El castigo a una presidencia divisiva

Martes, Noviembre 17, 2020 - 07:20

Las comparaciones son odiosas, ambos liderazgos sólo se parecen al polarizar la sociedad

Politólogo, profesor investigador de ciencias políticas de la Ibero Puebla

Juan Luis Hernández*

 

En México el antilopezobradorismo está viendo en la victoria de Biden sobre Trump una suerte de posibilidad de vencer en las urnas a lo que consideran el trumpismo local. Sienten como suya esa gesta, se dan ánimos para las elecciones de 2021 y se ilusionan con la perspectiva de que el populismo se puede vencer en su propio terreno.

Comparar a Trump con López Obrador puede ser una estrategia política con ciertos dividendos, pero también puede conducir a conclusiones que distorsionan el sentido común y las claves de la lucha por el poder en cada lugar. El multimillonario populista vulgar de derecha gobernó haciendo apología de la violencia y defendiendo una nación americana blanca y anglosajona. López Obrador no es un populista completo, sostiene convicciones conservadoras y alienta algunas agendas izquierdistas. Avanza contra el outsourcing (precarización laboral), pero se aferra al dióxido de carbono y las energías sucias. Las comparaciones son odiosas, pero en este caso, ambos liderazgos sólo se parecen en una sola dimensión: polarizar a la sociedad.

La polarización política se esparce en todo el mundo. Las élites políticas, locales y nacionales, han visto en la polarización la oportunidad de sintetizar la complejidad de la política. Hacer de la lucha por el poder sólo dos bandos visibles, en el cual el otro es indefectiblemente el representante del mal y por lo tanto tiene que ser eliminado, le ha traído dividendos electorales a partidos e hiper-liderazgos. La polarización se nutre de los déficits que las sociedades han ido acumulando a lo largo de muchos años, se nutre de los viejos y nuevos prejuicios sociales, se nutre de noticias falsas y de una pulsión que nos acompaña como humanidad desde las primeras tribus hace diez mil años, la necesidad de una falsa seguridad que nos lleva a odiar y repeler a lo diferente.

Polarizar es atizar el odio al otro, es construir un muro donde no lo había, es separar y confrontar a los que no sabían que eran enemigos. Polarizar es envenenar la discusión pública, fabricar odiadores, ampliar el catálogo de adjetivos calificativos denigrantes y denigratorios, es sembrar las semillas de una guerra civil.

Los 75 millones de votos para Biden se explican no por lo que él es o lo que representa el Partido Demócrata. Es inequívocamente una insurrección electoral contra la presidencia kakistocrática de Trump. Pero Biden centró buena parte de su discurso electoral en atacar la polarización, en desmontar la mentira de los dos bandos irreconciliables, en hacer política para unir las energías sociales en un proyecto constructivo de nación más que utilizar hasta el último aliento para aplastar al de enfrente.

El Presidente divisivo, el odiador de la diferencia, no se quedó solo. Lo apoyaron 70 millones de exultantes y entusiasmados seguidores. La polarización le da mucha fuerza a uno de los bandos. Pero ese bando perdió las elecciones, a reserva que el poder judicial de nuestro vecino del norte nos lo confirme. Si se constata que Trump tendrá que irse a hacer oposición, la polarización no le sirvió para sostener el poder, pero sí para tener capacidad de veto y una agenda de país deseada y aplaudible para muchos.

En México, López Obrador juega con fuego al dirigir su propia polarización. Se gobierna con las palabras y con los hechos. La palabra divisiva le genera ya al Presidente un arcoíris de oposición que le confirma en la polarización y que apuesta a conservar la fidelidad de los suyos. Pero México no es Estados Unidos. Aquí la cultura política y los prejuicios sociales se mueven de otra manera, con otras claves interpretativas. Y ese olor de lo público evidencia que el principal error de López Obrador es sostener una narrativa polarizante de ellos /nosotros.

Dividir a México y a los mexicanos ya lo habían hecho los partidos que sostuvieron el gobierno oligárquico, pero con la habilidad de hacerlo por la vía de las políticas públicas con un discurso de unidad nacional. López Obrador ha querido emparejar el terrero apretando más a las élites económicas y distribuyendo importantes porcentajes de dinero público a los sectores de menores recursos, pero con un relato que divide cada vez más emocionalmente a los mexicanos. ¿López Obrador necesita polarizar para gobernar? Me parece que su olfato se ha perdido en alguno de sus recorridos. Lo que puede derrotar en las urnas al Presidente es su necedad de dividir a los mexicanos, ahí se incuba su derrota de no cambiar el timón de la narrativa. Que vea al norte para que tenga un norte.

*Politólogo, Director General del Medio Universitario de la Ibero Puebla.


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