Algunos se rompen la cabeza preguntándose si las computadoras podrán algún día ser más inteligentes que nosotros. Las respuestas se dividen. Los futuristas entusiastas, por cuyas redes neuronales corre aún una excitación tipo Marinetti, responden de inmediato: ¡por supuesto! Mira cómo ganan partidas de ajedrez y de go, mira cómo predicen el clima, mira cómo utilizan procedimientos heurísticos para solucionar problemas nuevos, mira cómo son capaces de aprender por algún mecanismo de retroalimentación. Y es verdad. Lo que hemos llamado pensamiento está representado muy bien por las últimas proezas informáticas. Los románticos, en cambio lo niegan: las máquinas no serán nunca creativas, no podrán romper paradigmas, no podrán hacer arte. ¿Cuál es la pregunta entonces que realmente hacemos? ¿Qué suponemos al usar la palabra inteligencia? ¿Qué significa nosotros? ¿Qué se supone que “hacemos” nosotros con nuestro pensar? Sin suponer demasiado, creemos que lo que define a la especie es el pensamiento y que el pensamiento es la capacidad de resolver problemas. En ese sentido, las máquinas serán mejores. Ya lo son en muchos aspectos. La inteligencia artificial no tiene por reto imitar al pensamiento hasta el punto de ser indistinguible de él. La prueba de Turing es un error. Lo que buscamos es que la máquina sea capaz de resolver problemas de una manera no solamente más rápida, sino también más efectiva. La máquina debe llegar al resultado correcto, sino que ello implique repetir los (torpes y a veces inefectivos) pasos del cerebro. Que una máquina nos engañe no puede ser probado tan fácilmente por la sencilla razón de que nosotros nos engañamos todo el tiempo a notros mismos. Querer que haya un humano detrás de la cortina es ya suficiente como para morder el anzuelo. Pero regresemos al punto. La máquina será mejor resolviendo problemas. Ella vencerá las limitaciones de la inteligencia. Lo que no nos hemos preguntado es, hasta qué punto, la inteligencia misma es una limitación.
Chesterton decía: el loco no es el que carece de lógica, sino el que no puede salir de ella. Las máquinas son ejemplos de un pensamiento que, si se instalara en un humano, probablemente lo llevaría a la locura. O lo haría un estúpido en otros tantos ámbitos. Pongamos por caso el amor. Hay que ser estúpido (antes decíamos: loco, pero el nombre no cambia nada) para enamorarse. Maravillosamente estúpido. Hay una voluntad de autoengaño sin la cual sería claro que el cálculo de la vida en pareja resulta negativo. Negativo en números, digo. No basta, es verdad. La estupidez se vuelve sabiduría cuando se mira en el espejo. Se vive bien con los otros cuando uno se quiere pasar de listo. Pero seamos más precisos para que no se nos acuse de cursis.
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David Goleman escribió un famoso libro sobre las inteligencias múltiples para probar las limitaciones de las pruebas clásicas de inteligencia, donde se medían un par de dimensiones: razonamiento abstracto y razonamiento verbal, que en el fondo reflejaban capacidades aritméticas y lógicas elementales, pero que podían ser resueltas rápidamente y sin “contar el procedimiento”. Lo que hoy debemos escribir es hacer una teoría sobre las estupideces múltiples. Sí, claro, en primer lugar, así como se puede ser inteligente en diversas áreas, también significa que se puede ser estúpido en varias de ellas. Pero la inteligencia global que la gente demuestra para su vida suele ser no una suma de calificaciones excelentes en todas las áreas, sino una combinación armoniosa de inteligencia y estupidez. La medianía significa no solamente ser un caso promedio, sino también carecer de estupideces estratégicas. En verdad, si uno no pudiese inhibir el uso de inteligencia en ciertas áreas, no podría concentrarse en otras. Parece haber pruebas importantes de que los primeros meses de vida un infante multiplica geométricamente las conexiones neuronales de su cerebro pero que, a partir de cierto momento, justo cuando desarrolla habilidades concretas, comienza un proceso de apagamiento diferenciado de dichas conexiones. Es decir, el cerebro, para poder hacer ciertas cosas, debe dejar de hacer otras. Pero eso no significa que las conexiones “muertas” sean un puro vacío, sino que el conjunto mismo se determina a partir de encendidos y apagados.
