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OPINIÓN

La democracia representativa que no funciona

Las partidocracias son prueba de que un sistema representativo puede convertirse en oligarquía

Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

Viernes, Mayo 28, 2021

Lsa elecciones se acercan, pero no ilusionan. En absoluto. La miseria de siempre. Parece que debemos decir en voz alta lo que ya sabemos: que la democracia representativa no funciona. No funciona porque: a) opera sobre el principio de representación y no de democracia directa; b) fácilmente puede convertirse en un sistema cerrado y autocomplaciente; es lo que hoy llamamos partidocracia; c) en tanto meramente formal, es indiferente al contenido de la política que se elige, de modo que resulta impotente ante los excesos de los ganadores, especialmente contra sus opositores.

Pero lo que nos espera del otro lado de ella es probablemente peor. Esto no es ni una defensa de este tipo de democracia ni una afrenta contra movimientos y organizaciones que han intentado la autogestión y el anarquismo. En este sentido cada experimento responde a una aventura llena de dignidad. Lo cierto es que dichos experimentos han sido necesariamente autolimitados, es decir, viables en una escala pequeña y por periodos breves de tiempo de modo que no pueden ofrecer un reemplazo de la democracia representativa. Hay que preguntarse si debe ser así. Hay que preguntarse en qué nivel es más efectiva tal o cual forma. Las líneas que siguen son el resultado de un estupor. Del pasmo que debería aquejarnos cada vez que emprendemos una crítica a la democracia electoral tout court. Por un lado, ella no disimula su fracaso. Por el otro, los argumentos para criticarla nos conducen a una situación mucho más pedregosa y amenazan con una franca regresión política.

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Comencemos por la diferencia entre democracia representativa y democracia directa. La primera pregunta es: ¿qué significa participar directamente? En presencia, diríamos. ¿Pero quién estaría ahí presente y en qué calidad?, ¿quién dice yo? y ¿frente o ante a quién? ¿Significa esto que no debería haber ningún tipo de organismo que organizara elecciones y consultas?, y si fuera el caso, ¿cuál debería ser su límite, cuáles sus atribuciones?, ¿deberíamos votarlo absolutamente todo? Es decir, ¿es que no existe la más mínima diferencia entre una decisión técnica y una política? ¿Podrían nuestras vidas discurrir perpetuamente en campañas a favor o en contra de esto o aquello? (los suizos, por ejemplo, han terminado por aburrirse). Y si debiéramos votarlo todo, ¿podríamos? o incluso ¿lo querríamos?, ¿no delegamos para poder hacer otras cosas?

Entonces: ¿qué significa expresarse directamente?, ¿levantar la mano?, ¿hablar en una asamblea?, ¿emitir un voto?, ¿y da lo mismo hacerlo en mi casa, en mi barrio, en mi colonia, en mi Estado, en mi país? Es decir, ¿es factible argumentar independientemente del nivel de la sociedad en cuestión? Es obvio que más allá de las consideraciones prácticas, lo “directo” no tiene nada de obvio. Y puesto que no es obvio, tiene que ser decidido y organizado. Y también, puesto que no da lo mismo votar sobre la construcción de un nuevo piso en un edificio que sobre un partido que habrá de gobernar un país, entonces es preciso discernir.

Toda participación política es representativa en tanto que no puedo yo estar presente de manera total en cada decisión. Participo en un momento determinado, con un procedimiento determinado, en una organización determinada, en cierta calidad y nombre. Es decir, participo en un sistema simbólico. Todo esto se puede capturar por la palabra mediación. Lo “directo” de una democracia no podría depender de mí absolutamente, es decir, de que yo, con todo mi ser pudiera intervenir en todo lo que me interesa o concierne. Cuando digo “yo” cotidianamente me refiero a una oscilación de pensamientos, creencias y sensaciones que no se unen sino por cierto capricho (sintomático, diría el psicoanálisis) y por varios lazos simbólicos.

Lo que me puede competer o interesar es igualmente variable, no sólo porque mi talante y mis consideraciones pueden variar, sino porque lo que me afecta en un momento puede serme indiferente en otro. Por tanto, solamente obtengo consistencia simbólica política a partir de un reconocimiento jurídico, que me considera como individuo racional y libre en cualquier momento del tiempo, aunque no sea así. El momento en el que protesto porque mis derechos han sido pisoteados, ahí mismo invoco ese reconocimiento recíproco. Sin un organismo político común (no particular o local) no habría derecho a disentir, ni a exigir. No habría ni siquiera derecho.

