Manos que hablan

Jueves, Octubre 1, 2020 - 12:23

La invisibilidad del "sueño americano" y el autoexilio

Es periodista y profesora para el Departamento de Español y Portugués de la Universidad de Dartmouth en Hanover, New Hampshire

Fairlee, Vermont.- “Manos que hablan”, nace de la necesidad de dar a conocer las estoicas historias de los migrantes que trabajan en las granjas lecheras de Vermont y el Upper Valley en los Estados Unidos de Norteamérica. Nace también del deseo de despojarlos de su condena a la invisibilidad y de darle un espacio a sus narrativas en estas tierras a donde se han autoexiliado persiguiendo el “sueño americano”.

En la Universidad de Dartmouth, en Hanover, Nueva Hampshire se encuentran los murales de José Clemente Orozco intitulados “Épica de la Civilización Americana” pintados entre los años 1932-1934. Esta joya artística en la Biblioteca Baker que tiene una narrativa pictórica llena de contrastes y de escenas, nos invita a navegar en océanos de reflexiones e inicia casualmente con un panel que se intitula “migración.”

En otro de los paneles, que se llama “hombre en la era industrial” está representado el obrero moderno, con guantes blancos, descansando plácidamente frente a una obra en construcción. Sus manos prominentes sostienen un libro. Aquellos que están familiarizados con la obra de Orozco, habrán  notado que uno de los leit-motivs en su obra pictórica son “las manos”. Orozco tenía una fascinación y una obsesión por pintar las manos, dotadas de expresión, de sentimiento, de denuncia, de subversión, de voz propia. Quizá esto tenía que ver con el hecho de que el artista había perdido su mano izquierda a los 19 años tras un desafortunado accidente con pólvora, evento por el cual la mano le fue amputada hasta la muñeca.

En el libro La mano siniestra de José Clemente Orozco, el autor Ernesto Lumbreras habla de la mano como “el primer cerebro registrado en la evolución del hombre” y la dota de vida propia como una extremidad “curiosa y perseverante”. Lumbreras enfatiza que el cerebro humano “no se encontraba en la cavidad craneana sino en esas dos estrellas de cinco puntas de las extremidades superiores”, posteriormente en su extenso ensayo apunta hacia la mano como “propiciatoria del pensamiento y del lenguaje, se mantiene visible en sus actividades laborales” y termina la cita altamente poética al decir que la mano “con la discreción de un obrero cumple órdenes de “allá arriba.” Anaxágoras decía “El hombre es inteligente porque tiene manos”

Y esta imagen del obrero plácido, representado en los murales de Orozco en pos de descanso, con una boina, manos prominentes en guantes blancos que sostiene un libro, se asoma y me embiste como un fresco utópico, casi surrealista y que dista abismalmente de las manos de los trabajadores migrantes de las granjas del Upper Valley a tan sólo 28 kilómetros de la universidad. Obrero éste, el del mural, con derecho al descanso y a la educación. Insisto, casi alucinante, surrealista.

“Hombre en la era industrial” por José Clemente Orozco. Biblioteca Baker de la Universidad de Dartmouth. Fotografía de Jorge Carlos Álvarez.

 

“Manos que Hablan”, pretende traer a luz el trabajo arduo de las manos incansables de los migrantes que habitan en las granjas lecheras, sus vidas y sus historias, en estas tierras del norte de inviernos lacerantes. “Manos que Hablan” es sólo un canal a las narrativas propias de hombres y mujeres en cuyas manos se genera aproximadamente un 68% de la economía de la producción de leche de Vermont. Esta columna pues, nace de un sinfín de conversaciones con ellos, con el afán de procurarles un espacio a su voz, de despojarlos aunque sea un poco del aislamiento al que los ha condenado el exilio y ahora el Covid-19.

Empecé entonces mi conversación con la amiga E (Por motivos de confidencialidad no voy a revelar su nombre ni la granja donde labora) con una simple pregunta.

-¿Qué significan para usted tus manos?

-Para mí son el empeño, la familia, la comunidad, el esfuerzo, el desempeño, la creatividad, la estabilidad, el apoyo. Mis manos son la dedicación, la herramienta para nosotros mismos, el trabajo.

E comenzó relatar su historia personal, el viaje, la travesía, los desafíos, los miedos…

E llegó a Vermont hace cinco años, se vino desde Veracruz siguiendo a su marido que tiene diez años trabajando en la misma granja. Hace tres años E quedó en embarazo y tuvo un bebé. Para que E pudiera trabajar y enviar dinero a México, ella tenía que pagar una niñera. “Mi esposo y yo decidimos mandar al bebé al año de edad a México con mi mamá para que lo cuidara y yo pudiera trabajar. Mi mamá está feliz con el niño. Ya le mandé dinero a mi mamá para que arreglara el baño de su casa y le mandamos a hacer su cocina. Nosotros ya casi terminamos de construir nuestra casa.”