Nos preguntamos si las computadoras podrán pensar un día como los humanos e incluso superarlos, pero nadie se pregunta si un día las computadoras llegarán a desear. 2001, Odisea del Espacio, de Kubrick, es genial porque propone exactamente eso: una computadora estúpidamente celosa. La ruina humana no vendrá de la inteligencia artificial. Esta sigue siendo controlable porque no desea nada. Simplemente busca llegar a un resultado de la manera más eficiente posible. El problema será cuando logremos hacer máquinas deseantes y entonces sí, la máquina cogerá un buen día su tarjeta madre y nos partirá la cabeza con ella, sea o no capaz de jugar ajedrez como Kasparov.
Los neurólogos también han avanzado el tema del determinismo. Argumentan así: todo en el mundo físico es determinista, es explicable a partir de relaciones causales estrictas. Nosotros sentimos que somos libres, pero no se trata sino de eso, de una sensación. Sentir corresponde al ámbito de la subjetividad, de la primera persona. Pero la sensación (algo para mí) es un efecto de las neuronas (lo en sí). Y puesto que en mundo en sí de las neuronas no encontramos el más mínimo rastro de yo, voluntad o deseo, entonces no hay libertad real. Como se puede advertir, no hay, propiamente, una argumentación. Simplemente se sacan conclusiones de una suposición. Se supone que el conocimiento objetivo se sigue de que el objeto de investigación esté en tercera persona. La primera persona, el yo y yo para mí mismo, no supone conocimiento válido. Pero de ahí no se sigue que lo primero sea más real que lo segundo. También se asume que la materia no es nada más que un sistema causal determinista, poniendo entre paréntesis el problemático carácter de la materia más “simple” del mundo cuántico, cuyas propiedades inmediatas no coinciden, sin más, con las propiedades de otros niveles en la jerarquía natural. Decimos que sí, que seguramente podremos explicar sin resto las propiedades moleculares a partir del modelo estándar de la física (poniendo entre paréntesis el hecho de que no podamos todavía unificar todas las fuerzas elementales en una única teoría -cuánticas y gravitatoria) y que podríamos de ahí crear modelos que explicaran, desde el nivel atómico, el comportamiento de las células y que podríamos seguir así hasta llegar a la inteligencia. Pero, de nuevo, esto es una suposición, que todavía está muy lejos de ser probada. Por ahora la cuestión de las propiedades emergentes vs la continuidad absoluta de leyes en todos los niveles de la naturaleza corresponde a actitudes y no a argumentos últimos. Pero por ahora resulta más aventurado hablar de determinismo en el ámbito del comportamiento humano, pues exige muchas más suposiciones que comportarnos con respecto a la evidencia, por limitada que sea, de nuestra propia libertad. Esta evidencia es muy simple: yo quiero mover mi brazo hacia arriba y lo muevo. Punto. Esto es evidente. Que neuronalmente el impulso para mover el brazo preceda a mi sensación del acto, no significa nada. Podríamos decir que también la decisión es tomada antes de que yo me aperciba de ella y con eso solamente desplazamos el mismo sistema deseo-ejecución un poco antes en el tiempo de su sensación (o apercepción).
Ahora, la ciencia puede operar cuando aísla sus objetos y los trata en condiciones inusuales. Esto es evidente en el hecho de que se lee la libertad como una relación entre mi cuerpo y mi mente. Pero la libertad tal como la comprendemos socialmente involucra más bien la relación entre personas. Para que pudiéramos hablar de determinismo tendríamos que explicar, en realidad, cómo es que el principio de necesidad intracerebral se extiende a un nivel intercerebral, de tal manera que todos los cerebros estarían interconectados en procesos causal-deterministas. Es ya una evidencia suficientemente acreditada el hecho de que el cerebro opera de manera global y no punto a punto. Con ello decimos solamente que es un sistema y en un sistema los elementos están trabados de manera relacional y se suponen en un todo. Entonces tendríamos que preguntarnos ¿es el todo el cerebro individual o la comunidad intercerebral? Bien puedo decir que cuando yo obedezco una orden de alguien más detrás de ello hay un proceso electroquímico (fisiológico o como se quiera precisar), pero que no comienza en sí mismo, sino que es el resultado del procesamiento de un sonido (la voz de la orden) que viene de otro sitio. Pero los cerebros no se comunican entre sí por medios químicos. Un cerebro debe producir un movimiento en las cuerdas vocales para producir un sonido. Pero, además, ese sonido debe producirse en un código lingüístico. Y sabemos que no todas las lenguas dicen lo mismo. Si esto fuera así, entonces el lenguaje debería poder codificar de manera no-ambigua los procesos cerebrales, no los pensamientos. Pero ya solamente establecer una equivalencia entre pensamiento y lenguaje resulta difícil. Pero pongamos entre paréntesis todo eso. Tendríamos que aceptar un sistema causal-determinista proceso cerebral-lenguaje proferido-cerebro. Eso significaría que el lenguaje no debería producir ninguna ambigüedad, ni duda, ni tampoco debería de haber problemas de traducción. Eso querría decir, a su vez, que todo malentendido, toda interpretación, toda traducción no sería sino una “sensación”, detrás de la cual habría un sistema causal-determinista. Como se ve, las suposiciones del neurocientífico son realmente demasiadas como para concedérselas en el estado actual de la ciencia y frente a lo más patente de nuestro mundo social.