La exigencia de una democracia “directa” no puede sino destruir el concepto mismo de organización política que descansa sobre la mediación y el reconocimiento formal. Pero entonces entendamos que la política oscila entre ese médium legal (y otros sistemas simbólicos de diverso nivel y complejidad) y lo que todo el tiempo le excede. Pero no es que la excedencia posea una verdad sobre el ámbito de lo establecido o viceversa. Solamente existe ese juego entre una trascendencia siempre evanescente y una inmanencia siempre malograda. Por tanto, parece que debería usar ese neologismo de aquel lógico alemán Gotthard Günther: introscendencia.    

La figura jurídica de la ciudadanía es la que exige a mi persona cotidiana, siempre variable, ponerse a la altura de una decisión particular que me obliga a los demás, como sucede en la participación política. Pero es solamente mi capacidad para separarme de mi ciudadanía como fijación absoluta lo que hace posible poner en cuestión un sistema político excluyente. Pero otra vez, ¿cómo hablar de inclusión o exclusión sin una regla que lo decida? El famoso “reconocimiento”, desde luego, no implica ser reconocido como tal y tal, en mi singularidad, es solamente una interpelación a la que siempre puedo darle la espalda. Por tanto, no es el “yo” sencillo y cotidiano el que va a votar, sino un yo investido. Ese yo investido, fabricado, ya me representa a mí. Lo mismo vale para la sociedad en su conjunto. Ella no posee ninguna voluntad popular originaria constante. Por el contrario, en tanto ella se nombra una entidad social (un Estado, por ejemplo), es que se adjudica voluntad y puede invocarla. Pero entonces el punto no es si un voto “realmente” representa a una sociedad, sino más bien la manera en que un derecho como éste (el voto) produce un determinado tipo de sociedad. Lo siguiente es cómo práctica este derecho. Y en la praxis todo puede salir mal. De hecho, la praxis es el terreno del tanteo y el experimento.

La ideología más poderosa de nuestra época es aquella que considera a la economía y a la política como ciencias de la decisión. Las personas son consideradas consumidores que se enfrentan a un universo de posibilidades llamadas mercancías. O bien, las personas son votantes y se enfrentan a un universo de posibilidades llamadas candidatos o partidos. En el primer caso yo decido a quién dar mi dinero, que es finito, con lo que expreso mi preferencia. En el segundo caso, pago con mi voto pero finalmente expreso también mi jerarquía de valores. Pero, ¿cómo sabemos que hay un óptimo para todos?, ¿y cómo lo aseguramos? La economía resuelve el problema de la elección y en general del universo de la oferta y la demanda a partir del artículo de fe del equilibrio. El equilibrio es la solución matemática a un problema de racionalidad económica (egoísta) que “extrañamente” coincide con la perfección moral (bien común). No debemos intervenir en el mercado porque deformamos su bello y justo orden (por cierto, que los ecologistas se apropian poco a poco de este discurso: la naturaleza es un bello orden, equilibrio puro que viene a ser perturbado por los seres humanos).  

Pero los últimos premios Nobel de Economía han ganado la presea por demostrar matemáticamente (es decir, en el mismo lenguaje de los economistas y no en nombre de lo “inaprehensible” de la conducta humana) “sesgos” (cognitivos, de información, de poder) de todo tipo que intervienen en el mercado y que alejan la tierra prometida del equilibrio, verdadero nombre contemporáneo de la teodicea. En cuanto a la democracia, el escándalo se puede encontrar en el teorema de Arrow (o de la imposibilidad), según el cual, si un grupo de votantes posee tres o más opciones, resulta imposible generar un sistema de votación con criterios racionales que refleje las preferencias de los individuos en una preferencia global.

En efecto, toda representación puede fallar. Si no, los sistemas de representación serían una duplicación del mundo. El juego está en lo que elegimos e intentamos capturar (morfismo) con un sistema simbólico de otro sistema simbólico o del comportamiento de un deseo, una preferencia, una conducta, etc.  Representar significa elegir lo relevante, operar sobre los tránsitos de un sitio (un mundo de deseos y necesidades) a otro (un mundo de acciones y respuestas). Se trata, ante todo de un juego asimétrico de preguntas y respuestas (una relación con el Otro), juego que la matemática capta a partir del concepto de función (regla que relaciona un dominio con un codominio).

