La batalla naval de Lepanto (Parte I)

Viernes, Octubre 15, 2021 - 18:56

Potencias europeas y el Imperio Otomano protagonización la última batalla entre galeras

Originario de Puebla de los Ángeles, estudió Ciencia Política, música, historia y musicología en Núremberg, Leipzig, Essen y Heidelberg (Alemania). Es Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Heidelberg.

Hace 450 años, el 7 de octubre de 1571, tuvo lugar una de las batallas navales más importantes de la historia y la última gran batalla entre galeras. Este choque fue la consecuencia de la enorme tensión existente entre las potencias europeas y el Imperio Otomano, que se encontraba en constante expansión, llegando a convertirse en una seria amenaza para la cristiandad y para los intereses marítimos, comerciales y políticos de Europa, a pesar de la proverbial desunión entre los países occidentales. Un aspecto importantísimo de esta tensión era la actividad de los piratas berberiscos, aliados de los turcos y que operaban desde las costas de África del Norte. Después de la caída de Constantinopla en 1453 en manos de los turcos, los navegantes y piratas aliados o al servicio de ellos, se envalentonan y llegan incluso a derrotar al gran almirante genovés Andrea Doria. Lo grave es que no solamente mantenían en jaque al comercio en el Mediterráneo, sino que hacían redadas e incursiones en las costas de Grecia, Italia, España, Francia, Portugal, Inglaterra, los Países Bajos, Irlanda e incluso en Islandia, con el propósito generalmente de hacerse de esclavos cristianos para venderlos en los numerosos mercados de tierras islámicas.

El colmo llegó en 1570: la isla de Chipre cayó en manos de los turcos, por lo que la Serenísima República de Venecia, la Santa Sede, España, la República de Génova, el Ducado de Saboya, el Gran Ducado de Toscana, los Caballeros de San Lázaro, la Orden Militar de San Esteban y los Caballeros Malteses dejaron a un lado sus diferencias y rivalidades para establecer una alianza contra el enemigo común. Así, en mayo de 1571, dichas potencias conformaron la “Liga Santa” para movilizar a sus fuerzas navales y buscar un enfrentamiento directo con las fuerzas otomanas. A regañadientes, se aceptó que don Juan de Austria, hijo ilegítimo de Carlos V y, por tanto, medio hermano del rey Felipe II de España, fuese quien asumiera la comandancia de la flota aliada. Don Juan tendría a la sazón unos 26 años y carecía de experiencia en lides náuticas, pero tenía a su lado al experimentado capitán don Álvaro de Bazán, Grande de España, almirante, y célebre por haber utilizado, el primero en toda la historia, fuerzas de infantería de marina para realizar operaciones anfibias; este genial marino no conoció nunca la derrota.

El 1 de agosto de 1571, la ciudad de Famagusta, último reducto veneciano en Chipre, después de cuatro meses de asedio, cayó en poder de los turcos, quienes, en contra de lo pactado, torturaron y asesinaron de cruel manera al valeroso comandante de la guarnición, Marcantonio Bragadin. La “Liga Santa” había comenzado desde julio de ese año a reunir a una enorme flota para enfrentarse a la evidente amenaza turca, pues se temía que los otomanos tuviesen en mente la invasión de España. Los barcos cristianos se reunieron en el puerto de Messina, en Sicilia, en número de aproximadamente 280 embarcaciones, de las cuales los venecianos aportaron 105 galeras y 6 galeazas. La Serenísima aportaba así el mayor contingente de la flota cristiana. Los primeros en llegar a Messina habían sido los malteses, con tres galeras; estos Caballeros de Malta, célebres guerreros, habían arrojado a los turcos de su isla en 1556, y ahora eran comandados por el almirante papal Marcantonio Colonna.

La flota turca estaba compuesta por unas 270 embarcaciones, de las cuales 220 eran galeras. El sultán Selim II ordenó a su Gran Almirante Ali Pascha, que llevase la flota al puerto fortificado de Naupaktos (conocido en Italia como Lepanto), en el Golfo de Corintio, mientras el gobernador de Argel, Uludsch Ali, debía atacar posiciones venecianas en el Adriático, para distraer las fuerzas de la liga cristiana.

Desde la Antigüedad, las batallas navales en el Mediterráneo se llevaban a cabo con barcos impulsados a vela y con remeros a bordo. Eran las llamadas “galeras”, muy maniobrables y con poco calado (es decir, podían navegar en aguas poco profundas). En la batalla, eran impulsados por los remeros, generalmente esclavos o prisioneros de guerra. Lo que se buscaba era el choque directo: perforar el casco del enemigo con el espolón y retirarse rápidamente para no ser arrastrado al fondo por el barco que se hundía. Esto significaba que había que poseer una enorme disciplina en los remeros, para avanzar rumbo al choque y después remar de reversa rápidamente. También se trataba de embestir a los remeros del enemigo para romper sus remos y dejarlos sin capacidad de maniobra. La lucha al abordaje era cuerpo a cuerpo, pues aún no llegaban los tiempos de los duelos de artillería a larga distancia. Se trataba de apoderarse o de hundir al mayor número de navíos enemigos posible.

