La primera semana de enero siempre es una buena época para reflexionar sobre el pasado, analizar cómo llegamos hasta aquí y sí es un buen momento para hacer un cambio de rumbo en lo que concierne a nuestras vidas.
Propongo, querido Lector que no pensemos en la pandemia, la toma del capitolio y el posible golpe de Estado de Trump, así como tampoco en los problemas económicos que padecemos en estos momentos, y exploremos un episodio del pasado del que pocas veces se habla.
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Hoy narraremos algunos hechos interesantes sobre la mina de La Aurora ubicada en “La Perla de la Sierra” poblana, Teziutlán.
Es bien sabido por la mayoría que durante el porfiriato, se privilegió la inversión extranjera dentro de nuestra entidad. Era parte de una política nacional que animaba a los extranjeros de Europa y Estados Unidos a invertir y desarrollar la industria textil, la agricultura, la industria ferroviaria así como las comunicaciones, con la finalidad de detonar una Revolución industrial como la que se estaba experimentando en Gran Bretaña, Alemania y Estados Unidos (que en ese momento vivían la segunda Revolución Industrial).
En Puebla descubrimos colonias de extranjeros que vieron en nuestra entidad un buen lugar para invertir y acrecentar su capital.
La historiografía de nuestro estado enfatiza el estudio particular de las colonias española y francesa durante ese tiempo, pero poco se ha enfocado al estudio de las colonias estadounidenses que se establecieron en las ciudades de Puebla y Teziutlán durante la gubernatura de Mucio Práxedes Martínez.
La primera pregunta que debemos responder es ¿por qué llegaron estadounidenses a vivir a Puebla? A diferencia de los españoles y los franceses que eran católicos y hablaban el castellano o una lengua romance, los anglosajones se topaban con la barrera del idioma y la práctica de religiones cristianas que para la mayoría de los poblanos eran herejía.
En el caso que le interesa a este artículo, se puede afirmar que llegaron los estadounidenses a Teziutlán por la riqueza mineral de sus minas, particularmente por la explotación del cobre.
Entre 1895 y 1905 el cobre se convirtió en el metal más preciado de Europa y Norteamérica.
A partir del descubrimiento del telégrafo, se comprobó que los mensajes “se podían transmitir de manera casi instantánea a través de alambres de cobre” (Unger 2009, 10).
El cobre no sólo fue importante para la telegrafía, sino que se convirtió en una piedra angular del avance del Estado-nación:
En la etapa en la que se encontraban la tecnología y la ciencia, no se podía concebir de la electrificación y del ferrocarril sin el uso del cableado y los acabados de cobre. Prácticamente todos los cables de telefonía y de telegrafía estaban hechos de cobre, ya que era el mejor conductor de electricidad que se conocía hasta ese momento (Brooks 1918, 527).
El cobre también era importante para las municiones de los ejércitos:
Cada casquillo de cartucho de rifle contenía una onza de cobre… cada proyectil que se disparaba está rodeado de una banda de cobre que protege al misil del contacto con el arma que lo dispara. Cada fusible tiene cobre entre sus componentes (Brooks 1918, 523)
La población en general también empleaba el metal en “calderas, alambiques, ollas, tubería, clavos, cables, la imprenta, pararrayos y plumas” (Brooks 1918, 527).
Teziutlán se convirtió en un objeto de interés para inversionistas estadounidenses a partir de 1890.
Un artículo en el periódico The Two Republics explicó a sus lectores que el territorio de Teziutlán era “bastante rico en minas y es a la vez un país bueno para la agricultura. [Otra ventaja de la región] es que la mayoría de las minas son colindantes a la ciudad de Teziutlán y el pueblo de Zaragoza.” Otra utilidad que poseía la zona de acuerdo al periódico, era la mano de obra: “Hay mil quinientos hombres dedicados a la construcción” que podían ser empleados para explotar “las minas en esa región” (Railroads 1899, 8).
Teziutlán se volvió más importante para los empresarios estadounidenses a partir de la construcción de la línea San Marcos-Tecolutla.
La línea comenzaba en el pueblo de San Marcos (actual Lara Grajales), lugar privilegiado, ya que en ese lugar se conectaban los ferrocarriles “Mexicano” e “Interoceánico,” que iban del Puerto de Veracruz a la Ciudad de México.
Se sabía que el ferrocarril ayudaría a la explotación de la riqueza teziuteca que constaba de “madera, carbón, petróleo, oro, plata,” (Tecolutla R.R. 1899, 2). Al tiempo de la construcción del ferrocarril se localizó la mina más importante de la sierra durante el porfiriato: La mina de La Aurora fue descubierta por el piamontés Vicenzo Toledano, que denunció ante las autoridades su descubrimiento el 31 de octubre del 1892 (Una estampilla de á cincuenta centavos debidamente cancelada 1892, 15).
La compañía que explotaría la mina se organizó como The Mexico Mine Exploitation Company en 1900, y se nombró como presidente de la compañía al estadounidense George D. Barron.
Fue el mismo Barron el que recomendó se comprarán las mina de La Aurora, Venus, y Saturno, después de que varias yacimientos que había adquirido como consorcio, habían fracasado.
Desafortunadamente para los accionistas, la compra de las minas se prestó a una estafa por parte de Barron, ya que en lugar de escriturar las minas a nombre de la corporación, lo hizo a su nombre.
Poco después de la compra de las minas en Teziutlán, la Mexico Mine Exploitation Company se disolvió, pero las escrituras de La Aurora no se entregaron a la compañía como parte del finiquito. Los socios de Barron alegaron que la compañía se desbarató de manera ilegal, y por ende, exigían que este devolviera la parte que correspondía a la corporación.
En el juicio que se realizó en 1910 en contra de Barron para determinar la propiedad de la mina de La Aurora, este alegó que no defraudó a los socios.
Justificó que compró las propiedades a título personal, porque los individuos que le vendieron preferían tratar con una persona y no con una entidad comercial.
Para 1910 la mina de La Aurora había exportado a Estados Unidos mineral con un valor de $6,317,091.00 de dólares.
Barron perdió el juicio en la Segunda Corte de lo Civil.
La Corte le condenó a pagar en un período de ocho días la cantidad de $16,649,678.38 de pesos, con un interés del 6% anual, comenzando con la fecha de la estafa, señalado como el 21 de diciembre de 1903.
También debía pagar los gastos de la corte: el interés que tendría que pagar se calculó en $33,059,804.50 de pesos.
Los intereses diarios acumulados equivalían a $2,754.25.00 pesos, una fortuna en aquellos tiempos.
Se le condenó también al pago del abogado de sus antiguos socios, el Licenciado Francisco A. Serralde, que cobró un 10% del total del juicio, lo que sumaba $2,305,908.45.
Hasta ese momento fue la multa más grande que se había impuesto en una corte mexicana a cualquier demandado (Twetny Three Million Peso Fine Levied 1910, 1).
Twitter: @Fofi5
Trabajos citados
Brooks, Sydney. «The Coming Copper Famine .» The North American Review, Vol. 207, No. 749 , 1918: 522-532 .
Periódico Oficial del Estado de Puebla. «Una estampilla de á cincuenta centavos debidamente cancelada.» 18 de November de 1892: 15.
The Mexican Herald . «Tecolutla R.R. .» 13 de July de 1899: 2.
The Mexican Herald. «Twetny Three Million Peso Fine Levied.» 29 de June de 1910: 1.
The Two Republics. «Railroads.» 10 de July de 1899: 8.
Unger, Irwin and Debi Unger. The Guggenheims: A Family History. New York: Harper-Collins e-books, 2009.