Esta semana visité la comunidad de Santana Coatepec, donde se produce cempasúchil y flor de terciopelo, elementos importantes en los altares de muertos que ponemos en esta temporada. Me entristeció ver cómo la dificultad de mover mercancías en la pandemia, junto con la escasez de dinero por la crisis, pone en riesgo cosechas como ésa y otras de la región.
Convencido en la necesidad de comprar local y entre los vecinos de la comunidad, grabé un video y lo subí en mis redes, con los datos de un vecino que vende la flor. Sé muy bien que, por mejores que sean nuestros deseos para desarrollar cadenas de compra comunitarias, o nuestra capacidad para consumir lo que producimos, es solo un esfuerzo pequeño frente a la enorme tarea de reconstruir la economía regional.
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Más del 80% de los huaquechulenses se dedican al sector primario, como la agricultura y la ganadería. Nuestros campos producen principalmente frijol, maíz, cacahuate y sorgo, además de hortalizas como cebolla, ejote, cilantro y tomate, y frutas como la sandía, camote, limón, aguacate. También cultivamos flores, como las que mencionamos arriba.
¿Cómo podemos aprender de la pandemia, para crecer? En el mundo hay un debate interesante sobre cómo será el mundo después de esta crisis. Algunos opinan que tendremos un planeta más dividido en regiones, donde predomine la desconfianza e incluso la genofobia. En cambio, soy de quienes creen que la historia se acelerará, entendido esto, entre otros elementos, como una adopción más rápida de las tecnologías en cada ámbito de nuestras vidas. ¿Qué significa para la región? Nos urge innovar, para hacer mejor lo que sabemos y somos buenos.
Ese reaprendizaje no requiere en realidad mucha ciencia, pero sí infraestructura, capacitación en las tecnologías de la comunicación y algo en finanzas y logística. Quienes están leyendo esto lo hacen a través de su computadora, una Tablet o incluso sus celulares, y seguramente lo encontraron en el portal de e-consulta o en redes sociales. También es muy probable que ya realicen todo tipo de compras, ventas o transacciones a través del dispositivo que tienen frente a sí. El reto es cómo hacemos que todos los poblanos tengan acceso a este recurso y sepan usarlo para su beneficio, además para su esparcimiento.
Pensemos en las posibilidades que la inversión bien planeada en tecnologías, junto con planes de capacitación, puede traer al campo poblano. Se requiere infraestructura, para que todas las comunidades tengan acceso a la red, preferentemente pública en un inicio. No se requiere que todos tengan un aparato celular o una computadora: basta, para efectos de la política pública, que uno o dos miembros de un grupo de productores sepa usarla.
Otro elemento importante es la capacitación, no sólo en el uso de las paqueterías que les ayuden a comercializar sus productos, sino en administración de empresas, finanzas y contabilidad. Es indispensable dejar de pensar en pequeño: los mercados están cambiando sus líneas de distribución, y debemos adaptarnos. Por ejemplo, nuestros floricultores necesitan encontrar nuevos compradores sabiendo que, al menos por varios meses más, sus grandes compradores no serán organizadores de eventos, sino compradores al menudeo.
Finalmente, la reconstrucción de nuestra economía pasará por reconectar las redes de distribución. ¿Se imaginan si, además de poder comprar lo local, podemos identificar rápidamente a quien no haya vendido toda su cosecha, poniéndolo en contacto con un grupo de compañeros que vayan a distribuir su mercancía a un mercado? Las viejas cadenas se están modificando, por los riesgos de comprar y vender en lugares donde haya concentraciones masivas.
El futuro será de quienes sepan leer los cambios y se adapten a tiempo. Necesitamos gobiernos que inviertan en infraestructura y capacitación, para podernos subir al tren de la tecnología y su potencial. Estamos muy a tiempo para tomar las decisiones correctas: sólo falta visión e imaginación.