La más reciente medición de la casa consultora Mitofsky arrojó una aprobación del 61 por ciento para el mandatario mexicano Andrés Manuel López Obrador de cara a su Tercer Informe de Gobierno; y ni todos los embates ni todas las estrategias para afectar su imagen lograron mermar al presidente de la República que alcanza su aprobación más alta en lo que va del año. Ojo, Peña Nieto en su tercer año de mandato tenía más del 64 por ciento de aprobación, pero ese es otro tema.
Bien sabido es la población que apoya totalmente la gestión del jefe de Estado mexicano; sectores de estrato socioeconómico bajo y nivel de escolaridad básica, que dicho sea de paso es la mayoría de los habitantes de nuestro país. Los apoyos económicos a personas de la tercera edad, a jóvenes sin acceso a educación ni a un empleo, son de los temas que se han destacado en los tres años del gobierno federal, sumado a temáticas como el Gas Bienestar.
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Durante su informe, López Obrador enumeró estos beneficios y si bien la narrativa política utilizada continúa siendo que los ataques y críticas a su gobierno obedecen a los enemigos públicos pertenecientes a los neoliberales; hay algo que logró captar la atención de la clase media, esa misma que puede inclinar la balanza como lo vimos en las pasadas elecciones y, es el que gracias a los apoyos para los que menos tienen, se ha logrado que el país no caiga en una crisis de consumo.
Lo cual es real, y esa misma clase media que en su mayoría está informada y que generalmente contrasta información para generar una opinión, no podría estar en desacuerdo. No existir una crisis de consumo sumado a temas que tienen que ver con acabar con la corrupción y la impunidad, son elementos que se aluden para cooptar a la clase media.
Y en ese vaivén de la clase media en elecciones, las estrategias de comunicación de la oposición no habían permeado tanto como la que se refería a la escasez de medicamentos para niñas y niños con cáncer, estrategia que me atrevería a decir ha sido la única que ha generado un ataque directo a la persona de López Obrador y que ha tenido una permeabilidad en la opinión pública.
Misma permeabilidad en la que la oposición, particularmente en el Partido Acción Nacional que ha tenido un revés tras haberse reunido con el partido español VOX, asociado con la ultraderecha. Y es que quizá, el grueso de la población -la misma que mantiene un apoyo a López Obrador-, no haya tenido acceso a esa información; pero la clase media sí, la misma que se informa y que realiza análisis para emitir juicios -particularmente intelectuales, académicos y el gremio artístico-, la misma que ha sido volátil en las elecciones de 2018 y 2021, pudieron tener acceso a esta información y saber que la ultraderecha es sinónimo de fascismo.
Cierto es que no todos los panistas comulgan con esta postura ideológica antidemocrática. Tan cierto como el que en todos los institutos políticos hay extremistas, lo mismo la ultraizquierda que la ultraderecha, que en cualquiera de los casos, los extremos nunca han sido buenos para la democracia en un país.
Preocupa la polarización, sí, esa polarización que está marcada en la Ciudad de México y que ha reflejado cómo está la población: dividida. Pero más preocupante es la polarización ideológica de aquellos que generan políticas y directrices públicas. Es preocupante en políticos y gobernantes en México porque el extremo, no importa si se es de ultraizquierda o de ultraderecha, siempre conlleva a una opresión e imposición.
Y mientras esto se gesta en nuestro país, no existe una oposición, un movimiento, un gobernante, un político que genere contrapesos y que tome en cuenta las voces de todo el mosaico ideológico, económico y social de México.
@AlesandraMartin