Algún día vendrá alguien a pedirte cuentas por lo que hiciste ayer. Dirás que no eras tú. Que ya has pagado tu condena con arrepentimiento. Que el culpable fue otro que ya no existe. O que sí fuiste tú, pero fuera de ti. Bajo el influjo de aflicciones emocionales, la violencia y los ultrajes los comente un pequeño trozo de nuestra persona. No toda. Tanto es así, que, en otras condiciones, sin ira, sin envidia, sin influjo de esa droga; no lo habríamos hecho. Actuamos con una parte pequeña. Otra se arrepiente. Otra desconoce el episodio completo. Pero, aunque se trate de un pedazo de nosotros, siempre hay alguien que experimenta algún estado de ánimo, que piensa o se imagina tal cosa, que actúa, que habla. La experiencia es ese pedazo de cada uno con lo que se toca la superficie de la vida. Generalmente actuamos sobre presión, sobre pesares de toda clase que nos convencen de su urgencia. Pero la acción urgente es la más ignorante, la que debe suprimir los detalles para moverse rápidamente. La reflexión, en cambio, es demasiado costosa como para escucharla cuando los minutos cuentan.
Nadie puede tomarse unos minutos para evadir un automóvil que se dirige hacia su cuerpo. Tampoco hay tiempo para pensar si se toma o no un trabajo. Hay que comer. En general nada espontáneo se realiza sentado con una taza de té. Pero no hay nada espontáneo en lo espontáneo. Por el contrario, las acciones rápidas dependen de los hábitos y sedimentos de la vida. Cuando psicólogos y filósofos describen la “conciencia” suelen tomar la perspectiva de la tercera persona y para ello la sacan de su flujo. No hay nada condenable en ello. Siempre y cuando se reconozca. Pero con ello se pierde el elemento presente que resulta decisivo para los actos.
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Podemos tomar un ejemplo simple, una presentación de jazz. Uno espera de un buen jazz, el momento de improvisación. Será irrepetible. No sólo porque ninguno de los músicos repetirá las mismas notas en otro momento, sino porque el momento tiene muchos otros ingredientes: los ánimos, la química de ese momento, el espíritu del lugar, la “vibra” del público. Ahora, pese a todo ello, un músico solamente puede improvisar si se ha formado para ello. Conoce bien su instrumento porque ha practicado la técnica, pero porque también ha jugado con él. Sabe de armonía: acordes, inversiones, progresiones, sustituciones, escalas. Todo ese saber se convoca y se aplica en segundos. Otro ejemplo. En el cuadrilátero, un luchador debe reaccionar instantáneamente y responder a movimientos espontáneos de otra persona. Debe estar a la expectativa y responder en milisegundos. Pero, al igual que el músico, todo su cuerpo puede reaccionar porque está entrenado. No solamente sus pies y piernas, o sus músculos, también su mirada, su respiración, su atención. Ha entrenado meses en el gimnasio frente al costal, la pera, las paletas y otros contrincantes en sparring.
Pues bien, la investigación de la conciencia suele pasar por alto esta trivialidad. Se le pide al sujeto que apriete un botón si siente un estímulo y otro si no lo siente. Se le ponen cámaras para seguir sus movimientos oculares o dispositivos para medir sus signos vitales: frecuencia cardiaca, temperatura, presión arterial. Y se concluyen con ello asuntos sobre la conciencia en general. Pero, la conciencia es su flujo inmanente. Para tomar una metáfora budista: es como el diente de la sierra que en un instante está en contacto con el árbol que serrucha. No es el árbol, ni toda la sierra, sino ese instante donde ambos se tocan y que va pasando entre diente y diente. Esto opera para toda la conciencia. Están presentes las cosas recordadas, anticipadas, posibles e imposibles, pero todas ellas van pasando, diente por diente sobre el continuo de la experiencia. Y son estos dientes lo que pesa en el instante del acto.