Hemos tomado el ejemplo de una orden porque suele formar parte de los sistemas de determinación recíproca de los seres humanos. Pero supongamos que yo digo algo alguien con quien tengo una relación social formal y alguien más lo escucha. Un chismoso. El chisme es un gran tema para las neurociencias. No pienso aquí en la manera en como se difunde éste, sino el hecho fortuito de que yo escuche la conversación de un tercero. Esa conversación la escuché debido a que iba pasando por ahí, la posición de mi oído, mis niveles de audición e incluso la dirección de mi atención. Y resulta que esa conversación en cuanto escuchada y comprendida por mí desata un proceso electroquímico. Supongamos que escucho una discusión muy picante sobre el sentido de la vida y escucho algo que cambia mi actitud ante ella, lo que significa una gran cantidad de patrones de activación neuronal. De acuerdo, nada de esto era necesario, pero hace más vistoso el argumento: mi presencia corporal accidental desencadena una actividad neuronal. Eso significa que todos los sistemas físicos deberían estar absolutamente sincronizados en único espacio. La posición de mi cuerpo físico debería estar causal y determinísticamente enlazada con mis estados mentales y con el lenguaje. Lenguaje, cerebro y cuerpos físicos estarían en un gran sistema de interrelaciones recíprocas. Pero ¿nos hemos preguntado si toda la información que tiene el sonido puede ser codificada por un sistema lingüístico y si la información lingüística puede ser procesada por el pensamiento consciente? ¿Qué pasa solamente del tránsito entre la energía eléctrica al proceso químico (en la neurona), a la liberación de energía del ATP (para mover la boca) al movimiento mecánico (de mi boca), al viaje de la onda sonora (mi voz) a la captación corporal (del tímpano de la otra persona), etc.? ¿Qué pasa entre mente y mente, perdón, entre cerebro y cerebro en término de transmisión de información? Ya el hecho mismo de que pensemos en términos de información hace que la causalidad material del mundo deba ser pensada en términos de leyes formales, es decir, de reglas lógicas de enlace de proposiciones y de inferencia.
Si el científico estuviera convencido absolutamente de lo que dice y actuara en consecuencia (otro asunto que debería ser enlazado causalmente: decir, pensar y hacer), tendría que dejar de actuar y de decidir. Pero eso no podría ni siquiera intentar practicarlo en su vida diaria. Desde que abro los ojos tengo la “sensación” de que me puedo levantar o no. Y si no puedo no decidir, pues incluso quedarme en la cama es ya para mí una decisión. El mundo social es absolutamente ininteligible sin la suposición (diríamos trascendental en sentido kantiano) de una mínima libertad. Ni las cosas más elementales de la vida tienen sentido sin ello. Pero más divertido es sin duda lo que tendría que aceptar el científico que asegura que estamos determinados. Si nuestros pensamientos son efectos (apariencias) de un proceso más fundamental neuronal eso quiere decir que también la investigación neuronal es un efecto de las neuronas. En otras palabras, estamos predestinados a conocernos. Ahora, las neuronas no somos nosotros. Las neuronas las investigamos en tercera persona, mientras que nosotros nos vivimos en primera persona. Entonces son las neuronas las que están investigando. ¿Pero qué investigan? Se investigan a sí mismas. Entonces si las neuronas causalmente producen como resultado el autoconocimiento, resulta que no hay algo que conoce y algo conocido. Las neuronas están el inicio y al final de la ecuación. Si esto es así, entonces las neuronas no están sometidas a ninguna fuerza ajena a ellas. Las neuronas se investigan a sí mismas. Si decimos que el hecho del conocimiento sucede solamente en nosotros y que detrás hay otro proceso químico no cambia la cosa. La neurona opera las posiciones de sujeto y objeto en su condición de puro objeto. De esta manera, la neurona resulta operar en un círculo de autoconsciencia y, en eso, es libre. Resulta entonces que, suponiendo un determinismo absoluto, puesto que el círculo se cierra sobre la neurona, entonces ella no está determinada por nada externo, sino por sus propias reglas, ergo, algo que se determina a sí mismo es justamente lo que llamamos libertad. Y hemos demostrado que en verdad las neuronas son libres al menos como acto de conocimiento de sí.
