Miércoles, 20 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

El grupo de la muerte

“La gente creerá lo que tenga que creerse”, como en la construcción social en materia de seguridad

Mauricio Saldaña

Doctor en Administración Pública con estudios de doctorado en Ciencias Penales. Especialista en inteligencia y cotrainteligencia con más de 30 libros publicados. Ha diseñado un mapeo sobre la feudalización de la delincuencia organizada en México.

Lunes, Junio 21, 2021

Instalados en una viscosa combinación de desmemoria, ignorancia e hipocresía, la mayoría de los medios de comunicación encontró en “los chiapanecos” a la coartada idónea para esconder un océano de estulticias federales, estatales y municipales en materia de eso que le dicen seguridad pública, pero que va mucho más allá de este término.

“Los chiapanecos” se volvió un término descalificatorio. Hace unos días leí un artículo en un medio poblano que apuntaba la muerte de un muchacho en un municipio peligroso. Y el editor cabeceó: “era chiapaneco”. Para que quede claro que el tipo merecía morir porque seguro trabajaba para un cártel… por ser chiapaneco.

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Si a esas nos vamos, “los tlaxcaltecas” son tratantes de mujeres por definición, al tiempo que todos “los chilangos” vendemos fayuca de Tepito y “los poblanos” son lavadores de dinero de distintos cárteles, y todos “los sinaloenses” son amigos de Joaquín Guzmán. Así de mal anda la mente de quien cabecea periódicos para venderlos.

Casi la totalidad de los personajes que han despotricado contra Raciel López Salazar y sus colaboradores, estaban enmudecidos cuando aquel dirigía al C5 y no era para menos: si no se tiene más trayectoria que transcribir boletines, es entendible que el miedo sea el motor creativo y durante un tiempo, López Salazar era una maravilla.

Mientras los medios escupieron todas las hazañas que pudieron a favor de López Salazar, a los marinos los enviaron a una composta incomprensible. Para esos redactores, los marinos eran una panda de imbéciles; en cambio, Raciel era la consagración de las Personas Ilustres. Un prohombre que se dedicaba un día sí y otro también a generar prodigios.

Para la aplastante mayoría de la prensa local en ese entonces, Raciel apenas posaba su mano en el escritorio y llegaban los milagros en serie. Todos los secretarios anteriores eran una caterva de inútiles. Raciel era el estándar de la eficiencia policiaca.

Ninguno de los medios que besuqueaba a López Salazar y a su tripulación, veía lo que ellos hacían en realidad. Y no lo veían porque así les convenía a todos, menos a la ciudadanía. A los habitantes de Puebla se les vendió que había arribado un dream team níveo.

Con López Salazar en Puebla, ocurrió lo mismo que con Víctor Carrancá: el antiguo fiscal era una combinación de Burgoa Orihuela con Sherlock Holmes. La prensa le lanzaba piropos cuando su jefe estaba vivo y con el poder en la mano. Después, la máquina mimosa dejó de funcionar y se le encontró un compendio de abusos.

Apenas se fue Raciel, inició un vendaval de eructos en su contra. Para la mayoría de los medios de comunicación, Raciel es en este momento, el mismísimo Satanás. Sus muchachos eran unos trogloditas. Por supuesto, innumerables sonseras han sido publicadas sin pausas porque Raciel no está ahora en Puebla para visitar a esos valientes periodistas.

Algo más: sus críticos no investigan ni analizan. Repiten lo que les dicen y el más letrado transcribe una traducción de “El Universal” porque ni siquiera saben consultar el portal del Departamento de Justicia de los Estados Unidos, porque está en inglés.

Pero para quien reprobó inglés en la preparatoria, ahí está la fabricación de mitos que permite alimentar el fuego de los disparates, como el caso de las cabañas en la prisión local.

La renta de las cabañas en el penal de San Miguel es un negocio que data desde la inauguración de ese espacio. Y por muchos años, parte de esos dineros se ha repartido hasta la cúspide de la administración pública. Ahora resulta que esa renta es una ocurrencia manufacturada en Tuxtla Gutiérrez.

Dentro de la notoria memorabilia local, ahora destaca el que se desmanteló al “grupo de la muerte”, que tiene un nombre menos hollywoodense: Grupo Especial. Esa clase de grupos son indispensables en cualquier dependencia policiaca estatal porque son los que hacen el trabajo que los policías comunes no saben hacer.

Los grupos especiales son un parche al interior de las policías en todo México porque atienden necesidades sumamente demandantes. Generalmente son integrados por cuadros muy agresivos que no se esconden en las enaguas de las buenas costumbres y no le corren al topón con los cárteles.

La suerte de los grupos especiales casi siempre es la misma: terminan por ser contaminados por aquellos a los que combaten. Se les desmantela y vuelta a empezar, creando otro grupo especial.

Algunos de sus cuadros terminan siendo víctimas del alcoholismo y las drogas, sin omitir al trastorno de estrés postraumático. Y sus familias suelen desintegrarse.

Al menos, hay un grupo especial en cada policía estatal en las 32 entidades federativas. Al menos, porque el Estado de México y la Ciudad de México tienen más. Si la memoria no falla, Puebla ha tenido grupos especiales operativos estatales, en los últimos veinte años.

Quien maneja la Secretaría de Seguridad Pública estatal siempre tiene que echar mano de uno de esos grupos. Y si no lo tiene, sus operaciones especiales las tendrá que realizar en condiciones sumamente complicadas.

Los grupos especiales son parte del subterráneo en el que operan las policías. Si se niega la especie, es mentir. Y si se miente, hay motivos para ello, usualmente peores que la verdad.

Mientras CJNG avanza a toda máquina en Puebla, hay que inventar ocurrencias. “La gente creerá lo que tenga que creerse”, dijo alguna vez un personaje de Daniel Giménez Cacho en la película “Colosio: el asesinato”. Tal cual.

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