Gustavo Rodríguez Zárate

Jueves, Junio 24, 2021 - 18:25

Vivía con la pobreza de un cura y la sagacidad de un líder político para sobrevivir al peligro

Doctor en Administración Pública con estudios de doctorado en Ciencias Penales. Especialista en inteligencia y cotrainteligencia con más de 30 libros publicados. Ha diseñado un mapeo sobre la feudalización de la delincuencia organizada en México.

Murió Gustavo Rodríguez, sacerdote católico que despachaba un día sí y otro también en las inmediaciones de la colonia Aquiles Serdán. Dada la premura de su muerte, aprecio a los editores de e-consulta que me hayan permitido burlar el calendario de publicaciones para contar un poco de este hombre.

Lo que viví con Gustavo alcanzaría con entera facilidad para un libro de buen tamaño, pero no es buena idea porque el rencor de muchos sigue ahí y la protección a los migrantes es una tarea que no puede terminar con la muerte de su principalísimo promotor en Puebla.

Gustavo tenía muchísimos amigos y conocidos, pero también una legión de personas que lo detestaban puntualmente. Y lo odiaban sin pausas porque protegía a cientos de inmigrantes que representaban cientos de miles de dólares para los cárteles.

Cerca de esos grupos de alto impacto, había funcionarios públicos que se frotaban las manos con lo que podrían obtener en forma de comisión por acercar a esos viajeros a las mafias.

Peor aún: Gustavo sabía que adentro de sus propias filas había gente que abominaba lo que hacía, por lo que como aquel cordero del que daba cuenta Kafka, este sacerdote dormía con un ojo abierto porque el lobo estaba cerca.

En las caravanas migrantes llegaban sus “protectores”, enviados por distintos poderes. Salivosos y displicentes, caminaban como si se dispusieran a torear y dizque revisaban que todo estuviera en orden. En realidad, solo andaban vigilando a Gustavo, quien los recibía y los despachaba en minutos.

Las caravanas también han sido de utilidad para ver desfilar a una porción de la clase política, hablando de revoluciones e izquierda, a bordo de sus camionetas relucientes.

Instalado en la náusea, me tocó ver a legisladores locales y federales arribando para tomarse la foto con los migrantes. Como argumento para sus vacuidades, llevaban veinte o treinta mochilas baratas para regalar entre mil o mil quinientos migrantes. Una vez que subían sus fotos en Twitter, se largaban sin mirar atrás.

Agazapados en el parque frente a esa parroquia cuando llegaban las caravanas, había halcones que trabajaban para distintos grupos delictivos. Ésos sí sabían vigilar. Se les espantaba y regresaban otros, con mayor profesionalismo que aquéllos que decían proteger a Gustavo desde distintas dependencias oficiales.

Gustavo sabía claramente la diferencia entre ser valiente y temerario: el valiente aprende a controlar el miedo. El temerario no conoce al miedo y por eso es el primero en morir.

Tuve el privilegio de escoltarlo en un periplo extraordinariamente peligroso de su vida, porque la delincuencia organizada le había dicho que moriría por cuidar de los migrantes.

Desconfió de la autoridad porque sabía que estaba infiltrada, así que mejor optó por los amigos y los cercanos para que le echáramos la mano. Cuando hubo que demostrar para qué estábamos ahí, me tocó ver como “sus protectores” se evaporaron, en una actitud claramente hipócrita y cobarde.

“La última letra” rondaba aquel lugar en el que despachaba aquel sacerdote y había que proteger al amigo. Mis honorarios por esos breves días de alucinación fueron docenas de tortas con jamón, café y un estrés pegajoso. Salí rayado.

Por supuesto, Gustavo era la pesadilla de cualquier escolta porque se movía sin control y había que hacer toda suerte de maromas para poder equilibrar su protección al tiempo que se dejaba querer por docenas de personas que lo visitaban.

Pasó el peligro y yo regresé a mi mundo. Nos hablábamos por teléfono y de repente le caía en su oficina. Rodeado de periódicos y revistas, se sentaba a conversar. Interrumpía nuestra charla a cada momento porque llegaba alguna señora a pedir informes, a pagar un servicio, o a que le atendieran a alguien. Y Gustavo siempre estaba disponible, porque era un enfermero que no sabía de vendajes sino de cuidados para el alma.

Gustavo comía mal: comía a toda velocidad y siempre andaba ocupado atendiendo a medio mundo. De repente, en ese lapso de peligro en el que estuvimos juntos, me decía “Me voy a echar un sueñito” y se dormía media hora. A mí me asustaba como podía andar en ese tren de actividades y como diría mi abuela, “malpasándose”.

Sin temor a equivocarme, puedo afirmar que pocas personas en México -sí, en México-, tenían un conocimiento tan profundo como Gustavo en lo que se refiere a crimen organizado. Lo visitaba de noche y comíamos pan con café, mientras hablábamos incansablemente sobre nombres, cárteles, hechos.

Gustavo vivía con la pobreza de un cura, la astucia de un experto en inteligencia y la sagacidad de un líder político para sobrevivir entre tanto peligro. Como no podría ser de otra manera, escudriñaba con cuidado cuando se le comenzaba a tratar. Y después, era bromista, confianzudo y confidente.

Una tarde, entramos al templo y había por lo menos unos quince niños. Imagínese el lector: ¿qué pecados podrían haber cometido esos morros de diez, once años? Pues, formales, estaban en fila esperando a ser confesados.

“Aquí me quedo cerca del confesionario. Te vas a llevar un par de horas confesando a esos niños”, le dije. “¿Dos horas? ¿Cómo crees?”, me respondió sonriente. En media hora había confesado a todos los niños. “A sus pecados los lava Jesús directamente”, me dijo mientras nos dirigíamos a toda prisa a la sacristía.

Un día, Gustavo me devolvió el favor y me protegió a mí. Ahí descubrí que el tipo tenía una extraña cualidad: sabía cuándo sus cercanos, aún lejos, estaban en problemas. Y mandaba la ayuda sin que se le esperara.

Querido Gustavo: sé que sonreirás al leer esto y me regañarás por contar un poco de ti. ¿Qué quieres que haga? Con todo, intuyo que me otorgarás el perdón por hablar sobre tu persona, porque fuiste un tipo al que siempre le admiré su prodigiosa memoria y el tesón para seguir adelante pero sobre todo, tu pragmatismo para tratar con personas que odiaban lo que hacías, pero que de alguna forma podían apoyar en los fines que te interesaban: proteger a los más desvalidos, a los que solo sirven para que algunos se tomen la foto.

¿Quién te sucederá? Menudos zapatos dejas para llenar.

Adonde estés, guárdame una torta de jamón. Hasta siempre.