Opinión
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Educación contrahegemónica para la convivencia

Jueves, Diciembre 2, 2021
Leer más sobre Manuel Antonio Silva de la Rosa
Su misión es salir de la mirada dominante para poder ver la realidad desde otra perspectiva
Educación contrahegemónica para la convivencia

Hablar de una educación para la convivencia no es hablar de un espacio aislado fuera de las circunstancias que vive una comunidad estudiantil fomentando una falsa ilusión de armonía o seguridad. Es más bien, un devenir creativo e incierto, sin una identidad sustancial fija e inmutable. Es devenir imperceptible y siempre desgarrado. La educación para la convivencia no está constituida solamente por la incrustación e inclusión de diferentes ideas, teorías, certezas o conceptos de un grupo, sino que habitan personas desde el encuentro y el vínculo en un mundo concreto, donde no solamente se dispone de un conocimiento inclusivo, sino que se exponen la propia existencia. Es desde esa exposición de experiencias que podemos resignificar el cómo queremos vivir.

Las experiencias no se trasplantan, sino que se reinventan, se resignifican y se deconstruyen a partir del encuentro con los demás, pero este encuentro de experiencias que conviven en un determinado tiempo es para la concientización que Freire proponía, como una conciencia que se constituye en la dialéctica de la objetivación del ser humano y de su acción con y en el mundo. Es decir, la conciencia nunca es mera reflexión neutra, sino una reflexión sobre y para la realidad material.

Por lo tanto, la educación siguiendo a Marina Garcés, es el sustrato de la convivencia, pero esta convivencia no es ausencia de conflicto, más bien es un espacio donde se viven tensiones, donde se elige, acoge y se reflexiona la problematicidad a partir de la vida en común. Esto quiere decir que la educación para la convivencia es un taller donde se van ensayando o deslumbrando las distintas formas de vidas posibles, donde se pone en juego cómo queremos vivir, cómo queremos relacionarnos con los demás y cómo habitar el mundo.

El aprendizaje se inscribe como una posibilidad, una de tantas, en un mundo compartido. Son los demás, las cosas y el entorno los que hacen que comprendamos de cierta manera la vida cotidiana. Pero, al mismo tiempo, este mismo aprendizaje hace que lo desbordemos, nos invita a lanzarnos y arriesgarnos para poder comprender el mundo desde otro punto de vista.

En este sentido, para poder generar un aprendizaje desde la convivencia se necesita el coraje para poder escuchar el corazón inquieto del otro o de la otra que demanda e interpela nuestra manera de acoger el mundo. Y esto, siempre nos lanza a aprender a mirar desde otra perspectiva. Esto quiere decir, que no existe un solo camino para comprender lo que nos acontece. Somos sujetos sensibles con capacidad de captar la realidad de múltiples formas y nuestra existencia depende de nuestra manera de estar en la vida, nos guste o no, seamos conscientes o no. La clave está, en que yo aprendo cuando salgo de mi misma manera de ver el mundo y exploro otra forma de acogerlo. Es así, que mi manera de aprender va a estar en manos de mi manera de mirar y pensar desde otro punto de vista.

Con base en esto, podemos decir que la misión de la educación contrahegemónica es salir de la mirada dominante para poder ver la realidad desde otra perspectiva. Ahí donde podemos concebir la educación como proyecto de transformación social que está en constante movimiento hacia las periferias y que se mueve hacia los márgenes de la historia humana, con la finalidad de ir al encuentro con los descartados y las descartadas por las estructuras y poderes dominantes.

Una educación para la convivencia contrahegemónica debe de tener claro que su finalidad está, no sólo para la inclusión de ideas, sino para generar conciencia de cómo es la sistemática reproducción de la mirada unívoca del mundo desde las perspectivas hegemónicas del Norte, con el propósito de generar grietas para incluir otras maneras de habitar el mundo.  Para poder llegar a posibilitar una educación contrahegemónica se necesita del encuentro de sujetos y sujetas conscientes de la sistemática producción de una sola mirada que está forjada por la visión panóptica, disciplinante, racista, sexista, clasista, homogenizante, machista, prescriptiva, normativa, domesticadora y produce, fortalece y cultiva un cuerpo dócil para el capitalismo.

Ante esta mirada totalizante, el papel de la educación para la convivencia es un posicionamiento que da lugar a relaciones sociales más justas, dignas e inclusivas. Desde esta educación que toma distancia de la mirada dominante, se ve con claridad la necesidad de forjar una educación con movimientos sociales, colectivos o comunidades, desde abajo, que devienen como apuesta que pudiera parecer, quizá, utópica, pero en definitiva es fundamental, precisamente porque ello, posibilita transgredir la dominación cultural e ideológica, y sobre todo, se reconoce la dignidad de todas las culturas y en virtud de ello, transitar hacia la redefinición o la reivindicación de la educación, a partir de esto repensar y articular mecanismos, también contrahegemónicos para atender la formación humana sin que esta solución se constriña a respuestas de orden tecnocrático y excluyentes.

 

El autor es académico de la Universidad Iberoamericana Puebla.

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