Aprender haciendo en el campo Poblano

Viernes, Octubre 9, 2020 - 12:54

En la práctica es que los niños aprenden, observan, repiten y entienden

Internacionalista, Historiador y Comunicador. Ex Presidente Nacional de los Cronistas de Ciudades Mexicanas. Cronista de Tepeaca, Puebla. Ha escrito más de 10 libros sobre historia regional. Catedrático en diversas instituciones Educativas, Director de Radio Tepeaca.com  

Esta vez, deseo compartir con ustedes una reflexión acerca de lo que en nuestro solar poblano, sucede al respecto del proceso de enseñanza para la vida, a través de la tradición oral y las características propias de la cultura rural. Que es aprender haciendo. Es decir en la práctica es que los niños aprenden, porque en el campo ellos siempre están en un segundo plano: observando, imitando, repitiendo, entendiendo la lógica, la mística y la razón de ser, siempre mirando a sus mayores.

Esas son las escenas cotidianas del quehacer agrícola en las parcelas a lo largo y ancho del Estado de Puebla.  Son esos rituales los que utilizan nuestros campesinos para educar, formar y asegurar la supervivencia de sus descendientes. Con palabras y términos comunes se enseña a conservar los recursos naturales, la visión propia del mundo, la permanencia de su cultura y su forma de trascender el tiempo en momentos de libre mercado y Neoliberalismos. ¡Que a veces razonablemente maldecimos cuando se nos intenta arrebatar nuestra cultura con modelos que atentan con nuestra forma de ser y de pensar! y la defendemos porque ¡Es lo único que nos queda frente al despojo!

Estos rituales de aprendizaje son el fundamento del México profundo. Ese México que ha resistido y se ha visto menospreciado, que ha enfrentado la imposición de patrones culturales y tecnológicos, Ese México que ha conservado y creado en la riqueza agrícola campesina, en sus fiestas, en sus creencias y  en su propia cultura -que es queramos o no la nuestra-, su perspectiva del futuro.

No entiendo a los pueblos de nuestro Estado de Puebla sin sus fiestas de barrio. Sin un buen mole poblano, en el festejo del santo patrono de x o y comunidad. No me lo explico sin la tradición oral y el conocimiento de los viejos, hablándonos de las cabañuelas; de cuando iniciar la siembra y cómo ir a piscar. De ir a bendecir los animales el 13 de enero en el día de San Antonio Abad. O el 2 de febrero, día de la Candelaria bendecir las semillas para esperar buenas cosechas. No comprendería unos pueblos de Puebla sin el lenguaje tan especial de nuestros campesinos, sin sus dichos, sus refranes, sus canciones, su fonética, su indumentaria, su forma tan especial para decir las cosas. Su franqueza y a veces… su desesperación y su llanto.     

Para los niños campesinos de Puebla, Las actividades que realizan en sus campos, en sus terrenos, en sus propiedades son como un juego; un descubrimiento agradable que les proporciona identidad cultural. Y que a la gente “fífí” de la ciudad, tan despreocupada en esos menesteres, le pasa desapercibido. Para los citadinos somos “macuarros”, “patas rajadas”, “ladinos”,”indios”, “nacos”.

Por ello este día me propuse evocarles para que reconozcamos nuestro desinterés y  recordemos lo que hemos aprendido y a veces se nos olvida y juntos volvamos a repetir las palabras que alguna vez hemos pronunciado y digamos –otra vez-, arado, fuste, aparejo, avío, tedio (y calcula con el dolor de tu cintura que el burro es lo menos), yugo, machete, tranchete y hoz; mecapal. Cuchillo, balancín, buey, mula o macho; tarea, sol, lluvia, hambre y sed; rastrojo, cañuela, caña, elote, mazorca, pizcador, olote, sorgo, maizal, fríjol, timón, yunta, garrocha, coa, carretilla, reata, nudo. Todo es tacto y tú pones el sudor y lo que falta.