¿Y…? El peleador sabe que en el ring no se piensa, sino que se deja al pensar operar en y a través del cuerpo. También lo sabe el músico, improvise o no. Y lo sabe cualquiera, porque así cocinamos, así andamos en bicicleta, así hablamos cotidianamente. La conciencia no es pensar. Cuando pensamos conscientemente en algo, ponemos la atención en algún objeto de ella y lo manipulamos. Pero la conciencia, esto no es paradójico, sino un asunto de terminología, no es consciente, es decir, “tética”, que se dirige a tal o cual objeto sabiéndolo (es decir, ver sabiendo que ve, oler sabiendo que huele, incluso pensar sabiendo que piensa).
Una investigación de la conciencia no puede renunciar al hecho fundamental de que ese flujo que llamamos conciencia no es accesible de manera natural e inmediata para el “actante”. Investigarla significaría poder poner atención a ese cuerpo que al danzar piensa sin pensar sin por ello dejar de moverse. Escuchar la danza sin arruinar su curso. Pero ¿es posible entrenarse para ello? ¿Es posible que, así como el luchador o el danzante escuchan sus cuerpos, el investigador de la conciencia aprenda a escuchar su propio flujo? Debe entrenarse. Esa es la promesa budista.
En la ciencia aceptamos que un estudiante debe formarse antes de volverse un profesional competente. Llamamos ello formación. Pero una vez que se ha terminado el curriculum oficial damos por terminada la escucha. El médico, que ha aprendido a escuchar y a preguntar durante seis años (en principio), puede ahora comenzar el camino de los automatismos. Y será un médico mediocre. El músico que deja de estudiar y de estudiarse, deja de innovar en sus improvisaciones. Ellas se tornan lugares comunes, predecibles. Con la investigación de la conciencia no sucede otra cosa. Siempre averiguamos algo de ella en un momento privilegiado de escucha, cuando la atención estaba ahí, en un momento clave. Pero pasa de ahí. Durante los años en que se estableció la Psicología como disciplina científica se rechazó definitivamente la introspección, por ser dudosa e inestable. Tenían toda la razón. Hay que confiar en criterios de tercera persona. Así se vuelve posible la descripción objetiva y la repetición de resultados. Pero su torpeza para observar era tan grande hacia dentro (introspección), como hacia afuera (su objeto era la “conducta”). Y hasta la fecha es el caso. El psicólogo que observa, que interpreta conductas, incluso datos y gráficas, es competente en la medida en que está formado. El “ojo clínico” es solamente experiencia acumulada, criterios que no necesariamente se han hecho conscientes.
Todo lo que decimos sobre nuestra conciencia proviene de momentos de atención dirigidos a ella. No significa atender a los “contenidos” del flujo, es decir, a esa avalancha de fenómenos cambiantes e inestables que llamamos “representaciones”, sino a su modo de operar y transcurrir. Cualquiera puede experimentar en primera persona la inestabilidad de la mente, su salto de una idea a otra, de una imagen a un recuerdo y de una sensación a un juicio. Las ciencias “psi” buscan las regularidades subyacentes. El psicoanalista, caso singular, asume que su materia de trabajo aparece en el instante del intercambio lingüístico dentro del consultorio, entre analista y analizando. Y solamente cuenta en tanto señalado, subrayado o notado. No se trata de “hacer consciente lo inconsciente”, sino de hacer ver el modo de operación de una habitualidad social. Pero los cambios suceden ahí, en el diván. Saliendo todo puede volver a su bruma usual.
Alan Wallance y Francisco Varela son dos personajes que vincularon la experiencia del laboratorio con la introspección, retomando especialmente al psicólogo William James. Pero esta investigación tiene un lado eminentemente político. Siguiendo un motivo del psicoanálisis, sabemos muy bien que… contaminamos, consumimos estúpidamente, que nos engañan. Pero sabemos muy poco de por qué sabiendo todo eso, lo hacemos. No basta decir que hay un “goce” secreto. Son los hábitos, las cosas más banales, las que nos hacen operar cuando preferimos la botella de plástico a la de vidrio o cuando preferimos reciclar a tomarnos el tiempo para criticar públicamente la relación de la producción industrial moderna con la naturaleza. Esa ínfima comodidad funciona automáticamente en un sistema banal de valuación, donde pequeñas diferencias inmediatas son las que inclinan la balanza de la acción.
