Figuras imposibles de la filosofía

Viernes, Octubre 22, 2021 - 12:23

No se trata de imponerse tareas imposibles como anzuelo que nos saquen de la cama

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

n “El ser, un MacGuffin”, Hans Blumenberg nos muestra qué operación hacía posible la “pregunta fundamental” de Heidegger por el ser. Nos dice que detrás no había absolutamente nada, pero que no por ello era vanidosa. “MacGuffin” es un término inventado por Alfred Hitchcok y mienta un objeto misterioso y desconocido en torno del cual gira toda la trama de una película, pero que en el fondo no es nada. Lo sorprendente es que ese MacGuffin, sin ser nada determinado, pueda soportar toda una trama. Lacan tiene su nombre para ello: objeto a “aquello que causa nuestro deseo, lo que nos seduce y perseguimos sin saber nada sobre él.” Blumenberg cuenta que para Hitchcok el MacGuffin es imposible lógicamente, pero que en cambio funciona muy bien como efecto óptico. Es algo que moviliza la cámara, que orienta una mirada deseante, inquieta, incluso agitada. Recordemos que Walter Benjamin decía cómo la foto y el cine habían permitido descubrir el inconsciente óptico. Yo diría que al mismo tiempo lo inventan, le dan a lo visto una nueva densidad. Ello no tiene nada que ver con el montaje o el trabajo de edición, sino estrictamente con el modo de mirar. La cámara coge nuestra mirada y la mueve violentamente. De la misma manera, la “pregunta por el ser” nos hizo movilizar la interrogación a todos lados. Heidegger no pretendió probablemente otra cosa, en cuanto se esforzó por alejar su pregunta de todo ente y de toda determinación.

En su Seminario sobre la carta robada, Lacan explica de manera muy similar el cuento de Alan Poe del que el seminario toma su nombre. La historia, dicho muy gruesamente, cuenta el enredo de varios personajes a partir de una carta con un contenido que nunca se revela. La carta es robada, pasa de mano en mano y es finalmente recuperada por un detective. Pero la posible importancia de la carta es tan grande, que termina por ganar una importancia real de la cual dependería el reino político donde se desarrolla la historia. Pero la carta permanece siempre desconocida o, mejor, vacía. Blumenberg nos dice que así opera el “ser” para Heidegger, como un objeto a, una carta robada que no tiene nada escrito en particular, un montaje óptico (es decir, fenomenológico) que esconde una imposibilidad lógica.

Pero lo enigmático de la referencia de Blumenberg es la imposibilidad lógica que reviste el MacGuffin. Hitchock nos dice que éste se vuelve más enigmático cuando se le describe, pues suele implicar formulaciones absurdas. Heidegger no es avaro en expresiones estrambóticas. Sin embargo, si hay algo criticable en Heidegger no es el uso del MacGuffin como un señuelo del pensamiento, sino en haber ido muy poco lejos en el enredo lógico. Dicho de otro modo, su deseo de mantener la pureza de la pregunta: lejos de su captura en conceptos, determinaciones, referencias históricas, confrontaciones sistemáticas, etc., no alcanza a llegar demasiado lejos en la imposibilidad lógica. Dicho rápidamente: al querer ir más allá de la lógica perdió el elemento mismo que hace funcionar el exquisito delirio filosófico.

El objeto a no es solamente aquella carta vacía que pone en movimiento a un grupo de personas según su sitio en una red de relaciones sociales. Él es, de manera positiva, el broche que cierra la construcción de una figura verdaderamente imposible. Retrocedamos un poco hasta los idealistas alemanes. El objeto de deseo de su interrogación filosófica nos parece a veces ridículo, a veces exagerado, pero siempre absurdo: lo absoluto. Es demasiado fácil poner en cuestión tales pretensiones: la humildad, el sano sentido común, la evidente finitud, etc. Pero lo absoluto, ese objeto de deseo de la filosofía clásica, si bien es una construcción imposible puede, sin embargo, ser planteada.

