Miércoles, 20 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Nihilismo (mexicano)

Encontremos fuentes de inspiración en nuestra rica tradición cultural, muchas veces discriminadas

Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

Miércoles, Julio 28, 2021

Nihilismo es el nombre con el que caracterizamos a nuestra época y se refiere a la nulidad del ser y la existencia en general. Éste es doble. Sobre el fondo del universo y lo que la ciencia nos revela de él, toda producción humana parece vanidad, menos que un instante en la escala cósmica, un accidente sin consecuencias, un evento periférico y condenado a desaparecer. Todo lo familiar será nada. Podríamos entonces maravillarnos con este espectáculo de creación y destrucción, de devenir sin sentido. Pero sobre el fondo de lo propiamente humano, los lazos sociales, el deseo, la historia, etc., la naturaleza es más bien lo vano, un fondo irrelevante antes de que lleguen las palabras y el pensamiento para articularlo y expresarlo. Para el realista trivial las construcciones humanas y la subjetividad humana son nada. Para el constructivista, es más bien la naturaleza lo que carece de relevancia. Podemos tomar posición. Decirnos idealistas o realistas o trascendentalistas y ponernos “apellidos”: realista empírico, idealista trascendental, etc. Pero lo que nos concierne filosóficamente es el paisaje conceptual.

En su libro La estrategia de los genes, Waddington acuñó el concepto de “paisaje epigenético” para presentar en el proceso de morfogénesis de un organismo, el espacio de caminos posibles en la expresión de un gen. El gen estaba representado por una esfera colocada en la parte superior de una superficie inclinada. Esta superficie era un paisaje topológico, es decir, una superficie con valles y crestas, que representarían los caminos posibles (incluidas las bifurcaciones y las conjunciones) y sus probabilidades. Siguiendo la idea, René Thom propuso una lectura en términos de sistemas dinámicos, donde las superficies topológicas nos darían el “espacio de fase” de un sistema, es decir, los estados posibles que puede adoptar un sistema de esa clase. En fechas más recientes Leonard Süskind, uno de los proponentes de la teoría de cuerdas se sirvió del concepto “paisaje cósmico”. Según su teoría las leyes actuales que conocemos del universo son solamente una de las soluciones posibles de una matriz capaz de generar muchos otros universos posibles. Sin embargo, esta teoría no afirma que todo sea posible, sino que existe una matriz o paisaje cósmico mínimo, previo a las leyes del universo, pero que cuenta ya con restricciones que le dan estructura. Llamaremos paisaje conceptual a este espacio de teorías que contienden, posiciones que discuten, problemas que se entrelazan. El nihilismo es un paisaje conceptual, no una posición o una tesis sobre el mundo, sino un espacio de ideas, razones y contra-razones en torno a la nulidad.

Más artículos del autor

En El nihilismo mexicano. Más allá del Hiperión, Mario Teodoro Martínez nos ofrece un texto sorprendente. En las primeras páginas nos presenta una revisión histórica de esa pregunta primera con la que estuvo concernida la filosofía mexicana en la era postrevolucionaria: el ser del mexicano. ¿Quién es el mexicano? ¿Cómo se inserta en la historia universal? ¿Cuál es su carácter? ¿Cómo se las ve con su espina bífida: indígena y española a la vez? De manera breve, pero precisa, se puede reconocer un hilo conductor: el nihilismo. La filosofía mexicana no encuentra en el mexicano sino un ser fallido. A veces contempla una conquista abortada que no pudo desterrar el terco espíritu indígena, ni introducir los grandes valores europeos y universales. Otras veces descubre un engendro complacido en la liviandad del “relajo”, de una vida que no puede ni quiere tomar nada en serio, mucho menos los grandes valores que dignifican a la humanidad. Finalmente, en un sentido menos psicológico y antropológico, habría otros que ven al mexicano como el índice de la humanidad fracturada desde su inicio, como índice de un mestizaje ontológico y una penuria que la humanidad debe soportar. Frente a ello quedarían las salidas de un nuevo misticismo que glorificara la nulidad de la vida o la escapatoria al misterioso oriente. En todo caso, no habría escapatoria: o eliminamos las consolaciones de la metafísica y la religión y habitamos la inmanencia de un mundo desértico y yermo (trágico, odioso o tedioso) o seguimos engañándonos en una trascendencia que, a final de cuentas, termina otra vez por negar la vida concreta. El primer nihilismo es activo, niega toda idea trascendente y nos pide que amemos la nulidad. El segundo nihilismo es pasivo, y nos pide que odiemos el mundo, a costa de adorar un nulo más allá.

