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OPINIÓN

A diez años del fallecimiento de Leonora Carrington

De carácter e imaginación indómita, Leonora crea gran parte de su obra en México

Elvia de la Barquera

Egresada de Antropología UDLAP, Bellas Artes Universidad de Barcelona y Doctorada en Espacio Público: Arte-Sociedad UB. Artista, investigadora, docente y Crítica de Arte con publicaciones varias

Viernes, Mayo 28, 2021

El pasado martes 25 de mayo se cumplieron 10 años del deceso de la artista nacida el 6 de abril de 1917 en Lancashire, Inglaterra.

Si ser mujer hoy en día es peor que un deporte extremo, ser mujer y artista en la primera mitad del siglo pasado implicaba romper esquemas, ir contra las reglas; lo que requería rebeldía y carácter. Así se ha conocido a esta escritora, pintora y escultora.

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Reconocemos de sus pinturas y esculturas las figuras alargadas, los rostros geometrizados, los cuerpos estilizados, envueltos en magia y ambiente onírico. Sus obras son protagonizadas por seres fantásticos en que toman relevancia los animales propios de la vida campirana de Inglaterra, fundidos con seres fantásticos de la mitología celta y con los que se han gestado de la prolífica imaginación de Leonora, dando como resultado seres polimorfos, bestiario que también se encuentra en su literatura.

Domina en ella la libertad, los sueños, el legado, el paisaje, su entorno, su tiempo y su cultura, y como un caballo que va a galope, así va su imaginación y su carácter indómito. Debido a su inclinación por el dibujo y a su rebeldía juvenil es enviada a Florencia, donde entra en contacto con el Renacimiento.

Al volver en 1936, entra a estudiar a la Amédee Ozenfant Academy de Londres, siendo la primera mujer en ingresar. Ahí conoce a Max Ernst, con quien se va a vivir a Francia tiempo después. Ya en Francia se une al Movimiento Surrealista de André Bretón. Sin embargo, el surrealismo estaba ahí como un movimiento propio de su época de entreguerras, como una manifestación que apela al no-raciocinio, a lo onírico, al absurdo, al azar,  pero sobretodo, a la libertad. La libertad es quizá el vocablo que más se ciñe a la definición de Carrington, por eso la artista es surrealista, de manera nata, sin manifiestos, simplemente fue así su naturaleza y la naturaleza de su obra.

Cuando, a raíz de la Segunda Guerra Mundial, Max Ernst es llevado a un campo de concentración, nuestra artista entra en un choque psicótico y es internada en un hospital psiquiátrico en Santander, de donde logra escapar cuando iba a ser trasladada a Sudáfrica. Llega a Lisboa y ahí conoce a Renato Le Duc, con quien se casa para poder salir de Europa, se trasladan a Nueva York y posteriormente a México, donde se establece definitivamente. Un viaje sin destino preestablecido. Y es que en 1942, México abre sus puertas a refugiados de la Gran Guerra. Ya en estas cálidas tierras conoce y se reúne con Wolfgang Paalen , Benjamín Peré, Günter Gerso, Remedios Varo, Luis Buñuel, José y Katy Horna, y con los artistas mexicanos Frida Kahlo y Diego Riera, y los literatos Carlos Fuentes y Octavio Paz.

En su obra recurre a los recuerdos de su niñez, por lo que no es difícil encontrar muñecas y juguetes, pero adaptadas a su nueva realidad y su imaginación, por lo que se entrelazan con símbolos en espacios mágicos e ilógicos.

En 1946 se casa con el fotógrafo húngaro Emir ‘Chiki´ Weisz. De esta nueva vida, con nuevas actividades, con nuevos conocidos y múltiples amistades, se desprende una obra cada vez más compleja, más rebuscada, cada vez más elementos presentes queriéndose robar el protagonismo de la escena, y es cuando la mirada del espectador se pierde en un tránsito sin destino explícito, en un recorrido visual que vuelve a empezar una y otra vez.

Sus figuras están cargadas de simbolismo a veces en la forma, a veces en un tatuaje. El huevo, por ejemplo es un elemento constante que refiere al inicio de la vida, pero también al centro del universo.

Sus bronces relatan libertad, pero también relata y re-utiliza el simbolismo celta actualizándolo a su tiempo y a su propia historia. Sus pinturas recrean mundos visuales internos y externos, fundiendo el pasado y el presente. Por eso no hay repetición en su obra, cada una es una gestación diferente, el momento es clave para su creación. De sus obras podemos destacar el mural El Mundo Mágico de los Mayas (1964) en el Museo Nacional de Antropología e Historia en la CDMX.

Leonora Carrington también se dedicó a la literatura, escribió teatro, poesía, novela, y además utilizaba la pluma para dejar desbordar su imaginación y sus realidades como Memorias de Abajo, donde registra sus experiencias en el psiquiátrico.

Si bien la cultura mexicana no influyó en su imaginario, la artista produjo gran parte de su obra en este país que sabiamente abrió sus puertas a una inmigración trágica, como toda migración.

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