El más sofisticado analista pierde la cabeza y es tan terco como su paciente. El coach que regaña por bajar la guardia, la baja tan pronto se sube al ring. Y esas habitualidades inconscientes en el sentido más trivial del término, no funcionan tampoco bajo complejos mecanismos. Sencillamente no podemos acceder a ellas porque no las percibimos. Sabemos de ellas, sabemos que están ahí, sabemos de dónde vienen, cómo funcionan, pero nunca estamos ahí en el momento en que aguijonean, porque su veneno obnubila la atención. Nos cabe poca duda de que una revolución económica no puede funcionar sin una revolución cultural. Pero las revoluciones culturales las esperamos de eventos sorprendentes o de campañas masivas de penetración, pero ni una palabra sobre aquella práctica para acceder a la conciencia propia y poderla observar. Éste es el sello de la existencia individual: poseer experiencia, pero tan sutil y silenciosa, que pasa desapercibida. Cualquiera puede experimentar acontecimientos, descubrir grandes ideas, ser tocado por algún maestro, enamorarse, etc. Pero nada se ha dicho sobre un cambio político y la disciplina mental. Suena a adoctrinamiento, pero no se trata sino de formarse para atender a la conciencia propia, a los niveles de experiencia más sutiles por donde transitan los mandatos, las creencias y los hábitos y donde toman posesión del cuerpo y de la mente.
Nada hay más difícil que cambiar un hábito. Podemos empezar mil cosas mil veces. Podemos prometernos otras dos mil. Pero nuestros deseos y el optimismo propio nos hacen morder el cebo para idear nuestro próximo “proyecto de vida” o para comprar el siguiente producto que ahora sí hará la diferencia. En verdad que no discernimos nada en el constante ruido de los mandatos sociales que todo el día nos susurran que este humilde empleo, esta humilde pareja, este humilde hijo, no son suficientes. Pero no cambiaremos un hábito. Ni siquiera el más simple. Ni el modo de hablar, ni de comer, ni de caminar. No cambiaremos la actitud al cuerpo. Mucho menos abandonaremos el pequeño tirano que podemos activar en situaciones sociales nimias. No se diga ya parar en la adicción de cualquier tipo, misma que sostiene nuestra relación con las mercancías, con nuestro aborrecido trabajo, con las figuras donde se juega un poder, sea hacia arriba o hacia abajo. Ahí, en eso que Foucault llamó microfísica del poder, donde hablamos de subjetividad, hablamos también de los triviales hábitos sobre los que sostiene en buena medida la macrofísica del poder.
No hay que engañarse. No es que el individuo pueda cambiar el mundo al cambiar su cabecita, es que no puede hacer ninguno de los dos por las mismas razones: todo su intelecto, toda su reflexión, toda su crítica, desaparece en el momento en que debe actuar porque tiene la cabeza caliente. O, como también se dice en el budismo: es presa del simio salvaje que tiene suelto en su mente.
Al lado de las revoluciones, de la participación política o de las reformas, hay que estar preparado. Nada hay más fácil que cubrir nuestro resentimiento con los ropajes de la justicia, gozar más el fuego del incendio que lo que pretendía simbolizar. Todo movimiento debe nutrirse de indignación, de hartazgo, incluso de ira. El punto es si subjetivamente no hay absolutamente nada más que resentimiento, hartazgo e ira. O si son ellos los que están al mando.
Estamos a la espera de una oportunidad, esperamos que haya alguna cordura, creemos que algún movimiento tendrá consecuencias a largo plazo en una vida en común más justa. Pero, ¿en qué sentido llegamos preparados? ¿En qué sentido hemos aprendido a atender nuestra conciencia para detectar sus oscilaciones, a dirigir nuestra atención a lo decisivo (y no distraernos con la ira fácil), a disciplinar la mente y no dejarla morder el anzuelo de la satisfacción imaginaria?