En apretadas páginas Mario Teodoro Martínez nos lleva de la pregunta identitaria propia de la filosofía mexicana en manos de los Hiperiones, hasta una madura pregunta por el nihilismo en general y su modo de mostrarse aquí. En efecto, el nihilismo mexicano, compartido por otras tantas ex-colonias, es una reacción ante el orden constantemente impuesto, una reacción a la colonización externa e interna que, en nombre de prometidas redenciones, impone su yugo. La violencia que pisotea la vida, la risa que demerita las creaciones propias y ajenas, la corrupción que arrolla lo mismo grandes leyes que acuerdos mínimos de civilidad y lo refractario a los órdenes políticos tendría su raíz en una experiencia de sometimiento que hace desfilar nuevas formas de miseria e impotencia. En ese sentido México, junto con grandes sectores de América Latina, no es un territorio pre o antimoderno, sino la otra cara de la modernidad, tan esencial como aquella que reconocemos en el occidental. El antropólogo Arjun Appadurai escribía que el tercer mundo no era lo que estaba detrás del primero, una suerte de lastre, sino el futuro. Como me veo te verás. La profecía se ha cumplido. La pobreza, los estallidos sociales, la violencia en las calles, la toma de edificios de gobierno, pero también inundaciones, fallas masivas en infraestructura, etc., son hoy realidad en Estados Unidos y en Europa y sus niveles no harán sino aumentar hasta que posean paisajes indiscernibles a los del mundo “incivilizado”.

Lo genial del texto de Mario Teodoro Ramírez consiste en la fluidez de los niveles: de la condición del mexicano, al capitalismo, a la modernidad, al nihilismo y a la filosofía especulativa. Este tránsito es sorprendente hoy en día por varias razones. Primero, porque la derecha, el centro y la izquierda políticamente activos desprecian la filosofía. La derecha prefiere pragmatismo económico y conservadurismo cultural. El primero lo toma de los liberales. El segundo, de la iglesia. No necesita producir nada. El centrista no hace ni necesita filosofa, hace teorías de corto alcance, es decir, herramientas para la toma de decisiones cortoplacistas que permitan sociedades multiculturales y economías de libre mercado (o sea, donde se asegure el juego de la capitalización creciente de los grandes actores económicos). La izquierda desconfía ya del marxismo y de los grandes discursos emancipadores. Se concentra en pequeñas y heroicas luchas con recursos locales. Pero el asesinato de periodistas, de líderes ecologistas, la aniquilación de autodefensas y el golpeteo a comunidades autónomas habla ya del funesto destino al que están condenadas. Mientras tanto, la izquierda académica sigue fascinada con el giro lingüístico y los “discursos”, con el inconsciente y el significante, sin saber realmente qué hacer ni con la economía, ni con el Estado, ni con la población, como no sea inventarse pequeños mundos donde podrían alucinar de forma privada sus visiones del mundo. Mario Teodoro se toma el tiempo para mostrar los entrelazos: el nihilismo social, la celebración filosófica de la finitud, el capitalismo, el patriarcado. El pesimismo social se sigue de la creencia de que no es posible que las cosas puedan ser de otro modo (que no sea peor). Los y las pensadores lo refuerzan diciendo que debemos abrazar el nihilismo, apreciar la nulidad como el único horizonte donde podemos ya vivir. Lo refuerzan los pensadores de izquierda que denuncian al marxismo como un resultado más de la metafísica occidental. La parálisis y el terror vuelven una y otra vez en el discurso liberal que nos dice: pensar en grande significa hacer metafísica, y toda metafísica acaba en totalitarismos. Y nos dice lo mismo del actuar: es de totalitarismos de izquierda (comunismo) o de derecha (fascismo). ¡Que viva el centro donde nadie hace nada, solamente el mercado! en quien debemos confiar porque él sabe mejor que nadie, como la nueva Pachamama, es decir, como la nueva naturaleza que no debe ser perturbada. Aceptémoslo, la idea de un juego libre del lenguaje, donde no hay perdedores ni ganadores, donde las cosas y las personas son sus efectos, donde no hay centro ni significado trascendental que nos diga qué son las cosas, pues todo está en el remolino del devenir (versión popular de la deconstrucción, que debe ser equiparada con la justicia misma) es casi isomórfica a la idea de un mercado que se mueve por sí solo, sin energía, en un puro nivel simbólico (es decir, sin realidad, ni materia, ni naturaleza de ninguna clase) y donde ganadores y perdedores son solamente estados transitorios (el mercado es esencialmente justo). Aceptémoslo, la celebración de las identidades fluidas se lleva bien con la flexibilización laboral y la necesidad de reinventarse cada día para sobrevivir. Aceptemos que la imagen de un devenir puro y no impedido se funde con la imagen de un mercado libre y dinámico cuando no es impedido por una subjetividad, como el Estado.