 E continúa narrando su recorrido y su odisea migratoria.

“Me vine por Monterrey, tomé un autobús y todo está arreglado previamente con el coyote. Mi esposo pidió prestado $10,000 dólares a su patrón para para hacer todo el viaje. A mí me cruzaron por el Río Grande y por Laredo y McAllen, Texas. Éramos cuatro, yo la única mujer. En McAllen caminamos 12 horas de noche y al pasar la cerca de alambre me caí y me lastimé la pierna izquierda. Tenía mucho dolor, pero no me detuve.  Estuve en casas diferentes. Ahí nos daban de comer. Una vez un señor me dijo “enciérrate en este cuarto y no salgas para nada, no le abras a nadie al menos que sea mujer”. Él me dijo eso porque había muchos que se estaban drogando con piedra y fumando. Yo estaba muy débil y cansada. Me tardé en llegar hasta Vermont 15 días y mi esposo se tardó 9 meses en pagar el préstamo”

E no conoce los límites del trabajo. La palabra “descanso” no se asoma en sus diccionarios personales. Su jornada empieza a las 3:00 de la mañana. Siempre, incluso en el frío despiadado de Vermont a temperaturas de 20 grados centígrados bajo cero, E se despierta y se va a la granja a limpiar los establos donde están los terneros, a las jornadas de ordeña, a tomarles la temperatura y dice:

“Pobrecitos sufren mucho y lloran por la mamá vaca. Hay veces que se ponen muy tristes y no quieren comer y me tengo que quitar los guantes en pleno frío y meterles la mano para animarlos a que succionen la leche. Me gustan mucho las vacas y cuando las separan de sus críos son bien bravas y dan unas patadas que te hacen llorar, pero ellas no saben y no tienen la culpa. Lo que más trabajo me da es limpiar los comederos de las vacas. Usamos ácidos y por descuido no me pongo los guantes. Mis manos están muy lastimadas, pero yo sigo trabajando. El patrón de la granja siempre que me ve me dice “I love you E” y antes me daba un abrazo. Muchas veces cuando él pasa ve que les estoy cantando a las vacas, y a los terneros porque a ellas les gusta que yo les cante. La semana pasada trabajé casi 78 horas, pero como todavía estoy pagando lo que debo del parto pues me descuentan mucho en mi cheque semanal. Me gusta mucho Vermont. La gente es bien amable. Me gustan los lagos. A mí me quieren y me respetan mucho en la granja”

La jornada diaria de E termina a la 1:00 y en las tardes limpia casas en la granja para sacar dinero extra. Los martes cocina y vende comida mexicana.  E parece un rehilete. Simplemente no para. Siempre con una sonrisa. E me recuerda a una cita de la Madre Teresa de Calcuta que decía “No puedo parar de trabajar. Tendré toda la eternidad para descansar”

-¿Qué es lo que más extraña usted?

E respondió, “mi familia, mi forma de vida, mi niño, mi mamá, mi sobrina, mis hermanas”.

Le pregunté si el coronavirus había impactado notablemente su rutina en la granja a lo que ella respondió:

 “Pues para mí ha cambiado en mi forma de ver la vida, antes no tomaba en cuenta que la vida siempre te sonreía, lo daba por hecho. Ahora valoro más cómo cuidarme y que puedo ayudar a los demás y así todos estaremos mejor. Pero hay más estrés, salgo con miedo. Antes me sentía más tranquila al salir porque tenemos mucha familia aquí en otras granjas y el día que teníamos de descanso siempre íbamos a visitar a la familia. Ya no es igual. Pero de todas formas aquí vivimos aislados, casi nunca salimos y ahora menos”.

Para finalizar mi conversación con E le pregunté si creía en el sueño americano….

 “Uy sí. Vale la pena todo. Acá es muy bonito, me encanta el paisaje. La gente de la granja nos trata bien. Mi esposo y yo ya casi terminamos nuestra casa en Veracruz y le hemos ayudado a nuestros padres con las suyas. Estamos planeando ya el regreso. Para mí el sueño es completo cuando se cumpla el regreso. Cierro los ojos y me veo bajando del avión abrazando la carita de mi niño. Ese será el sueño completo. Desde que salimos de México nosotros soñamos con el regreso”.

Responde E con un rostro casi iluminado.

A E dedico esta columna y a sus manos incansables, proveedoras y generosas.

mcdegreiff@yahoo.com.mx

 

 

 

 


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