En su libro El mundo como voluntad y representación, Schopenhauer identifica la obsesión occidental respecto al saber con el concepto budista de samsara, el reino de la ignorancia, mientras que asocia el nirvana con la renuncia a toda voluntad de vivir, a todo deseo de conservarse como individuo.
En los fragmentos póstumos de 1882-1884 escribe Nietzsche: “Yo podría convertirme en el Buda de Europa […] lo que constituiría una oposición al hindú”.
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En su libro Eurotao escribe Sloterdijk: “El Eurotao que puede ser dicho, no es el verdadero Eurotao”.
Para Chesterton, los santos orientales meramente contemplan lo bien que están las cosas (aunque sin duda le faltó ver los tankas tibetanos y a los guardianes del dharma), tienen los ojos cerrados, mientras que los ojos del santo cristiano están espantosamente abiertos, el budista mira hacia dentro, el cristiano, hacia afuera. Y, sin embargo, en otro contexto, reconoce: “Hay dos maneras de tener suficiente. Una consiste en acumular más y más. La otra consiste en desear menos”, una frase que podría haber expresado un budista, pues el tema central es el deseo y la incapacidad intrínseca de satisfacerlo, así como el imperativo contemporáneo de acrecentarlo: desea más, desea el deseo. De Nietzsche a Lacan esta es la única verdad y coincide de cabo a rabo con el capitalismo.
Žižek, sigue la ortodoxia Chesterton y de Lacan, manteniéndose fiel al carácter fatal del deseo, aunque ello traiga sufrimiento, dolor y la ruina de la propia vida, de modo que al final se pueda decir: ¡lo haría otra vez! Lo afirma en La ética budista y el espíritu del capitalismo global y en cualquier oportunidad que tiene. Más aún, el budismo sería para él la filosofía por excelencia del capitalismo: que todo siga igual, pero sin mi involucramiento subjetivo. Así como el Kamikaze no mata, sino su espada, yo no exploto, sino el capitalismo. No sufro, porque no soy yo. Pero resulta evidente que la posición de Žižek coincide directamente con nuestra situación capitalista: terminaremos exterminado la naturaleza (que sostiene la vida humana), rompiendo todos los lazos sociales, terminaremos extirpando los cuerpos humanos en todo sentido, es decir, todo terminará muy mal, habrá sufrimiento, dolor, ruina. Pero Žižek, como el capitalista dirá: ¡y lo haría de nuevo! Esto es también Nietzsche. Eso es la doctrina del eterno retorno: no cambiar nada, volver a hacerlo todo de manera idéntica de modo que si un demonio susurrara a tu oído: “imagina que esto se repitiera para toda la eternidad: ¿lo harías de todos modos?”. ¿Eso fue todo? ¡venga de nuevo!
Se piensa que esta doctrina de la repetición es cristiana, que toma inspiración de Kierkegaard. Pero es pagana. Absolutamente. Žižek señala una y otra vez que el comunismo es un engendro cristiano, que solamente en su interior tiene sentido la idea de un cambio, de un acontecimiento radical en la historia. Esta es nuestra condición como heideggerianos. Primero, alabamos su concepto de diferencia ontológica, según la cual nuestra historia empírica remitiría a una secreta historia trascendental, legible únicamente a partir de ideas filosóficas. Mientras, los científicos (sociales y naturales) vivirían en la ignorancia, en la prisión de un “a priori” o un “trascendental” que condicionaría su mirada, su inteligencia, sus palabras. Por el otro lado, abrazamos de Heidegger la idea del “acontecimiento”, que significa ruptura, innovación, la cual, sin embargo, es perpetuamente impedida por los condicionamientos a priori (históricos, culturales, lingüísticos). Hablamos de condicionamiento absoluto, de destino. Y por ello pedimos un acontecimiento absoluto, ruptura que traiga lo nuevo radical. La necesidad de acontecimiento crece para nosotros conforme se acrecienta la idea de destino y de todo tipo de condicionamientos. Se pasa del amor al destino al deseo de revolución absoluta, del condicionamiento de las cosas, los pensamientos y las palabras, al abismo de la creación absoluta. Pero se trata de dos impulsos correlativos y que retroalimentan la impotencia. Deberíamos comenzar a sospechar de la radicalidad de los condicionamientos como de su liberación, que dejan entrever al Dios creador ex-nihilo y al Jesucristo redentor.
El budismo occidental se encuentra en una posición igualmente incómoda. Por un lado, se ofrece como no-occidental, como un modo no-apegado que contrasta con el modo adictivo que tenemos de comportarnos respecto a las cosas-mercancías, como un modo de vida que ofrecería una salida al narcisismo (el combustible subjetivo del capitalismo). Filósofos japoneses del siglo XX (la escuela de Tokyo) vieron en Heidegger un pensador próximo al zen. Pero el budismo aparece una y otra vez, como en Schopenhauer, como una filosofía que debe negar la voluntad de vivir, o como en Nietzsche: una religión para humanos demasiado sensibles, cansados de la civilización. O incluso Žižek: como la ideología por excelencia del capitalismo en cuanto nos enseña a soportarlo, sin tener que cambiar nada. Lo único cierto es la oposición simple entre occidente y oriente, cristianismo y budismo, es el inicio de todos los malentendidos. Los hay positivos, productivos, explosivos, no hay nada censurable en ello. Pero otros cortan la circulación y gangrenan los intercambios. Palidecen con sus caricaturas.