El nihilismo mexicano es solamente una solución posible, una instanciación del fenómeno global del nihilismo. Ahora, deberíamos dudar del hecho de que el nihilismo sea un acontecimiento reciente. Los hindúes se enfrentaron al concepto de vacuidad desde el siglo IV con el budismo y éste puede rastrearse a las doctrinas del Yoga de la época védica. Los antiguos mexicanos, como lo recuerda Mario Teodoro, cantaban ya la muerte y afirmaban la temible transitoriedad de la vida, adelantando el cataclismo final en rituales de sacrificio para ganarle tiempo al cataclismo verdadero y ya presagiado (“Aunque sea jade se quiebra,/

aunque sea oro se rompe,//aunque sea plumaje de quetzal se desgarra,/no para siempre en la tierra: sólo un poco aquí”: Nezahualcóyotl). El cero, la nada, el no-ser, lo nulo, el vacío, son nociones que aparecen en la matemática y la filosofía, pero que siempre se abren camino hasta la existencia para estremecernos. Lo que hoy llamamos nihilismo no es un acontecimiento, sino la falta de algo para hacerle frente. Ya en el Cantar de los Cantares se dirige la vista al amor porque “es fuerte como la muerte”, porque la vence a su modo. Nihilismo es sinónimo de pobreza, en todos los sentidos, falta de recursos para enfrentar la sombra del amo absoluto.

El logro del texto de Mario Teodoro Martínez consiste en exponer, a la vez, un paisaje conceptual y un camino posible. Este camino no quiere decir aquí resolver las cosas sino, dado un horizonte de problemas, seguir un camino inédito. Dicho camino no puede aparecer sin el trabajo analítico y creativo (o “sintético”) de la producción de un paisaje conceptual. La filosofía, como dice Deleuze, crea conceptos, pero, sobre todo, paisajes conceptuales, haces de conceptos, topologías donde se discuten los asuntos más urgentes, donde se puede uno mover entre registros, estar atento a las resonancias más distantes, sin por ello confiarse de fáciles analogías.