Miremos la curva del lomo y la fibra del músculo en el golpe seco del azadón. Observemos, aquella carne que el trabajo le exprime sus jugos. Le llamamos abuelo, padre, pariente, persona mayor, sudor o lo que sea. En el haz de sus ojos aprendemos la transparencia.

Veamos cómo se chupa el acocote, pon el dedo en el agujerito y ve como otra vez se talla. Raspa, exprime el dulce corazón del maguey, pero no bebas, dile a tu sed que esta agua “enguisha”.

Sigamos... juguemos con los niños del campo a brincar en el hueco que dejan al paso las huellas. Escuchemos como mascan su chicle. Pongamos atención para escuchar de los mayores: “que ya cayó el chahuistle y  como balbucean que son tiempos de canícula o los jilotes y el mal tiempo”. Somos granero y yunque. Y con esas palabras crecemos allá en el campo poblano imperceptiblemente...

“Y entonces aunque pujo y siento que se me bota el ombligo, meto más el hombro y detengo el tercio, en tanto tú haces que el cincho quede justo”. La luz se quiebra en punto de los pequeños niños, que así vamos aprendiendo.

No en balde me contaron mis abuelos que se llevaron mi ombligo a las cuevas de Santa María Oxtotipan, en Tepeaca, según para agradecerle a la madre tierra, el fruto de mi nacimiento. Que no es más que el pensamiento de la cosmogonía indígena de nuestros Pueblos. Y de ese Puebla profundo que lamentablemente pocos entendemos y por ello nos aferramos a nuestra tierra.  

Palo y astilla. Eso somos, por eso el golpe nos curva el gesto y punza el callo y el carcamal se parte... La conquista cambió el estuco, más no el corazón del hombre.

Comparto con ustedes, dos hermosísimas expresiones que recogí en el campo Poblano en la región centro-oriente y que registre, para esta vez compartirla. Le dice uno al otro: -“... sí caminas piso tus huellas y cuando volteas miras una sombra y me preguntas: ¿a dónde vas? -Yo te digo: vamos. Alguien ha de continuar cuando te canses.”-

Y la otra dice, a mi pregunta de ¿qué tal, cómo están por aquí?  Me contestan:              –“... Bien, bien mi amigo, ya sabes, como los ricos y los pobres; aquí flores bonitas y feas, por el rumbo semos puras flores feas. Como tu comprenderás- Y creo que ya hasta me fregaron, pero qué más da. Se vive aprendiendo todos los días en la tierra poblana.

Este es el pensar de nuestra gente. Por ello necesitaba escribirlo y trasmitirlo. Volteen los ojos a nuestros pueblos, a nuestra provincia, a nuestros campos. Temblemos por el no saber que somos polvo en el tacto de los otros. O quedémonos con el trago espinoso en el gañote por saber lo que somos… Mal agradecidos.

¿Quién mira a quién? ¿El que va adelante y no se mira? ¿O el que voltea y mira su futuro? Parémonos y mordamos polvo, bajemos a los caminos y a las veredas, a las calles de nuestros pueblos. Y compartamos estas palabras:

Amanece, rayamos, escardamos, aspiramos, sudamos, pujamos, cinchamos, cortamos, arrancamos, aterramos, escarbamos, desyerbamos, quebramos, pizcamos, desgranamos, cargamos, debemos, comamos, hablamos, miramos, escuchamos, tocamos, probamos, mordemos, rompemos, amarramos, pensamos, imaginamos, vendemos, ensillamos, cogemos, cosechamos, regamos, aramos, recolectamos, uncimos, ayuntamos, aparejamos, madrugamos, depositamos, encostalamos, amarramos, sembramos, rezamos, pedimos, soñamos: ¡Carajo!, amigos poblanos, paisanos mexicanos... ¡La carne de estos verbos sabe a tierra!

A nuestra tierra.


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