Durante el siglo XX participamos de un ataque a la filosofía “académica”. Si aquel tuvo tres santos: Marx, Freud y Nietzsche, tuvo también tres demonios: Hegel, Descartes y Platón. Marx nos enseñaría a combatir las abstracciones de su compatriota. Freud desbancaría al sujeto de la conciencia. Nietzsche invertiría el platonismo (y su versión degrada: el cristianismo). Toda reivindicación filosófica contemporánea exige un ajuste de cuentas con estas tres duplas. Pero algo que no se puede negar es que el pasado siglo XX al dar la espalda a los filósofos sistemáticos, se quiso abrir a la existencia y a la vida. Retuérzase quien quiera, pero la diferencia entre el existencialismo y lo existencial (o existenciario, tal como lo propone Heidegger) es idéntica a la diferencia entre lo empírico y lo trascendental: una es la vida concreta, otra, sus estructuras formales, sus cauces. Nadie debe ofenderse al respecto. Heidegger es un pensador de la ontología desde la existencia humana. Eso no implicó un distanciamiento de la grecomanía europea, simplemente nos llevó a escoger otros griegos. Nietzsche escogió a los autores de tragedias, Heidegger seleccionó sus presocráticos. Los franceses, herederos de Heidegger y Nietzsche escogieron a los helenistas: estoicos, epicúreos escépticos, sofistas: griegos del mundo de la vida, griegos concernidos con su existencia. Pero esto no es nuevo. Una oteada a la historia de la filosofía nos conduce a la Fenomenología del Espíritu, de Hegel, donde precisamente tres figuras inauguran la historia de la autoconciencia: escepticismo, estoicismo y conciencia desgraciada. Se trata de “figuras existenciales” donde el individuo no puede participar de la vida política común, pues la verdad ha huido del mundo y sus fuerzas se le revelan como insuficientes ante el curso del mundo. La fuerza del escéptico es tan grande como la fuerza del deconstructor, que todo lo desbarata, todo lo destruye… para sí.
Pues bien, estas figuras griegas de la existencia, que arremeten contra Platón y Aristóteles y que serán tierra de cultivo del cristianismo, surgen también de la destrucción de la antigua Grecia. A partir de ahora existirá, pero en sentido cosmopolita: del Ego hasta el Indostán. Nietzsche siempre alabó de los griegos su capacidad de asimilación, por encima de sus capacidades inventivas. Fueron el gran estómago que digirió oriente y del que surgió occidente. Pero no porque Grecia fuera el inicio absoluto de Occidente: ésta fue elegida retrospectivamente como su padrino, su patria trascendental, como se expresaría Hölderlin. Lo que se excreta de oriente es el abono de occidente. Así sucedió también alguna vez con oriente y con todas las regiones que no están ni al este ni al oeste de las narraciones preferidas (como sucede como Mesoamérica). El primer error de los decoloniales consiste en creer que todos los ropajes que viste Occidente fueron tejidos por él. Europa y luego el Occidente expandido, han sido, como todos los grandes pueblos expansivos y coloniales, grandes fagocitadores: de ideas, de tecnologías, de religiones. Su gran religión era oriental; el pueblo inspirador de su razón, un gran intestino de oriente; y su suelo natal, el terreno baldío dejado por Roma. Pero era cuestión de tiempo, sobre todo por el maravilloso celo filológico de los occidentales, el constatar que los primeros nunca existieron (en sentido radical, no hay pueblos originarios), que todo había sido ya prestado, reinterpretado, recortado, cosido y recosido. No hubo “decisiones originarias”, sino orgías culturales. Y todo presente, toda época y toda configuración histórica estuvo siempre marcada por contradicciones, tensiones y fuerzas, más que por “discursos dominantes”. O bien, deberíamos hablar de contradicciones dominantes. Es completamente fútil asignar invenciones: si fue Tebas, Atenas, Babilonia, Persépolis o alguna de las ciudades de China o India.