Detengámonos en un momento en ese camino. El nihilismo, activo y pasivo, hunde sus raíces en la negación. Negación de la posible, pidiendo resignación con lo actual y negación de lo actual confiándose a lo posible. El realismo especulativo que propone Mario Teodoro apunta en dos direcciones simultáneas. La parte realista se opone a toda tesis trascendental que confunde nuestro acceso a lo real con lo real mismo, a saber, la idea de que estamos limitados a conocer el mundo según la estructura de nuestro pensamiento, de nuestro lenguaje, de nuestra cultura, de nuestra clase, etc. La parte especulativa se opone a la aceptación de la finitud como horizonte último de la existencia. Lo real apunta a la inmanencia, pero trasciende la mirada humana. Naturaliza al humano sin reducirlo a una comprensión fisicalista (mecánica, monocausal), pero también otorga libertad (posibilidad, invención) a la naturaleza (en tanto la libera de su mero ser “lo condicionado”). Pero aquí llegamos a un término clave, también trabajado por Mario Teodoro: el quiasmo, que reparte de nuevo las propiedades que se suelen distribuir entre la subjetividad y lo real, dando su realidad a lo subjetivo y su idealidad a lo real, sin recurso a una “síntesis dialéctica”.

¿Qué tiene que ver esto entonces con el nihilismo mexicano, con la violencia, el patriarcado y la corrupción? El nihilismo nos ha acostumbrado a esto: o ver el mundo como un tragedia inevitable, un destino del que no se puede escapar y que debe ser abrazado heroicamente, o bien, ver el mundo como una nada, algo sin relevancia que siempre debe apuntar a alguna trascendencia para ganar su valor. Políticamente estamos también atrapados entre el deseo de una revolución absoluta, de un acontecimiento absolutamente inédito que venga a redimirnos y al cual podamos ser finalmente fieles, o bien, un pesimismo absoluto que vive de criticar todas las ilusiones redentoras. A final de cuentas el cinismo es correlativo al pensamiento del acontecimiento. Mientras más despreciable es el mundo, mientras más férrea su necesidad y más difícil modificar su curso, más crece la idea de que el cambio requiere un acontecimiento absoluto, morar en una región donde todo es absolutamente posible. Contra la esperanza que pone Mario Teodoro en Meillassoux, creyente en la contingencia absoluta del universo y la absoluta posibilidad de cualquier cosa, quisiera recurrir a una frase que él mismo avanza y resulta mucho más poderosa: se trata conferir a lo real cualidades antagónicas (o quiasmáticas) que le hemos negado. Lo real se mira como fatal e inevitable (de donde sale todo pragmatismo y cinismo) o como algo que debe ser superado (modelado según un porvenir). La fatalidad es el peso del pasado sobre lo real: todo es como siempre ha sido. Nada nuevo bajo el sol. El nihilismo futurista odia el presente, pero vive de y confía en el futuro. Por cierto que este doble nihilismo articula también el gran capital. El nihilismo capitalista pasivo vive de la explotación de los bienes de capital, es decir, de la sedimentación del trabajo y la tecnología. Todo el valor que usurpa proviene de la captura del trabajo abstracto objetivado en mercancías, es puro pasado. El nihilismo capitalista activo se despliega en el terreno de la especulación, en la cual el presente se niega (el presente del desempleo, de la pobreza, de la escasez inducida y el dolor extendido por el planeta) en nombre del futuro, es decir, de la capitalización, en donde lo que importa no es la producción de riqueza (bienes y servicios) en favor de la producción y reproducción de la vida, sino la especulación, es decir, la generación de valor financiero por medio de ganancias proyectadas a futuro. Volvemos a punto de inicio. El nihilismo realista supone que la subjetividad y su mundo simbólico son una nada, y que todo lo real depende de la ancestralidad del ser. El nihilismo activo, posmoderno, niega la naturaleza y la hace depender de nuestras “interpretaciones”, de nuestro mundo simbólico. Recordemos, ante todo, que el lenguaje le gana terreno a la presencia abriendo el espacio de la memoria de lo que ya ha pasado y de un porvenir que nunca ha sido actual. También el dinero abre el registro de los comportamientos pasados del capital, con el que se calculan tendencias que, al unirse a expectativas de crecimiento, abren el terreno del futuro. Deuda y especulación crean así un terreno virtual de explotación en el que los trabajadores y trabajadoras organizadas no tienen la más mínima oportunidad. Un sindicato no tiene potestad alguna sobre los designios del mercado bursátil.