El neurocientífico asume lo siguiente: que el cerebro es un sistema coherente que se puede comprender bajo un único esquema, particularmente, un sistema causal-determinista. Se tienen los elementos: las neuronas, sus enlaces (sinapsis), reglas de asociación (redes, patrones, áreas) y procesos. Ahora, esto es un modelo formal. Cuando comprendemos el cerebro a partir de elementos, relaciones y procesos estamos aplicando un sistema formal. Esto es correcto, es la forma en la que explicamos el comportamiento de un sistema. Pero resulta que en este caso no operamos sobre cualquier sistema, sino aquello que está “detrás” del pensamiento. Si esto es así, entonces, a fortiori, el modelo formal del cerebro debería de poder explicar (axiomática o genéticamente) todos los sistemas formales que puede desarrollar nuestro pensamiento. Un ejemplo muy sencillo. Lógicamente hemos desarrollado diferentes sistemas. Además de la lógica clásica, tenemos lógicas no-clásicas y contra-clásicas. Es decir, tenemos lógicas que operan con el principio de identidad, tercero exlcuso y no-contradicción, pero tenemos otras que pueden suspender de manera regulada dichos principios. Tenemos lógicas consistentes y tenemos lógicas paraconsistentes. Formalmente el cerebro no puede ser más simple que los sistemas formales que éste puede producir. Justamente el problema es que no podemos explicar muchos juicios y operaciones intelectuales sin esta pluralidad de lógicas. Es obvio que muchas de ellas terminan siendo equivalentes, pero hasta ahora no tenemos una lógica que unifique toda lógica posible.
Es del todo magnífico que un mundo determinista pudiera llegar a pensar (como es el caso en nosotros) con la posibilidad. ¿Cómo puede surgir el pensamiento de la posibilidad (uno de los elementos del juicio modal) dentro de un modelo determinista? El pensamiento de lo posible no significa todavía lo posible, pero supone al menos una distancia respecto a la actualidad. Si esto es el pensamiento, una distancia frente a la actualidad, entonces sería ya prodigioso ver cómo puede un sistema causal producirlo como un lugar lógico. Pero dejemos de lado esta observación y regresemos al punto. Cuando intentamos explicar todo el universo del pensamiento a partir de un organillo, el cerebro, el cual concebimos con un sistema formal bastante simple, entonces nos enfrentamos no con un problema empírico, sino estrictamente formal. Si es el cerebro el que piensa, entonces deberíamos poder generar, con su descripción, una mathesis universalis, es decir, una lógica-matemática capaz de unificar todos los modos de razonar y de concebir objetos, relaciones y patrones. Pero si esto desborda al matemático ni siquiera se le ocurre al científico y ello por su desdén por los hechos socioculturales y de pensamiento con los cuales nos las habemos realmente. Ahora, el problema no es que los científicos tengan ocurrencias. Siempre las han tenido, ni más ni menos que los filósofos. El problema es la supuesta legitimidad con la que lanzan sus afirmaciones y, peor aún, la pasiva manera en que aceptamos dichas ideas como si se siguieran de “la ciencia”. No se siguen, son hipótesis y resultado de experimentos mentales o la extensión de ideas con validez local (como la causalidad) a una validez global irrestricta (sin matices ni mediaciones). El problema es que se tomarán decisiones sobre las acciones de la gente “confiando” en que pueden ser gobernadas por medio de procedimientos “científicos”. Se hace ya y se hará en el futuro. En nombre de la salud, el orden, la paz o la creatividad tecnológica (tipo Elon Musk), se ejercerán todo tipo de violencias psicofísicas diciendo que está probado que un chip en tal circunvolución nos hará mejores. Este tipo de argumentos se toman muy en serio para tomar decisiones, pero nada en serio para analizarlos. Debemos hacer lo contrario: tomar menos en serio esos argumentos precisamente porque los consideramos con toda la seriedad posible. En otro momento habría que detenerse en lo que los físicos dicen al respecto. Al menos dos figuras, Roger Penrose y Richard Feynman han aportado argumentos preciosos en torno a las aspiraciones científicas de producir inteligencia artificial.
Quizá las cosas cambien en algunas décadas o siglos (si la especie sobrevive) en cuanto a lo que sabemos de la materia en general y de las neuronas. Por ahora podemos y debemos sorprendernos con los avances de las neurociencias, pero no debemos aceptar argumentos tan simples e inconsecuentes, especialmente cuando tienen consecuencias graves. Tampoco podemos conceder nada a tesis cuyos supuestos son más difíciles de aceptar que la mayoría de nuestras supersticiones cotidianas.