Grecia es Grecia por primera vez, y no un conjunto de ciudades a veces en disputa, a veces aliados, cuando Alejandro Magno la unifica y expande. Lo que aquí interesa es que los griegos elegidos por el siglo XX fueron los cosmopolitas, los que vieron sus antiguas ciudades crecer más allá de los cómodos muros del hogar. Creonte castiga a Polinices prohibiendo ser enterrado dentro de los muros de la ciudad. ¡Cuán absurdo se vuelve tal castigo cuando el imperio llega hasta la tierra de los gimnosofistas! En su Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres Diógenes Laercio relata que Demócrito “fue a Egipto a aprender la Geometría, a los Caldeos de Persia y al Mar Rojo. Aún hay quien dice que también estuvo en la India con los Gimnosofistas y que fue a Etiopía” y de Pirrón, el gran escéptico, escribe que acompañó a “Anaxarco por todos lados y que fue tan lejos que llegó a los Gimnosofistas y Magis de la India”. Lo más seguro es que se trate de yoguis. Repito, es trabajo de filólogos establecer los caminos y los intercambios más notables, pero nos bastan pequeñas claves para apoyar lo evidente: que las ideas requieren trazos de movimientos y transformaciones, más que asignaciones geográficas. Sor Juana es aquí una figura clave. En su Neptuno Alegórico indica cómo la Virgen María no es sino la heredera de la antigua diosa Isis. No hay dioses autóctonos, solamente dioses migrantes, menesterosos. Los humanos les prestan hogar por un tiempo, antes de quedar nuevamente desamparados. El hinduísmo (ese conjunto de tradiciones filosóficas y religiosas) y el budismo fueron probados por los griegos. Lo inverso ya lo sabemos: el reino de Bactriana fue una provincia antiguamente hindú que estuvo bajo el reinado de los griegos (reino grecobactriano). En su arte podemos ver a Buda con Hércules, Zeus echando a andar la rueda del dharmachakra.
Diferentes capas de pensamiento “oriental” se hayan depositadas en lo que reconocemos como occidental y eso incluye, de manera inmediata, tanto la vieja ataraxia de los griegos, como la contemporánea serenidad alemana de Heidegger. Ataraxia significa ausencia de turbaciones, imperturbable ante los acontecimientos del mundo, aspiración por excelencia de epicúreos, estoicos y escépticos. Heidegger utiliza la palabra Gelassenheit, concepto central de la filosofía de Meister Eckhart y que generalmente se traduce como desasimiento. Sabemos bien de la relación que hay en este último entre Dios y la nada, y del papel central que juega la vacuidad en el budismo. Nuestro es el tiempo del nihilismo, del vacío, de la nulidad, época de maravilla por la nada y, en matemáticas, por el conjunto vacío y el cero. Cero (nada, vacío), algo, apenas algo (el diferencial), uno (el cada uno, la individuación), infinito (lo ilimitado, lo circular, el abismo), todo: estos conceptos se encuentran profundamente emparentados y forman una de las constelaciones conceptuales esenciales de nuestra época que nos acercan al budismo, siempre interesado por lo vacío. Si realizáramos un hexágono de oposiciones al estilo de Jean-Yves Béziau, tomándonos ciertas licencias, obtendríamos el siguiente diagrama:
En este hexágono podríamos orientarnos mejor, como con una rosa de los vientos, para conocer el territorio conceptual y hacia dónde apuntan el “uno”, la “nada” o lo “infinito”, esos términos metafísico-matemáticos donde se juegan los límites de nuestra existencia (lo absoluto mismo) y donde, sin duda, budismo y cristianismo se rozan. Las religiones no pueden oponerse, no son puntos de un espacio, o términos aislados de una relación lógica. Ellos mismos son espacios que distribuyen puntos: ideas, conceptos, posiciones, suposiciones. En otros términos, cristianismo y budismo pueden medirse por la distribución de los términos: dónde está la unidad, dónde está la totalidad (si la hay), dónde la nada, dónde el algo y si ellos, sí, se oponen, se complementan, son inconmensurables, etc.
Pero a dónde queremos llegar es la posibilidad de interpretar políticamente el budismo, particularmente, sus relaciones con el marxismo, que subrayó el pensador hindú Ambedkar. La razón es simple: esta combinación articularía la dimensión inconmensurable de la existencia y la participación política. Marxismo y budismo. ¿Qué Frankenstein es éste? Dos tradiciones aparentemente inconmensurables (oriente vs occidente) duplican su inconmensurabilidad al apuntar, una, a la política (suponiendo la destrucción de la religión), y la otra, a la vida despierta, guiada por la meditación y el apartamiento de la gran política. Pero la mezcla no es menos escandalosa e indigesta que la propiamente occidental: Jerusalén, Atenas, Roma. Y lo es menos si consideramos el comunismo chino, con su herencia taoísta-confuciana-budista o la época postindependentista de la India, con su rico fondo religioso y filosófico que incluye el Vedanta, el Yoga, las enseñanzas del Bhagavad Gita, el jainismo y el budismo. También el budismo tuvo en India y en el Tíbet alianzas con grandes imperios (Ashoka y Trisong Detsen son aquí emblemáticos y análogos a Constantino). En la historia reciente sabemos de la persecución de los líderes del Tíbet por parte del gobierno comunista chino y sabemos también de la adhesión temprana del Dalai Lama al marxismo, así como de las guerrillas tibetanas independentistas, en la que participaron monjes budistas.