Pero aquí llegamos a un problema grande. Parece que el mercado confía en la infinitud: del crecimiento, de la especulación, de los recursos, de tiempo, por lo que requeriría descender al mundo de la escasez, donde efectivamente existimos. Al mismo tiempo, los defensores de la finitud, sea en sentido existencial, sea en sentido materialista, deberían reconocer no solamente la infinitud del pensamiento, sino también la capacidad de autotrascendencia de toda condición finita. Deberíamos pedir a la vez finitud para los que especulan en la nihilidad e infinitud para los que se arrastran en el cieno del destino aceptado. Deberíamos exigir la dimensión quiasmática y mixta de lo real, aceptar, como dice Mario Teodoro, que “lo real contiene siempre virtudes, potencias y posibilidades insospechadas, mismas que tanto el realismo objetivista como el idealismo abstracto (autoritario de alguna manera) nos han impedido aprehender y asumir”. En efecto, era necesario desarrollar en el siglo XX una crítica de la filosofía de la presencia, como si las cosas estuvieran simplemente ahí, sin intervención nuestra o como si fueran accesibles sin especulación alguna. Pero si ahí se denunciaba el olvido del ser hoy nos toca denunciar el olvido del ente, de lo real sin el poderío absoluto del horizonte trascendental de sentido (al cual, con todo, no podríamos renunciar de manera ingenua sin volvernos prekantianos: nuevos dogmáticos que llegan a lo real por puros conceptos sin tener que decir cómo procedieron).

Mario Teodoro Ramírez acierta entonces al decir: “Hoy se trataría (…) de elaborar un nuevo filosofar para los acuciantes tiempos que vivimos (en realidad, los tiempos siempre son acuciantes), que sea ontológicamente realista sin ser objetivista o metafísico, racional y hasta especulativo sin volverse intelectualista, pluralista sin abonar al relativismo, animoso y hasta optimista sin quedarse en el subjetivismo o la ingenuidad, y crítico sin recaer en el nihilismo.”. La estructura “X … sin ser Y” muestra ya la necesidad de abrirse espacio en el falso dualismo que abre el enfrentamiento realismo-idealismo o entre nihilismo activo y pasivo. Exige desplegar el paisaje conceptual de nuestro tiempo de una manera más matizada, ofreciendo una topología más delicada. Es paradójico, pero nadie puede cambiar el presente si no lo ama suficientemente, así como es. El resentimiento proviene del odio absoluto al presente y está dispuesto a incendiarlo todo en nombre de un porvenir abstracto que no sabe nada sobre lo que quiere. El cinismo, complemento del resentimiento, no proviene de un amor al presente, sino de una desconfianza y aversión respecto a todo lo ajeno, especialmente un futuro distinto. De aquí surge la frase que extendemos a partir de Churchill y que representa todo pensamiento conservador: nuestro mundo es el peor de los posibles, con excepción de todos los demás. Lo que importa no es la posibilidad abstracta, ni la concreción inmediata, sino la posibilidad que mora en el presente, entre los entes, en su “paisaje” y no en una región indeterminada y supuestamente originaria.

Sólo así, me parece, puede cumplirse aquello con lo que Mario Teodoro Ramírez termina su ensayo y que nos indica sobre la posible contribución de nuestra condición cultural e histórica al problema global del nihilismo: “Para efectuar este movimiento nuestra filosofía debe saber conjugar de modo generoso y creativo la tradición universal de la filosofía (y no solo europea) con la tradición intelectual propia, y particularmente, encontrar fuentes de inspiración en nuestra rica tradición cultural, e incluso en las muchas veces discriminadas, pero siempre encantadoras tradiciones populares mexicanas”.

Vistas: 981
AL MOMENTO
MÁS LEIDAS

Blogs