Que economía y democracia hayan encontrado limitantes estructurales a sus modelos no debería ser ninguna sorpresa, pues ellas se han expresado en el lenguaje de las matemáticas, mismas que en el siglo XX demostraron precisamente eso: la estructural limitación de toda estructura. Nada escapa a los juegos de las estructuras, pero toda estructura es limitada y no puede ser consistente (libre de contradicciones) sin renunciar a explicar cierta región o no puede ser general (tener validez irrestricta) sin enredarse en contradicciones o paradojas. La fantasía ideológica de la democracia y la economía como ciencias ha consistido en atribuir a sus fenómenos correspondientes propiedades matemáticas que permitirían asegurar la existencia y cumplimiento efectivo de óptimos incuestionables (un verdadero saber).

Pero si esto es imposible, si no hay modelo matemático que pueda ofrecer una solución u óptimo al desacuerdo, la pluralidad y la diferencia, entonces no queda sino a) jugar en los intersticios de los diferentes sistemas, o bien, b) hacer intervenir la subjetividad en el modelo, es decir, la posibilidad de cambiar posiciones. Estos razonamientos son tan simples como fundamentales. Que no haya un sistema perfecto no significa que no haya unos peores que otros, o que “el sistema” sea en realidad una resultante de varios sistemas entrelazados.

El llamado orden social consiste en un conjunto de órdenes y desórdenes parciales que se hace pasar como un orden y que, pese a todo, produce efectos sistemáticos. Vivimos en una doble posición de abismo (falta de reglas y direcciones últimas, estar sometidos al azar, etc.) y de terquedad (siempre los mismos errores, siempre los mismos temas, la misma gata, pero revolcada). En otras palabras, es el orden precario que nosotros mismos terminamos por cumplir (lo completamos, pues) por una secreta complicidad. Sin esto no podríamos entender cómo es que sistemas formales o simbólicos que rigen nuestras sociedades, llenos de limitantes intrínsecas, son capaces de producir regímenes políticos, sociales y de creencias tan longevos y estables, tan sistemáticos e implacables.

Respecto al segundo punto: ¿cómo me coloco yo subjetivamente frente a las limitaciones intrínsecas de un sistema?, ¿cómo colocarme frente a un sistema que necesariamente falla y que no permite un óptimo donde todos puedan ganar? o incluso, ¿cómo hacer donde el sistema no puede ni siquiera ofrecerme una escala para asegurar un orden parcial (poset) de preferencias, donde podría yo realizar ciertas operaciones mínimas? Pero no solamente puedo cambiar de posición al moverme de un sistema a otro, sino dentro del mismo sistema, por medio de una separación o desapego de la posición en la que soy fijado.

Quítese el voto y no se ganará ninguna pureza de corazón, ninguna voluntad directa, ninguna esencialidad comunitaria. La oposición entre democracia representativa y directa es falsa. No existe una presencia que pueda asegurar una participación no-mediada. Pero una democracia entendida como el modo en que alguien delega su voluntad a otro no es una democracia. En otras palabras, la democracia debe decidir constantemente sobre su funcionamiento en el borde de esa línea indecidible entre lo mediato y lo inmediato. Debe, pues “serpentear” entre esos extremos, sin poder nunca alcanzar una síntesis dialéctica. Deberíamos tener siempre en mente que una crítica a la democracia representativa debe ofrecer una alternativa en el horizonte de esa tensión irreductible entre presencia y ausencia, mediatez e inmediatez. Cuando se lanzan críticas abstractas a aquella no se obtiene otro resultado que la invocación de las formas más antidemocráticas de la política.