La Santa Liga disponía de las más modernas y más grandes galeras de su época, que poseían un enorme poder de fuego y estaban dotadas de grandes redes desplegadas a los lados, para impedir que fuesen abordadas por el enemigo. Las grandes galeazas venecianas llevaban 50 cañones y 500 arcabuceros a bordo cada una, lo que significaba un gigantesco poder de destrucción. Los españoles habían dispuesto retirar de la proa el puente de abordaje, colocando en su lugar un cañón, lo que hacía efectivo el ataque, pues podían disparar mientras se acercaban al enemigo. Esta era una de las grandes diferencias entre ambas flotas: la estrategia de combate de los cristianos se centraba en las armas de fuego, mientras que los turcos preferían las flechas, pues afirmaban que un arquero disparaba seis flechas en tanto que un arcabucero disparaba una vez. Eso es cierto, pero también lo era que el arcabuz disparaba proyectiles a mayor distancia y era más certero y mortal.

La flota cristiana estaba bajo las órdenes de tres comandantes: por la Santa Sede, Marcantonio Colonna, por Venecia Sebastiano Venier (quien incluso después llegaría a ser Dux de Venecia) y por el Imperio Español, y como comandante en jefe de toda la escuadra, a don Juan de Austria. Don Álvaro de Bazán era partidario de enfrentarse a la flota turca lo antes posible, debido a dos razones: primero, para evitar que el enemigo se fortaleciera acumulando más navíos; y segundo -y quizá lo más importante-, porque las diferencias, envidias y rivalidades entre los cristianos ya comenzaban a mermar la solidez de la Liga Santa. Así, por ejemplo, los venecianos se vieron forzados a admitir cuatro mil soldados españoles a bordo, debido a que carecían de tropas propias en número suficiente para defender sus galeras y para emprender el abordaje de los barcos enemigos.

Hay que imaginarse el impresionante aspecto que tenía la enorme flota cristiana en mar abierto: más de 200 galeras, seis galeazas y algunos navíos más de otros tipos, con una tripulación de 43 000 remeros y unos 13 000 marinos; además, los barcos llevaban un ejército enorme a bordo, compuesto por casi 28 000 soldados. La fuerza más imponente, con las mejores armas, la mejor experiencia y una férrea disciplina era sin duda la española, con 10 000 soldados. Esta tropa fue decisiva a la hora de definir el combate.

Pero los turcos no estaban mancos: su flota era también considerable, aunque con algunos problemas: sus buques llevaban tripulaciones muy pequeñas, que no siempre bastaban para maniobrar correctamente, ni para defensa propia ni para el abordaje. Además, el error más grave fue el que terminó decidiendo la batalla: los turcos no confiaban en la artillería embarcada, así que sus navíos no estaban artillados.

En el consejo de guerra antes de la batalla, el almirante genovés Giovanni Andrea Doria, heredero del ya fallecido y célebre Andrea Doria, impresionado por las derrotas que él mismo y por su tío abuelo Andrea, aconsejaba vivamente no aventurar un choque directo con la flota otomana; sin embargo, tanto Colonna como Bazán aconsejaban lo contrario, por lo que don Juan de Austria se decidió por buscar batalla.

Del lado turco, todos los comandantes aconsejaban a su almirante Ali Pascha no buscar la batalla, pues consideraban que la flota enemiga era muy superior a la propia, además de que sabían que los cristianos estaban sedientos de venganza por la sangrienta pérdida de Chipre. El único que creía que la fuerza turca era superior a la Liga Santa era Uludsch Ali.

El 5 de octubre, la flota cristiana dejó la seguridad de Messina y salió a mar abierto. Siguiendo los consejos de Bazán, don Juan desplegó sus fuerzas en una línea en forma de media luna y la dividió en tres secciones: en el lado izquierdo estaba la poderosa flota veneciana con 64 galeras y dos galeazas, navegando con una bandera blanca. Su misión era romper las líneas otomanas con su poder de fuego. En el lado derecho estaba el almirante Doria y sus galeras genovesas con una bandera verde. En el contingente del centro, compuesto por 64 naves, estaba don Juan de Austria, embarcado en el buque insignia de la flota, “La Real”, la mayor galera de su tiempo (y cuya réplica puede admirarse actualmente en el museo naval de Barcelona). Este contingente central estaba a su vez dividido en dos grupos: el ala izquierda estaba bajo las órdenes del veneciano Venier, a la sazón de 70 años de edad, pero dueño de una energía enorme, mientras el ala derecha obedecía a Colonna.

En la galera “Marquesa” se encontraba un joven voluntario llamado Miguel de Cervantes, quien se haría famoso años después por su obra literaria, particularmente por su “Don Quijote”. En el fuerte grupo de reserva, con 30 galeras bajo el mando de Bazán, recaía la enorme responsabilidad de auxiliar, de manera subsidiaria, a cualquier parte de la formación que estuviese a punto de romperse ante el ataque turco.

La semana próxima hablaremos de cómo se desarrolló la batalla, de sus consecuencias y del papel que jugó el papa Pío V. También deberemos tocar el tema de la Virgen del Rosario, pues la historia de su devoción está ligada a la victoria cristiana en Lepanto.


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