivos liberales y fascistas. No hay duda de que el fascismo tuvo lugar, pero si no reconocemos sus cambiantes signos será fácil confundirlo o que crezca de manera inadvertida por compartir rasgos aparentemente progresistas o críticos con el orden mundial.

En la conferencia 2021 Historial Materialism: “The Fascism Horizon: Theoretical and Political Perspectives”, Alberto Toscano expuso la importancia que la palabra “libertad” tuvo y tiene en el discurso fascista. Es decir, que este último no se puede oponer trivialmente ni a la izquierda ni al liberalismo. Hoy es evidente que el discurso del cambio social, la revolución y la resistencia operan también del lado fascista. Los seguidores de Trump en Estados Unidos, por ejemplo, o las derechas más fuertes de Brasil, Alemania, Austria o Francia se distinguen por un carácter rebelde. Son ecologistas, defienden la libertad individual, son críticos de la globalización, adoptan discursos de reivindicación de trabajadores y trabajadoras, etc.

Lo preocupante, es que la derecha actual ha llegado incluso a ser foucaultiana. Las protestas en Europa y en EU en contra de la vacunación y el uso de tapabocas obligatorios deben ser vistos como una rebeldía del individuo que quiere decidir sobre su propio cuerpo en contra del biopoder estatal. Véanse por ejemplo las opiniones de intelectuales europeos como Comte-Sponville en Francia, quien señalaba la crisis económica que se producía al cerrar establecimientos públicos. Contra él argumentaba lúcidamente Dupuy al señalar el inédito comportamiento de los Estados privilegiando la salud por sobre el rendimiento económico y cuidando a los improductivos ancianos al garantizar primero las vacunas para ellos. Con todo, no sorprende que Agamben, un foucaultiano declarado, haya acusado rápidamente las políticas de restricción como meros ejercicios de biopoder, lo que lo pone de acuerdo con todas las protestas de las derechas europeas.

Vemos aquí, no sin extrañeza, la mezcla de motivos “libertarios” nacidos del 68, especialmente la lectura de las políticas estatales como meros modos de dominación, con conductas fascistas. La ciencia, por ejemplo, es vista como un discurso más orientado a la represión y el control, que no tendría más autoridad que el individuo, capaz de vivir en el abismo de su propia e incontestable decisión. Tres elementos destacan aquí. Primero, la sospecha respecto a la ciencia. No solamente las vacunas, también el cambio climático es considerado mera opinión en el discurso de derecha, una postura que no tiene autoridad frente a la subjetividad creadora de sentido y de su mundo. Segundo, la lectura del Estado como nada más que un instrumento de dominación que ahí donde asegura los servicios de salud para quien enferma de coronavirus, es visto como mecanismo de control, sin que se diga nada sobre el control económico que sí ejerce. En cuanto se le dice al Estado que no tiene derecho a la injerencia, entonces se le reduce, paradójicamente, a un mero administrador que no tiene derecho a la participación política, pues política sólo puede hacerla el individuo desde la esfera inviolable de su “subjetividad”. Tercero: si el argumento fascista-libertario que propugnan los antivacunas y antitcubrebocas parece comunitario (en cuanto suscita la salida a las calles de miles de ciudadanos y ciudadanas) en realidad es de carácter absolutamente individual: yo tengo el derecho de hacer lo que me plazca, sobre todo cuando el Estado se inmiscuye en mi vida.

Sin embargo, lo que el Estado hace ahora, así sea en interés propio, le acerca más a su carácter ideal, a saber, lograr un acceso igualitario a los recursos y hacer efectivos derechos comunes. La vacunación y el uso de cubrebocas son aquí ejemplares porque nos muestran hasta qué punto las decisiones individuales rebasan la individualidad. El no vacunarse no atañe solamente al riesgo de infectarse, sino el de transmitir el virus. Eso vuelve a cada uno corresponsable respecto a los demás, de modo que sus actos no están dirigidos exclusivamente al Estado, sino al resto de la ciudadanía que sí se vacuna y usa cubrebocas. El fascista solamente afirma su libertad en contra de los demás, a quienes fácilmente puede desechar, sea con indiferencia, sea con violencia en nombre de una libertad superior.

Los nazis no alababan el orden y el progreso, sino la creatividad y la libertad espirituales, la capacidad de inventarse más allá del mercado y del Estado, aunque de manera concreta no fueran sino un Estado totalitario orientado a hacerse un lugar en la guerra económica capitalista mundial. Fueron también ellos quienes aspiraron a una posición más “originaria” que la ciencia, acercándose a una subjetividad que es fiel a su destino y que por tanto no da la espalda a su singularidad. Es por ello que los discursos “antioccidentales” o “críticos de la ciencia” y la “modernidad” deben estar atentos a no repetir motivos fascistas. Por ello debemos comprender el campo entero de lo que se juega en nuestra época, más allá de la rápida filiación o condena de los movimientos que vemos surgir hoy en todo el planeta.

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