Es lo que puede apreciarse con el crecimiento de las derechas en el mundo. No hemos podido discernir entre las fallas de las democracias que deben enmendarse, y el desencantamiento inevitable con la política después de lo que le confiamos en el siglo XX. Dicho de otro modo: no logramos discernir entre lo que puede y debe hacer la política. Lo común es que pasemos del odio al amor, de la fantasía a la decepción, sin comprender el carácter limitado pero dignísimo de lo político. Incluso esa necia oposición entre lo político (trascendental, puro, sagrado) y la política (empírica, sucia, calculadora) no hace sino prolongar la fantasía de una política trascendental y una empírica. Pero de algún modo debemos aprender a ser felices en el conflicto mismo, precisamente para evitar la guerra. Porque la guerra que solemos entender como un conflicto continuado, es más bien la intolerancia al conflicto, la fantasía de que se puede vencer definitivamente al otro, convertido en enemigo, que se puede poner fin a los “estorbos” puestos a nuestra voluntad y nuestros grandes proyectos. Ese camino que anhelamos no consistiría en la producción de tal o cual sistema ideal (o solamente mejor que otro), sino en nuestra posición subjetiva respecto a todo sistema: lo que esperamos de él, de los otros y de nosotros.

La política posee una limitación y en ello debe residir su potencia. Pero por norma, le pedimos lo contrario, que expanda su poder, que expanda sus promesas para cambiarlo todo, especialmente el hecho de que la especie vive en y de sus desacuerdos. Los cortes claros y distintos entre Estado y no-Estado, entre orden y espontaneidad, entre territorialización y desterritorialización, entre naturaleza y cultura, son todos inútiles. Hace falta más bien un corte diagonal. Habría que ser, al mismo tiempo, estratégicamente estatales y no-estatales, naturales y artificiosos. Andar esa cuerda floja es nuestra única esperanza. 

Afirmamos lo siguiente: las partidocracias del mundo son la prueba de que un sistema representativo puede convertirse en una oligarquía. Es verdad. Tan verdadero, que vale para los sistemas no-representativos también. Weber es quizá quien mejor lo haya visto. La racionalización de la sociedad por medio del Estado y su vástago, la burocracia, destaca de la dominación carismática y la tradicional. Una crítica al Estado que no ofrezca nada nuevo, no corre el riesgo, sino que lleva directamente a la resucitación de dominaciones tradicionales y carismáticas. Los primeros los vemos en la derecha: defendiendo los valores clásicos de la familia, la patria, la sangre y lo supuestamente autóctono. Los últimos pueden ser de derecha o izquierda y no poseen más ley que la de su camarilla. Que los partidos forman camarillas o que se nutran de tendencias derechistas está fuera de toda discusión, pero no es por ser partidos. De hecho, el partido es ese llamado que la sociedad se da para salir de sus tendencias tradicionalistas y autoritarias a las que, con todo, cede todo el tiempo. No hay que confundir el impulso que da la figura de un partido con su peor versión, algo a lo que estamos acostumbrados. Si al final el partido no puede nada contra esas tendencias, por lo menos hace visible tanto el autoritarismo como el tradicionalismo de los cuales vive de facto.

Y solemos concluir: la democracia representativa es formal, es decir, indiferente a su contenido. Pero la democracia no se puede agotar en un mero procedimiento, sino que debe tener un contenido. Pero la distinción entre forma y contenido no es simple. No hay democracia en el mundo que se haya adoptado sin haber sido adaptada. Incluso el capitalismo opera siempre a partir de las condiciones materiales, sociales y culturales que encuentra y no sobre una imposición absoluta desde arriba. La democracia no es nunca puramente procedimental. Contiene ya valoraciones y principios asentados jurídicamente. Hay una antropología filosófica detrás, un ideario, un conjunto de creencias. No es, como se quiere hacer creer, un sistema de producción de óptimos, pero tampoco la expresión directa y feliz de la voluntad ciudadana. Es la mediación estorbosa y necesaria de todo acuerdos simbólicamente relevante. Aquí la forma es fondo. Pero no es todo el fondo. Porque es cierto que la democracia es impotente frente a la economía, frente a los llamados poderes fácticos (nombre un tanto escandaloso para nombrar a cualquier actor con algún capital político que le permite incidir en la esfera de la toma de decisiones). La democracia siempre posee demasiado contenido político como para ser un mero procedimiento formal y es demasiado formal como para asegurar un contenido político determinado. Forma y contenido ni se complementan ni se resuelven, sino que solamente movilizan la inestabilidad de su frontera. Y parece que es así el destino entero de la democracia, moverse entre dos insuficiencias: ni ciencia ni política puras.

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