El último cucharazo

Viernes, Septiembre 24, 2021 - 06:26

El helado que me acompañó a recuperar mi boleto de estacionamiento en un centro comercial

Psicóloga, filósofa y luchadora social, egresada de la UDLAP y BUAP. Colaboradora en varias administraciones en el ayuntamiento de Puebla en causas sociales. Autora del espacio Entre panes  

- No sabía, me dice. Fíjate que cuando entras a un estacionamiento de los centros comerciales y tomas un boleto, se registran todos los datos de tu coche.

- ¿Qué datos?

- Modelo, placa, hora y graban video de quién va manejando. Con tu boleto no pueden sacar otro coche.

- ¿Cómo te enteraste?

- Por una pendejada mía. Fui a Plaza Puebla entre semana a la hora de la comida para no toparme con mucha gente. Entré con mi coche y me di gusto al elegir un lugar cerca de la entrada, ya sabes que luego sales con paquetes y así no tienes que cargarlos tanta distancia. Llegué a la tienda y me tardé hora y media; pasé a otra tienda rápido y de salida no resistí comprarme un helado de chocolate con dos bolas bien grandes, en vasito. Echaba el cubrebocas a un lado y por debajo de la careta iba feliz comiendo mi helado a cucharadas con sana distancia, ¡hasta de mi alma! Bajé por las escaleras eléctricas con mis bolsas en una mano y en otra, mi helado. Al llegar a la máquina que cobra, tomé mis bolsas y el helado en una mano y saqué el boleto de mi billetera. Tomé un billete de 200 y pagué veinte pesos.

La pinche máquina de cambio me dio puras monedas de a diez, y ahí me ves haciendo malabares para recogerlas, mientras con la otra mano detenía mi helado y los paquetes. ¿Cuántas manos tengo, dos verdad? ¡Y pendeja yo, ni me acordé de recoger el boleto ya pagado! Llegué a mi coche, me metí, dejé los paquetes en el asiento del copiloto y me di cuenta de que no tenía el boleto. En chinga me puse mi cubrebocas y con mi helado en una mano, mi bolsa y las llaves del coche en la otra, salí corriendo a la máquina a ver si todavía lo encontraba ¡porque no lo recogí! ¡Lo busqué encima de la máquina y nada! Le pregunté a la señorita que toma la temperatura en la entrada si alguien le había dejado un boleto que hubiera encontrado, y me dijo que no, que habían pasado varias personas, y no. Pensé que seguro habrían aprovechado mi boleto ¡y se ahorraron 20 pesitos! Nunca pierdo los boletos del estacionamiento y ahora perdí el que pagué para salir. Apreté el botón de la máquina y quien respondió le comenté mi caso y en minutos llegó una señorita uniformada con llaves para abrir la máquina y ver si estaba atorado. Me confirmó que no y tendría que presentar una serie de documentos en la oficina del estacionamiento y pagar ciento diez pesos si quería salir.

¡Me pensé más lista yo! Me dije: ‘Voy a la entrada del estacionamiento, saco otro boleto, lo pago, ¡y ya! Salí y mientras entraban otros coches, observé bien para atinar a la mecánica. Cuando quedó libre una entrada, me sentí coche: bajé la banqueta, le hice como que, siendo coche yo, entraba en curvita, me puse frente a la máquina con mi helado en la mano, y una voz grabada me dijo que tenía que acercar mi coche para detectarlo y expedir el boleto; volví a hacer la maniobra para que la máquina me pensara coche y me volvió a decir que acercara el auto. Es decir, ¡ni madres!

Una señorita de seguridad que estoy segura me observaba a lo lejos, supo de mi intención y se fue acercando, estaba frente a mí me dijo: “¿Usted quiere sacar un boleto?” Le respondí: ‘Sí señorita porque me apendejé…’ y le conté mi pena. Me dijo que en el momento de sacar el boleto en la entrada del estacionamiento, todo queda registrado así que la persona que lo encontró y pensó que se ahorraría veinte pesitos, se equivocó porque el boleto no le sirve y sólo saldría si paga el suyo. Feliz le respondí que entonces mis veinte pesitos habrían cobrado su venganza, mientras que a cucharadas por debajo de la careta seguí saboreando mi rico helado de chocolate. Total que no me quedó otra más que ir por los documentos para comprobar que yo soy yo y no soy coche; que el coche es mío y que tengo licencia de manejar aunque me crea coche y chofer al mismo tiempo.

Saboreando mi helado me dirigí a las oficinas del estacionamiento donde al llegar, toqué la ventanita y abrió un joven de lentes y cubrebocas que me pregunto qué se me ofrecía. Le dije que yo era la señora que se apendejó y quería un boleto para salir. Le presenté mis documentos y me dijo que eran 110 pesos. Le pregunté:

- Oiga joven, ¿es verdad que cuando se entra al estacionamiento y le dan su boleto, ningún otro coche puede salir con él, aunque se lo encuentre?

- Cierto.

- ¿Cuánto me dijo que era?

- Ciento diez pesos.

- ¿Hay descuento con tarjeta INAPAM?

- Nooo…

- ¿Puedo pagar con puntitos?

- Nooo…

- ¿Puedo pagar con tarjeta de crédito?

- Nooo… ¡puro efectivo!

- Deberían tener esas consideraciones.

Pagué, me dio mi recibo de pago y mi boleto de salida.

- Oiga joven le quiero comentar algo.

- Sí, dígame.

- Yo me apendejé, lo acepto, pero ustedes también tienen la culpa. ¿Cómo me dan 180 pesos de cambio en puras monedas de a diez? ¡Fueron dieciocho monedas y entre las bolsas, mi helado y recoger las dos mil monedas, se me olvidó recoger el boleto! Ojalá dieran menos monedas, ¡imagínese que pago con un billete de quinientos!

El joven reía de buena gana y había un halo de simpatía por la quejosa pagadora.

- Mire joven, además deberían poner anuncios para que la persona que encuentre un boleto sepa que no le sirve para salir, y así de antemano saben que mejor ni lo toman. La verdad, joven, me salió barato y este recibito lo voy a guardar muy bien para que nunca se me olvide que no hay que apendejarse.”

- No se preocupe señora, vamos a tomar en consideración todas sus sugerencias, dijo el muchacho con una gran sonrisa.

Y así, eché a mi bolsa el recibito en un compartimento especial, mientras le daba el último cucharazo a mi helado.

alefonse@hotmail.com