Eso que planteamos a propósito del absoluto, tiene la forma de un problema, no de una pregunta. O, más precisamente, es como un modelo cuya construcción es menos que segura. Novalis decía que la ciencia filosófica no comenzaba con una antinomia, un binomio o una contradicción, sino por un infinitinomio (Fragmentos 39, IV). Pues bien, el infinitinomio es como una figura de origami que se pliega en varias dimensiones. Se puede decir, por ejemplo, lo siguiente: toma un cuadrado, ahora une todos sus lados; primero uno de los pares de lados opuestos primero y luego el otro. Después contrae la figura más y más hasta que colapse en un punto. En algún universo habrá alguna condición para lograrlo. Pero en el universo mínimo (con el menor número de supuestos o restricciones) donde puede haber un cuadrado, donde los lados se pueden pegar y donde la distancia no importa, como para poder contraer continuamente una figura, es decir, en la topología, obtenemos un “toro” (la figura de una dona) que, por su agujero, no puede ser contraída hasta un punto.

El absoluto es una construcción de este tipo. Para concebir el absoluto debes lograr, por ejemplo, pensar al mismo tiempo lo natural y lo espiritual como siendo diferentes y uno a la vez, en relación simétrica y asimétrica también al mismo tiempo. Es como plegar en la mente una figura que termina siendo imposible de realizar, pero donde puede indicarse la dirección de una construcción. De hecho, se pueden realizar varias construcciones que aproximan la figura, pero con alguna falla. Pero al tratar de realizar el pliegue es el pensamiento el que se contorsiona. Durante el pliegue, el pensamiento que intenta hacer coincidir los lados correctos de una figura absoluta se enreda, pero suele ensayar espacios más amplios, más complejos y menos intuitivos donde aquella figura podría desplegarse íntegramente. Ahora, no es vano intentarlo porque se termina conociendo el espacio donde se buscaba producir esa figura.

Si seguimos neciamente plegando y desplegando, incluso a veces replegando las ideas, es porque debe haber algo fundamental en juego. Aquí se debe realizar una apuesta parecida a la de Pascal, aunque de forma invertida: puedo apostar a que eso no existe, a que detenerse a considerar lo absoluto es una pérdida de tiempo, algo que no sirve para nada. Y entonces todo se queda igual. Me voy a casa a cultivar el huerto de mi pasiva existencia. Pero puedo apostar a favor de la quimera, cuya imposibilidad no está dicha. Sobre todo, porque, con cierta confianza “bayesiana”, la experiencia pareciera aumentar la plausibilidad. Descartes decía que, puesto que los sentidos me han engañado una vez, no debo confiar nunca en ellos. Pero aquí se procedería de manera inversa. Puesto que muchas veces he creído que ciertas cosas eran imposibles, pero resultó lo contrario… O bien, puesto que muchas veces he logrado probar cosas que contradicen al sano sentido común… O bien, puesto que he encontrado que cosas inimaginables eran realmente efectivas… ¿Por qué no apostarlo todo?

Pero debemos comprender algo. La construcción efectiva de esa figura no le quita un gramo de efectividad a esa vaga intuición que tenemos cuando la planteamos. No solamente se trata de imponerse tareas imposibles para encontrar un anzuelo que nos saque cada día de la cama. Es que el mero planteamiento de esa quimera le da una vida peculiar. Y es que para que funcione debe ser oscuro para nosotros el por qué de su imposibilidad.

Lo más interesante del asunto es que, como ya dijimos, los nudos que se hace la cabeza al intentar plegar en su espacio la figura del absoluto (que, claro está, debe incluir al espacio mental mismo, si no, no sería absoluto), debe forzarse a construir otro espacio. Sea un espacio más amplio y complejo donde esa figura “quepa”, incluyendo el extraño doblez donde las cosas se incluyen a sí mismas, dando lugar a un enredo de autorreferencia. Aquí podemos hacer dos cosas: huir de la lógica y lanzarnos al misterio de la noche, o bien, lanzarnos al lodo de las paradojas. En el primer caso damos serenidad a la mente, descansamos en el misterio. En el otro, sucumbimos en el maremágnum de la inquietud de nuestro intelecto.

Probablemente haya que apostar por una cosa u otra. O no. Se puede todavía apostar nuevamente por la disolución diciendo que ambos caminos están equivocados. O bien, se puede decir: hay otro absoluto que incluye lo paradójico y lo no-paradójico, el fondo oscuro y una lógica paradójica. Pero aquí, se puede ver, hemos vuelto al inicio: intentar construir una figura a partir de instrucciones que nos hacen estallar la cabeza, pero que nos obligan pensar sobre ese espacio en el cual hacemos jugar nuestras razones últimas.


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